Hace
unos días me crucé por el puente de Piedra con un señor mayor que empujaba su
bicicleta. Cesta delante y carro acoplado detrás, llevaba tantas cosas en ella
que no podía subir la cuesta que va hacia el Arrabal de otra manera que, empujando,
lo que se supone es, su medio de transporte. Me sorprendió la imagen por la de
cosas que llevaba.
A
los pocos días lo volví a ver por la calle Alonso V. Estaba sentado en las
escaleras del Albergue, la navaja en una mano y un poco de pan con un trozo de
longaniza en la otra, y junto a él, todos sus enseres perfectamente acoplados
sobre su bicicleta. No pude evitarlo y me senté junto a aquel hombre de aspecto
desaliñado, pero de rostro sereno y relajado. Le saludé y le dije si podía
hacerle una pregunta, ― ¡claro!― me respondió mientras me ofrecía un trozo del
embutido. Acepté el bocado y continué:
―
¿Cómo se vive así, de un lado para otro?
―
Se vive descansado.
―
¿Con todo encima? ―volví a preguntar.
―
Tengo todo lo que necesito para vivir y pesa mucho menos de lo que cualquiera
de vosotros necesitáis para un solo día.
Me
sorprendió tanto la contestación que no atiné a balbucear palabra y fue
entonces cuando prosiguió:
―
Una vida debería pesar y ocupar lo que cabe en una bicicleta.
―
Debería ser así, pero desgraciadamente, no lo es.
Me
levanté, le di la mano y las gracias y me alejé con una enorme tristeza
existencial hacia mi casa que, evidentemente, pesa y ocupa más que su
abarrotada bicicleta, pensando en lo que el hombre me había dicho e imaginando
como de ahora en adelante sería mi vida.