jueves, 30 de mayo de 2019

El niño super campeón

Había una vez un niño al que lo que más le gustaba en el mundo era ganar. Le gustaba ganar a lo que fuera: al fútbol, a los cromos, a la consola... a todo. Y como no soportaba perder, se había convertido en un experto con todo tipo de trampas. Así, era capaz de hacer trampas prácticamente en cualquier cosa que jugase sin que se notara, e incluso en los juegos de la consola y jugando solo, se sabía todo tipo de trucos para ganar con total seguridad.
Así que ganaba a tantas cosas que todos le consideraban un campeón. Eso sí, casi nadie quería jugar con él por la gran diferencia que les sacaba, excepto un pobre niño un poco más pequeño que él, con el que disfrutaba a lo grande dejándole siempre en ridículo.
Pero llegó un momento en que el niño se aburría, y necesitaba más, así que decidió apuntarse al campeonato nacional de juegos de consola, donde encontraría rivales de su talla. Y allí fue dispuesto a demostrar a todos sus habilidades, pero cuando quiso empezar a utilizar todos esos trucos que sabía de mil juegos, resultó que ninguno de ellos funcionaba. ¡Los jueces habían impedido cualquier tipo de trampa!
Entonces sintió una vergüenza enorme: él era bueno jugando, pero sin sus trucos, fue incapaz de ganar a ninguno de los concursantes. Allí se quedó una vez eliminado, triste y pensativo, hasta que todo terminó y oyó el nombre del campeón: ¡era el niño pequeño a quien siempre ganaba!
Entonces se dio cuenta de que aquel niño había sido mucho más listo: nunca le había importado perder y que le diera grandes palizas, porque lo que realmente hacía era aprender de cada una de aquellas derrotas, y a base de tanto aprender, se había convertido en un verdadero maestro.
Y a partir de entonces, aquel niño dejó de querer ganar siempre, y pensó que ya no le importaría perder algunas veces para poder aprender, y así ganar sólo en los momentos verdaderamente importantes. 
FIN

El gigante de la mentira (parte 3)

— Así es –le dijo la mamá–, es muy buena, linda y pura, y habita en los corazones de todos los niños. Pero bueno, ¿qué has pensado hacer? Dime, porque todavía estás a tiempo para librarte del gigante.
Lucecita le dijo:
— No lo sé todavía. ¿Qué me aconsejas, mamá?
— Te aconsejo que mires al cielo y le pidas a Dios que te mande sus fuerzas.
— Pero, ¿tú crees mamá que Dios me querrá escuchar? Como Él lo ve todo sabe que he mentido muchas veces.
— Dios es infinitamente bueno –le dijo la mamá–, te va a escuchar, sólo quiere que lo busques con arrepentimiento de corazón y vas a ver cómo va a compartir sus fuerzas contigo.
Lucecita, después que escuchó a su mamá, hizo exactamente lo que le aconsejó, y mirando al cielo con el corazón ya arrepentido, dirigiéndose a Él, le dijo:
— Dios mío, Tú lo sabes todo, y sabes que he mentido muchas veces, pero ya no deseo seguir mintiendo, ayúdame por favor, porque no quisiera que el gigante de la mentira me atrape, porque es tan malo que seguramente no va a querer parar hasta dejarme sin vida. Y yo quiero vivir alegre y feliz como mi mamá y toda mi familia.
Y mientras oraba, a Lucecita le pareció ver que el cielo se iluminaba con el mismo resplandor, como era antes cuando todavía no conocía a la mentira. Entonces, comenzó a apreciar con más alegría al sol, a los árboles, a las flores y a todas las personas.
La mamá, al ver a Lucecita que se encontraba nuevamente alegre y radiante, se dio cuenta que Lucecita había aprendido una gran lección.
— Qué bien, Lucecita, veo que ahora la luz de Dios siempre te acompañará a donde vayas; por lo tanto, ya no existirá nada que te haga caer desde el lugar donde ahora te encuentras, porque con la sonrisa que llevas, hace que yo te vea como si estuvieses viviendo en el mismo cielo.
Y abrazándola con mucho amor, le volvió a decir:
— Mañana seguimos conversando porque ya es hora de dormir. Que Dios te bendiga, hijita.
Y a ti también, mamá, –le dijo Lucecita. 
FIN

El gigante de la mentira (parte 2)

La mamá, conociendo que Lucecita había vuelto a mentir, le dijo:
— Tus ojos están caídos y tristes, ¿por qué será?
— No lo sé –le dijo Lucecita.
— Yo sé que has vuelto a mentir. ¡Qué pena!, porque si sigues así, la alegría que todavía se asoma por tu mirada ya no te volverá a sonreír.
Lucecita, al ver que su mamá la había descubierto, se dijo:
— Parece que a mi mamá no le puedo mentir, porque por más que me esfuerzo en ocultarle las cosas, ella, como adivina, todo me descubre. Qué vergüenza siento. Ahora, ¿qué le diré? Bueno, lo único que me queda es traer el remedio y hacerle caso.
Y así lo hizo.
La mamá, bastante triste por lo que le estaba sucediendo a su hija, le dijo:
— Lucecita, veo que la mentira ha empezado a crecer en tu corazón como un gigante egoísta, que no le interesa nada más que salir con su gusto. Fíjate, tú recién tienes 7 años, cuando seas mayor cómo será ese gigante, y si no encuentras la solución para sacarlo de tu corazón quien sabe ya no lo sacarás nunca, porque será de repente más astuto que tú. Mira, si así nomás cómo te tiene, por su culpa la luz que te hacía brillar, al ver que su cabeza fea empezaba ya asomarse por la ventana de tu corazón, salió corriendo. ¿Y sabes por qué? Porque fuiste tú la que permitiste eso, y eso a la luz no le gustó.
— ¡Qué pena, mamá! Y tienes razón, pero cómo haré para que el gigante de la mentira no siga creciendo, para que no me rinda ante sus pies.
— Bueno –le dijo la mamá–, dale la espalda, porque si sigues así te irá quitando la fuerza de tu espíritu que ahora todavía llevas, porque lo único que quiere es debilitarte día a día, porque él sabe que así te manejará a su antojo. Y es más, terminará por encarcelarte, y si esto te sucede va a ser muy triste para ti, porque te hará vivir el resto de tus días encerrada y terminarás por parecerte a él. ¿Eso quieres?
— No, mamá, ahora me estoy imaginando que debe ser horrorosamente feo.
— Qué bien, hija, entonces, síguete imaginando, porque todavía muestras un rostro bonito, porque eres pequeña, y como la luz sabe que todo lo haces con inocencia se compadece de ti, y por momentos regresa y se vuelve a quedar contigo.
— Entonces, la inocencia es buena.
CONTINUARÁ...

El gigante de la mentira (parte 1)

¿Te has dado cuenta, mamá? El sol va a salir, eso significa que mi amiga Marita me va a visitar. ¡Es tan alegre! Cuando viene a casa pareciera que el sol viene con ella.
La mamá, conociendo la razón por la cual su hija Lucecita no podía ser como Marita, le dijo:
— Yo pienso que eso será porque Marita no sabe mentir. ¿Sabes? Cuando se le mira a la mentira ésta viene sólo con la intención de oscurecer a quien le da importancia, porque como es muy fea así nomás no se deja ver; entonces, la luz que todo lo ve, como no soporta a la mentira, se retira del corazón que no sabe apreciarla. Y esto es lo que te ha sucedido a ti porque a veces mientes, ¿o acaso no es así?
— ¡Ah!, yo no quisiera que se vaya mi luz, ya no voy a mentir, mamá.
— Está bien, ojala sea así, hijita.
Y, mirando el reloj, le dijo:
— Ya son las 5 de la tarde, te toca tu remedio.
— ¡Ah!, mi remedio –dijo Lucecita, ese remedio no me gusta.
— Pero tienes que tomarlo, hija, sino no vas a sanar de tu resfriado, ve y tráemelo.
Lucecita, mientras se dirigía al lugar donde se hallaba el remedio, pensó:
— ¿Y si lo escondo? Así me libraría de él y mi mamá pensará que se ha perdido. Pero si vuelvo a mentir, quien sabe venga la oscuridad a mi corazón. ¡Ah!, pero no me gusta el remedio.
— Mamá –le dijo–, no encuentro el remedio, parece que se ha perdido porque lo he buscado por todos lados y no está.

CONTINUARÁ...

El leñador honrado (parte 2)

El leñador dio las gracias, y colocó las hachas en su saco. Por el camino se encontró con su vecino. Era un hombre era muy codicioso a quien no le gustaba trabajar. Al saber lo que había pasado, corrió buscar un hacha vieja. Después fue al río a probar suerte. Al llegar a la orilla tiró el hacha al río, y empezó a llorar. No tardó venir la ninfa y  le preguntó el motivo de su tristeza.
— He perdido mi hacha en el río – dijo llorando. La ninfa se sumergió en las aguas y reapareció con un hacha de oro. — ¿Es esta tu hacha? – le preguntó.
— ¡Sí! – gritó él estirando la mano para cogerla. — Te equivocas – dijo el hada -, esta es la mía. La tuya está en el fondo. Si quieres recuperarla, zambúllete como yo.
Y el hada desapareció entre las aguas del río. 
FIN

El leñador honrado (parte 1)

Había una vez un pobre leñador que regresaba a su casa después de una jornada de duro trabajo. Al cruzar un puentecillo sobre el rio, se le cayó el hacha al agua. Entonces empezó a lamentarse tristemente: ¿Como me ganare el sustento ahora que no tengo hacha?
Al instante ¡OH, maravilla! Una bella ninfa aparecía sobre las aguas y dijo al leñador: - Espera, buen hombre: traeré tu hacha.
Se hundió en la corriente y poco después reaparecía con un hacha de oro entre las manos. El leñador dijo que aquella no era la suya. Por segunda vez se sumergió la ninfa, para reaparecer después con otra hacha de plata. Tampoco es la mía dijo el afligido leñador. Por tercera vez la ninfa busco bajo el agua. Al reaparecer llevaba un hacha de hierro. - ¡Oh gracias, gracias! ¡Esa es la mía! Pero, por tu honradez, yo te regalo las otras dos. Has preferido la pobreza a la mentira y te mereces un premio.
CONTINUARÁ...

viernes, 24 de mayo de 2019

El gato que soñaba con alcanzar la luna (parte 2)

-“Se ha ido a perseguir sus sueños. ¿Habrá alcanzado la luna?” – Se preguntaba Calipso nostálgica.
Lo cierto es que en las noches de luna llena, si la miras con detenimiento, entre algunas de sus manchas oscuras se distinguen unos bigotes alargados. Y hay quienes dicen que incluso han visto una forma de gato. Pero no todos lo pueden ver, solo aquellos que tienen alma de soñadores.
FIN

El gato que soñaba con alcanzar la luna (parte 1)

Hace mucho tiempo existió un pueblo con casas de madera y calles de piedra, donde vivían felices muchos gatos. Durante el día acompañaban a sus dueños que los acariciaban y les daban de comer, y en la noche iban saltando de tejado en tejado.
Había gatos de todos los tamaños y de las razas más extrañas, pero entre todos ellos Fígaro era especial. Fígaro era un gato de pelaje muy blanco, ojos negros y grandes bigotes. Mientras los demás felinos perseguían a los ratones o jugueteaban sobre los tejados, él prefería contemplar la luna. Pasaba largas horas anonadado, viendo cómo su reflejo plateado bañaba todo el pueblo.
-“Te vas a quedar tonto de tanto mirarla”, – le decían los otros gatos que no entendían su interés.
Pero a Fígaro esto no le importaba. Aquella vida rutinaria de salir a cazar ratones lo aburría. Aquella misteriosa y distante luna redonda lo hacía soñar. Soñaba con alcanzarla, con abrazarla y con entender qué magia le permitía transformarse de manera tan increíble.
Solo su amiga Calipso se preocupaba por él y trataba de que se olvidara de aquella obsesión. Fígaro que disfrutaba hablando con ella le decía: -“¿No ves lo hermosa que es? Hoy está más brillante y grande que nunca, pero también más lejos. ¿Podremos algún día llegar hasta donde está?”
Un buen día los gatos dejaron de hacerle caso e incluso Calipso se cansó de escucharlo suspirar. Hasta que Fígaro desapareció de aquel pueblo y nadie fue capaz de encontrarle.
CONTINUARÁ...

Como aprendieron a viajar las palabras (parte 2)

Hasta que las palabras conocieron al señor Lápiz, un señor alto y muy delgado que podía pintar cualquier cosa en cualquier sitio. Este les ayudaba a llegar a otros lugares donde la señora Boca no podía, pero igual nunca encontraba buenos sitios para pintarlas. Escribía sobre las rocas y los árboles que nadie podía mover, por lo que las palabras quedaban atrapadas para siempre. O sobre la tierra que luego de que llovía, las hacía desaparecer.
Ya las palabras estaban a punto de rendirse y aceptar que no podrían viajar más lejos, cuando conocieron al señor Papel. Era muy blanco y ligero, se movía con facilidad por cualquier lugar y estaba dispuesto a ayudarlas.
Las palabras habían encontrado al fin una buena forma para viajar. El señor Lápiz escribía sobre el señor Papel las palabras que le dictaba la señora Boca. Y así fue como viajaron al otro lado del mundo en grandes travesías sin perderse, pudiendo leerlas muchos niños más que ni siquiera las conocían.
FIN

Como aprendieron a viajar las palabras (parte 1)

Hace mucho tiempo no existían las palabras, ni las letras, ni la lectura. Hasta que por arte de magia surgió la primera letra en la cabeza de un niño y luego otra, y otra, hasta llegar a 27. Las 27 hermanas estuvieron mucho tiempo encerradas junticas, sin poder salir a conocer el mundo y todas las maravillas que este entrañaba.
Hasta un día en que las letras lograron convencer a la señora Boca para que las dejara salir. La señora Boca sopló con fuerza hasta que escaparon cuatro letras, y se escuchó en el viento la primera palabra “mamá”. Luego de esta palabra aparecieron muchas más en la cabeza de aquel niño inquieto “papá”, “nené”, y una a una las letras se escurrían por la señora Boca que se había convertido en su amiga.
Así fue como aprendieron a viajar las palabras, que saltaban felices de las bocas a las orejas de los demás niños. Muy pronto se dieron cuenta de que por mucho que lo intentaban, no lograban llegar tan lejos como querían. Con un grito fuerte y el viento a favor lograban avanzar algunos metros, pero no era suficiente si querían viajar por todo el mundo.
CONTINUARÁ...

La princesa que no conocía la luna (parte 2)

Aurora fue creciendo hasta convertirse en una hermosa jovencita. Cada cumpleaños pedía el mismo deseo, esperando que algún día el hechizo se rompiese.
Cuando cumplió los dieciocho años sus padres hicieron una gran celebración, a la que invitaron a príncipes y princesas de todos los reinos vecinos. Allí Aurora conoció al príncipe Bash, un apuesto caballero de armadura brillante. El amor surgió como una chispa entre los dos y el príncipe que conocía el padecimiento de la joven, se apresuró en decirle lo bella que le parecía y lo mucho que deseaba volverla a ver, antes que la noche se la arrebatara de sus brazos.
Aurora y Bash se comprometieron y eran felices, compartían todo el tiempo que la luz del sol les daba para estar juntos. Pero el príncipe veía cómo la tristeza de Aurora empañaba aquella felicidad, así que decidió darle a su amada lo que tanto deseaba.
No se sabe cómo fue que lo consiguió, pero un día se marchó y regresó pasada una semana con un saco, cuyo interior relucía intensamente. Le había traído la luna a la princesa Aurora, solo por una noche, ya que después tendría que regresarla al cielo.
La princesa fue tan feliz aquel día que no quedó ni un poquito de tristeza en su corazón, logrando así que el hechizo se rompiera. Y vivieron felices por siempre.
FIN

La princesa que no conocía la luna (parte 1)

Aurora era una princesita muy querida en el reino, era bondadosa, dulce y bella. Sus padres vivían en un hermoso castillo y la consentían en todo lo que deseaba, excepto en algo que la pequeña anhelaba con todas sus fuerzas: conocer la luna.
Por mucho que los reyes deseaban cumplir el sueño de la princesa, temían que nunca podrían hacerlo. Una bruja malvada que vivía en aquel reino la había hechizado cuando aún era una bebé. El hechizo hacía que la princesita cayera rendida de sueño al caer la tarde, y no había quien la mantuviese despierta hasta el anochecer. Con este hechizo la bruja pretendía que la joven no pudiera asistir a bailes, fiestas y conocer a algún príncipe. Sin más herederos en el reino, la corona sería suya algún día.
Las costumbres del castillo se fueron adaptando para que la princesa pudiese llevar una vida lo más normal posible. La cena se preparaba antes de las cinco de la tarde, lo que siempre traía corriendo a los cocineros. Los bailes se hacían en la mañana, algo que era bastante inusual y molesto para el reino.
A pesar de esto los reyes seguían intentándolo todo para que su hija conociera la luna, que tanto la apasionaba. Cambiaban la hora de los relojes en todo el palacio, cerraban los cortinados antes del anochecer, intentaban despertarla, pero nada funcionaba. La princesa Aurora se quedaba dormida donde quiera que estuviese, apenas el sol comenzaba a caer.
CONTINUARÁ....

miércoles, 15 de mayo de 2019

Recuerdos

Esos recuerdos con olor de helecho
Son el idilio de la edad primera.
G.G.G.


Con el recuerdo vago de las cosas
que embellecen el tiempo y la distancia,
retornan a las almas cariñosas,
cual bandadas de blancas mariposas,
los plácidos recuerdos de la infancia.

¡Caperucita, Barba Azul, pequeños
liliputienses, Gulliver gigante
que flotáis en las brumas de los sueños,
aquí tended las alas,
que yo con alegría
llamaré para haceros compañía
al ratoncito Pérez y a Urdimalas!

¡Edad feliz! Seguir con vivos ojos
donde la idea brilla,
de la maestra la cansada mano,
sobre los grandes caracteres rojos
de la rota cartilla,
donde el esbozo de un bosquejo vago,
fruto de instantes de infantil despecho,
las separadas letras juntas puso
bajo la sombra de impasible techo.

En alas de la brisa
del luminoso Agosto, blanca, inquieta
a la región de las errantes nubes
hacer que se levante la cometa
en húmeda mañana;
con el vestido nuevo hecho jirones,
en las ramas gomosas del cerezo
el nido sorprender de copetones;
escuchar de la abuela
las sencillas historias peregrinas;
perseguir las errantes golondrinas,
abandonar la escuela
y organizar horrísona batalla
en donde hacen las piedras de metralla
y el ajado pañuelo de bandera;
componer el pesebre
de los silos del monte levantados;
tras el largo paseo bullicioso
traer la grama leve,
los corales, el musgo codiciado,
y en extraños paisajes peregrinos
y perspectivas nunca imaginadas,
hacer de áureas arenas los caminos
y del talco brillante las cascadas.

Los Reyes colocar en la colina
y colgada del techo
la estrella que sus pasos encamina,
y en el portal el Niño-Dios riente
sobre el mullido lecho
de musgo gris y verdecino helecho.

¡Alma blanca, mejillas sonrosadas,
cutis de níveo armiño,
cabellera de oro,
ojos vivos de plácidas miradas,
cuán bello hacéis al inocente niño!...

Infancia, valle ameno,
de calma y de frescura bendecida
donde es süave el rayo
del sol que abrasa el resto de la vida.
¡Cómo es de santa tu inocencia pura,
cómo tus breves dichas transitorias,
cómo es de dulce en horas de amargura
dirigir al pasado la mirada
y evocar tus memorias!

El pasto

Mi madre me pone el delantal
blanco. Nos sacan
a los dos hermanos
la foto
del comienzo de clases. Sonreímos.
Al fondo
la pared gris
es lisa,
hace de nuestra vida
un panorama lleno de color
monótono. Sin embargo
la luz del sol
el aire liviano del verano
acompañan
nuestros primeros días de marzo.
De algún modo
somos felices
estamos habilitados
para querer
a nuestro Padre.
Hoy,
mi hijo Marcos
nombra a Andrés
a Ricardo. Le pongo
el delantal, lo acaricio,
sus palabras no me reclaman
nada, y hago un esfuerzo
sobrehumano
por comprender, por devolverle
parte de mi vida.
En la comparación
siempre me vuelvo menor. Los días
pasan. ¿Qué hacer?
Acumulo poco a poco
todas las horas vividas,
no podré leer muchos más libros,
mi comunicación
resulta insuficiente, ¿qué hacer?
Con el oxígeno que queda
haré un círculo perfecto
y no alabaré
el desgaste de la materia, lo que pronto
se acaba. Furioso, impasible,
pediré
besar todas las noches a mi hijo
mirar por TV todos los partidos del Campeonato
caminar sobre el pasto verde
que hace poco
me acompaña.

Nunca tuve un noviecito

Nunca tuve un noviecito en el jardín de infantes
ni alguien que gustase de mí.
Mi familia ocupó hasta mi adolescencia
todo mi universo sentimental,
el ancho patio de la escuela
con la higuera y la máquina que compactaba latas.
El primer día entré de la mano de mi hermano,
Lauti sabía muchísimo y yo le tenía tal admiración
que me pegué a él durante muchos años.
Quería ser su novia, pasar todos los días juntos
en los recreos.
Recuerdo que mi prima también quería ser su novia
y peleábamos tanto
que dejábamos de hablarnos durante días,
sin compartir los juguetes,
ni quedarnos a dormir la una en la casa de la otra.
Cuando mamá preguntaba
por qué nos habíamos peleado
yo le mentía y le inventaba historias,
de alguna manera las dos teníamos en claro
que ninguna se iba a casar con mi hermano
y que la vida nos iba a honrar
con hombres mucho más importantes.

Yo no podría

hoy vi a una niña llorando
en bicicleta
yo no podría hacer
las dos cosas a la vez.

En el primer asiento del bondi

En el primer asiento del bondi
van dos nenes que no puedo parar de mirar,
tienen mocos
el pelo lavado con agua sucia
sus cachetes pintados con banderas argentinas.
No lo saben pero tienen caritas tristes
tienen un partido ganado para festejar,
tienen una madre que los abraza.
Se bajan pronto y no sé si habrá respuesta,
cuando sean grandes ¿tendrán algo?

Como si yo fuera su novia

Como si yo fuera su novia
me regaló un hermoso, inmenso
perrito de peluche, y acto seguido
me quedé fulminado
con aquella mascota inesperada
en medio de la calle.
– Es para vos, me dijo.
– Gracias, le dije tratando de disimular
algo que ni siquiera yo mismo conocía
y que empezaba a tomar forma
en aquel instante, como una alegría incontenible
de perrito chihuahua, o algo así…

martes, 7 de mayo de 2019

Brillo de blanca lira

De blanca lira, Madre, y gran pureza
es tu alma, en clave de ternura.
Regazo de indigentes sin ventura
que buscan al autor de tal belleza.
En ti remanso, Madre, mi cabeza
y alivio en tu mirada la amargura
de los hombres y aquella singladura
que les tiene sumidos en tristeza.
Quietud y calma, Madre, ya respiro
en arca monacal de brillo intenso.
Un fino sentimiento de acampada
se difunde por mi ser. Yo suspiro
y agrego mi fervor al universo
para cantarte ¡bienaventurada!

María: silencio de clausura

María es paz y armonía en su figura
que enaltece por sí misma a la mujer;
es preludio de un intenso amanecer,
deslumbre en luz de gracia y hermosura.
María, alborada firme de ternura.
Con ser Dios soberano, nos hace ver
cuán importante y bello es obedecer
en silencio evanescente de clausura.
Dios, que encendió el espíritu de María
en virtud de privilegios de primera,
despojarla de su encanto no podía.
¿Cómo premiar a la Madre con la palma?
Cual la llama y la fragancia en primavera,
asunta fue al cielo María en cuerpo y alma.

María nace en silencio

María nació en silencio
en horas de madrugada,
cuando los gallos anuncian
albores en la besana,
en un hogar nazareno
donde viven en alianza
dos ancianos venerables
de nombres Joaquín y Ana.
Personas de vida intensa,
abiertas a la esperanza,
recibieron su sonrisa
con gozo inmenso en el alma
y adoptaron la ternura
como fórmula adecuada
para ‘envolver’ a María
en protección y crianza.
Creció la niña María
de virtudes adornada,
como si fuera una estrella
de luz y suave fragancia:
cuerpo de gran hermosura,
claridad en la mirada,
sencilla cual violeta,
ardiente e inmaculada;
imagen pura de Dios
en belleza y semejanza.
María aplaude la vida
con juventud esmeralda;
se reviste de primores,
ensueña, camina y canta
y expande sus privilegios
entre amigas en la plaza,
como arrullo de paloma
protegida en la enramada.
El saludo de Gabriel
por sorpresa y sin palmas
desvela todo el misterio:
“María, llena de gracia,
el Señor está contigo”.
La salutación reclama
su seno como un jardín
donde plantar la Palabra
y se convierte de pronto
en Virgen de la Esperanza.
Al percibir la presencia
-fulgente como una llama-
del Espíritu de Dios
asentado en sus entrañas,
pronuncia humilde “así sea”,
sumergida en la plegaria,
ensancha su corazón
y prorrumpe en alabanzas.

Bendición de Alborada

Me lo contó -siendo niño-,
en una hermosa mañana,
un anciano venerable,
protegido en la solana:
No hay documento escrito,
es una leyenda urbana:
-me dice con voz precisa,
en tertulia sosegada-.
Una mujer muy hermosa,
con perfil de soberana
asiste a la fuente limpia
en las horas de alborada.
Nadie conoce su nombre
-me advierte fiel; y recalca-:
mas todos los que madrugan
y buscan el agua clara
ven a la excelsa señora
como un susurro en el alma.
Figura firme y sencilla,
vestida con elegancia;
“mujer fuerte” de la tierra,
digna de toda alabanza.
Más de uno -con reservas-,
de los vecinos de Hontangas,
se acerca todos los días
por satisfacer su ansia…
de ver con sus propios ojos
a escena tan comentada.
Las preguntas son constantes,
cuando suena la campana
y se suman a la fiesta
debajo de la espadaña.
¿Quién conoce por su nombre
a esta mujer que -sin falta-,
se aparece a los creyentes
en horas de madrugada?
Algunos más fervorosos
piensan sin rubor y exclaman:
es la Virgen de la Cueva
que siente amor y nostalgia
del encuentro con la gente
por su belleza de alma.
El que quiera comprobarlo
y alimentar la esperanza
venga a la fuente del pueblo
con inquietudes marianas;
y verá cómo la imagen,
abastecida de agua,
se regocija en la ermita
donde reposa con gracia.
*****
Así lo contó mi padre
en un paseo con calma,
cuando el cuerpo se recrea
y el espíritu se ensancha.
Trascendía la leyenda,
con cariñosa palabra,
añadiendo que la Virgen
bendecía la plegaria
de aquellos que la visitan,
al salir en la mañana,
con afanes de progreso
y reverencia sagrada.

El nombre de María

He oído en la montaña,
cuando levanta el cielo,
la voz del arroyuelo,
su plácido rumor.
He oído en la espesura,
la cántiga del ave,
cuando con voz suave
bendice a su Creador.
Mas eso es menos dulce
que el eco de tu nombre,
cuando te invoca el hombre
con la voz del corazón.
Tu nombre es dulce, María;
tu nombre es armonía,
tu nombre es bendición.
He oído los susurros
del agua entre las flores,
que canta tus amores
con quejumbrosa voz.
He oído el eco vago
que eleva en la montaña
la mística campana,
vocero de su Dios.
Pero eso es menos dulce
que el nombre que dio el cielo,
a Aquella que es consuelo
del hombre en su dolor.
Tu nombre es más dulce,
bellísima María;
tu nombre es alegría
del pobre pecador.

La Virgen del Mediodía

No tengo nada que ofrecerte,
nada que solicitarte…
Vengo solamente, oh María,
para contemplarte…,
contemplar tu rostro,
dejar al corazón que cante
en tu propio lenguaje…
Porque tú eres hermosa,
porque eres inmaculada,
la mujer de la Gracia
finalmente restaurada,
la criatura en su primigenio honor
y en su florecimiento definitivo,
tal como salió de Dios
en la mañana de su original esplendor.
Inefablemente intacta
porque tú eres la Madre de Jesucristo,
que es la verdad entre tus brazos,
y la única esperanza y el único fruto.
Porque tú eres la mujer, el Edén
de la antigua ternura olvidada…
¡Que toda la creación te cante agradecida,
Madre de Jesucristo,
simplemente porque existes.

viernes, 3 de mayo de 2019

Madre mía

Cuando los ojos a la vida abría,
al comenzar mi terrenal carrera,
la hermosa luz que vi por vez primera
fue la luz de tus ojos, ¡madre mía!.
Y hoy que, siguiendo mi escarpada vía,
espesas sombras hallo por doquiera,
la luz de tu mirada placentera
ilumina mi senda todavía.
Mírame, ¡oh madre!, en la postrera hora,
cuando a las sombras de mi noche oscura
avance ya con vacilante paso.
Quiero que el sol que iluminó mi aurora
sea el mismo sol que con su lumbre pura
desvanezca las brumas de mi ocaso.

Madre llévame a la cama

Madre, llévame a la cama.
Madre, llévame a la cama,
que no me tengo de pie.
Ven, hijo, Dios te bendiga
y no te dejes caer.
No te vayas de mi lado,
cántame el cantar aquél.
Me lo cantaba mi madre;
de mocita lo olvidé,
cuando te apreté a mis pechos
contigo lo recordé.
¿Qué dice el cantar, mi madre,
qué dice el cantar aquél?
No dice, hijo mío, reza,
reza palabras de miel;
reza palabras de ensueño
que nada dicen sin él.
¿Estás aquí, madre mía?
porque no te logro ver...
Estoy aquí, con tu sueño;
duerme, hijo mío, con fe.

El lugar donde llueve chocolate (parte 4)

Pero de camino a casa siguió dándole vueltas a la idea, y en su cabeza creció una preciosa historia con nubes de chocolate, que no pudo resistirse a escribir al llegar a su cuarto. Mientras lo hacía y en su imaginación jugaba con aquella dulce lluvia, surgieron mil nuevas historias e ideas, a cada cual más divertida y original. Creaba nuevos mundos y criaturas sin esfuerzo, y los hacía vivir en el papel y en la imaginación de los demás. Así descubrió que su abuela tenía razón: había leído tanto que su cabeza era un tesoro del que no dejaban de surgir ideas que utilizaba para escribir, para hablar, para aprender o incluso inventar, y con las que se ganó el respeto y la admiración de todos.
Y sintió que era muy rica, porque no cambiaría por nada aquella cabecita en la que llovía chocolate; ni por todo el oro del mundo.
FIN

El lugar donde llueve chocolate (parte 3)

Ese día, y muchísimos más que le siguieron, Vera estuvo todo el día leyendo en la biblioteca, buscando el libro de las nubes de chocolate. Encontró sueños arcoiris, mares musicales, bosques de sonrisas, pero ni rastro de la lluvia de chocolate. Ni durante la primera semana. Ni en el primer mes. Ni tras el primer año. Pero como sabía que existía,estaba decidida a seguir buscando.
Hasta que llegó el día en que se acabaron los libros y no supo qué hacer.
- Si no encuentras ese libro que tanto has buscado, ¿por qué no le escribes tú? - le dijo la bibliotecaria, tratando de consolarla.
- Pues porque así no vale, estoy buscando otra cosa - respondió.
CONTINUARÁ...

El lugar donde llueve chocolate (parte 2)

Un día, desanimada, lloraba junto a un camino cuando se acercó un niño.
- ¿Por qué lloras?
- ¡Por que todas las nubes son de agua! ¡Buaaa!
- ¡Claro!- respondió el niño- ¿De qué quieres que sean, de chocolate?
- ¡Siiiii! ¡Buaaaaa!
- Pues eso sería estupendo. Me encantaría que lloviera chocolate. Igual que en un cuento que leí de pequeño.
Vera dejó de llorar ¿Un cuento? ¿Y si su abuela se refería a un libro? ¡En un libro sí que puede llover chocolate y pasar cualquier cosa!
Sin decir nada más, le dio un gran abrazo al niño y salió corriendo a la biblioteca, en busca del cuento en el que llovía chocolate. Seguro que allí estaba la pista para encontrar el tesoro.
CONTINUARÁ...

El lugar donde llueve chocolate (parte 1)

Vera era conocida como “la nieta de la loca”. Y es que la abuela de Vera se había pasado media vida diciendo que veía el futuro, lanzando profecías que nadie entendía. Ella ni siquiera había llegado a conocerla, pero en ninguna de las fotos de la familia parecía que aquella viejecita dulce y sonriente pudiera estar mal de la cabeza. Por eso sintió tanta emoción el día que descubrió una nota suya escondida en un viejo joyero.
"Hay un lugar donde llueve chocolate del cielo, y allí se esconde un gran tesoro ¡Quien lo encuentre será rico!", decía la nota.

Vera no dudó en ir tras el tesoro y comenzó a hacer excursiones, recorriendo en secreto cada rincón de las montañas, buscando un lugar donde lloviera chocolate. Pero allá donde iba siempre llovía agua. Valles, cuevas, ríos, desiertos, bosques o praderas. Siempre llovía agua.
CONTINUARÁ...