Al
doblar el codo del pasillo la vio parada en una puerta trampa en el piso, que
llevaba a un sótano. Cuando él se encontraba a unos pocos pasos, el enigmático
roedor se deslizó por la puerta y desapareció de su vista. Otro de sus miedos
atávicos le hacía imposible continuar con la persecución, ya que le temía a los
lugares oscuros y profundos que podían ser refugio de quién sabe qué clase de
horrenda criatura o criaturas. Se dijo que, si había llegado hasta ahí, debía
continuar.
Bajó
las escaleras y se encontró en medio de un desorden total. La rata se
introducía en un largo y oscuro pasadizo, cuya entrada estaba en la pared del fondo
de la habitación. Dejó escapar una maldición cuando la vio desaparecer. Comenzó
a transitar el pasadizo sin dejar de jurar. El lugar era lúgubre, húmedo y
estaba apenas iluminado por un reflejo que provenía del final del mismo. A
medida que se aproximaba al otro extremo el techo del pasadizo se hacía más
bajo. Ya le resultaba incómodo caminar.
Al
salir del estrecho pasaje se encontró en una cámara donde una lámpara de aceite
daba una extraña e increíble luz. Le pareció raro que esa antigüedad pudiera iluminar
el lugar por el cual había llegado, pero más le sorprendía la total inmovilidad
de la llama. El miedo, que había comenzado a invadirlo de a poco, lo llenaba
ahora con mayor intensidad a medida que seguía adentrándose en las
profundidades del laberinto.
La
rata no estaba. Miró en todas direcciones pero no la vio. Lo que sí vio fue una
estrecha abertura en uno de los lados de la cámara. Se dirigió hacia allí y se
agachó para mirar en el interior del túnel. En medio de la oscuridad pudo
percibir el inconfundible chillido de la rata y fugazmente, el brillo de sus
ojos. La maldita se había metido en un lugar donde él era incapaz de seguirla.
Tendría que abandonar la persecución y volver a su departamento. La idea le
resultó imposible. Le pareció que su departamento se encontraba a años luz de
allí, tan lejos como la luna.
CONTINUARÁ...
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