Buscó
una y mil veces en su cartera, en sus pantalones, en su americana, pero nada.
No había rastro de su bolígrafo y el tiempo jugaba en su contra. “¿Cómo
iba a corregir los exámenes?”, “¿Qué les diría a sus alumnos cuando entrara por
la puerta del aula?”.
Se
sentía perdido, confuso. “¿Quién era él sin su bolígrafo rojo?”, “¿Cómo sería
capaz de resaltar los errores en los exámenes de sus alumnos?”,” Había que
hacer algo y rápido”.
Sin
tiempo que perder, empezó a buscar un nuevo bolígrafo rojo. Seguro que tenía
alguno escondido en algún cajón. Busco por todos los cajones de su escritorio,
pero no fue capaz de encontrar ninguno. Entonces se acordó de que tal vez
podría encontrar uno en la vieja sala de profesores. Rápidamente, se
dirigió a la otra sala y empezó a buscar por todos los cajones y muebles. Con
sus manos iba palpando todos los objetos que en ese cajón se habían acumulado y
por fin había encontrado un bolígrafo.
El
profesor suspiró aliviado ya que por fin podría conseguir su ansiado cometido.
No tenía tiempo que perder, un centenar de exámenes le estaban esperando encima
de la mesa para que los corrigiera, y ya tenía en mano el bolígrafo que quería,
por lo que podría volver a ejercer su poder de profesor. Con el bolígrafo en la
mano, Don Antonio se sentía el hombre más poderoso del mundo.
Viendo
esto, el profesor se sentó frente a su escritorio y encendió su vieja lámpara
de aceite para proceder a la corrección de exámenes. Cogió el primer examen con
su mano izquierda mientras que con la mano derecha sostenía el querido
bolígrafo que felizmente había encontrado en un cajón.
CONTINUARÁ....
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