sábado, 31 de marzo de 2018

El profesor y su objeto más preciado (parte 2)


Buscó una y mil veces en su cartera, en sus pantalones, en su americana, pero nada. No había rastro de su bolígrafo y el tiempo jugaba en su contra. “¿Cómo iba a corregir los exámenes?”, “¿Qué les diría a sus alumnos cuando entrara por la puerta del aula?”.
Se sentía perdido, confuso. “¿Quién era él sin su bolígrafo rojo?”, “¿Cómo sería capaz de resaltar los errores en los exámenes de sus alumnos?”,” Había que hacer algo y rápido”.
Sin tiempo que perder, empezó a buscar un nuevo bolígrafo rojo. Seguro que tenía alguno escondido en algún cajón. Busco por todos los cajones de su escritorio, pero no fue capaz de encontrar ninguno. Entonces se acordó de que tal vez podría encontrar uno en la vieja sala de profesores. Rápidamente, se dirigió a la otra sala y empezó a buscar por todos los cajones y muebles. Con sus manos iba palpando todos los objetos que en ese cajón se habían acumulado y por fin había encontrado un bolígrafo. 
El profesor suspiró aliviado ya que por fin podría conseguir su ansiado cometido. No tenía tiempo que perder, un centenar de exámenes le estaban esperando encima de la mesa para que los corrigiera, y ya tenía en mano el bolígrafo que quería, por lo que podría volver a ejercer su poder de profesor. Con el bolígrafo en la mano, Don Antonio se sentía el hombre más poderoso del mundo.
Viendo esto, el profesor se sentó frente a su escritorio y encendió su vieja lámpara de aceite para proceder a la corrección de exámenes. Cogió el primer examen con su mano izquierda mientras que con la mano derecha sostenía el querido bolígrafo que felizmente había encontrado en un cajón.
CONTINUARÁ....

martes, 27 de marzo de 2018

El profesor y su objeto más preciado (parte 1)


Corría el año 1966 y como cada día de clase, Don Antonio se sentaba frente a su escritorio para disponerse a corregir los exámenes de cálculo que había realizado ese mismo día a sus alumnos. Era un ritual que se había mantenido inalterable desde hacía innumerables cursos.
Al igual que la casa en la que vivía con su madre, el escritorio de Antonio era austero, tan austero que sólo tenía una lámpara que había sido testigo de miles y miles de correcciones. La soledad de la lámpara sólo se veía trastocada cuando el hombre sacaba de su cartera, los exámenes y su bolígrafo rojo. Pero aquel domingo algo cambió para siempre la rutina del flamante profesor.
Faltaban menos de cinco minutos para que los alumnos pudieran salir, cuando el profesor se dispuso a sacar de su cartera los exámenes que se había hecho ese día. Tras colocarlos encima de su escritorio al lado de su lámpara, volvió a coger su cartera para sacar su bolígrafo rojo. Y entonces sucedió algo inesperado. Su bolígrafo rojo había desaparecido.
La relación de Antonio con su bolígrafo rojo era una relación muy especial. Cuando el profesor cogía en mano su bolígrafo rojo, el caballero se sentía más poderoso e imperial que si no tenía este preciado objeto.
A el profesor le encantaba corregir los errores que los alumnos curso tras curso cometían en sus exámenes. Él era muy meticuloso en sus correcciones y su bolígrafo rojo era implacable. No había un sólo error que se le escapara. Don Antonio no sólo corregía exámenes: tachaba párrafos erróneos, rodeaba con círculos las palabras mal escritas, ponía signos de exclamación e interrogación en respuestas equivocadas o mal expresadas. No había un solo error que el profesor no detectara en un examen. No había una sola equivocación que la tinta de su bolígrafo rojo no dejara impregnada en un examen.
CONTINUARÁ....

lunes, 26 de marzo de 2018

Mi madre y su doble vida


«¡Oh, no!», exclama el muchacho al ver cómo su madre, en aquella vieja película triple equis, una preciosidad de veintitantos años que sabía las pasiones que desataba, se pone en pie y se quita el bikini, contoneándose como una serpiente, al ritmo pausado de la música sensual que sonaba (esos grandes ojos del color de la miel, con su grueso fleco de pestañas, son incapaces de despegarse de la cámara; dicen: «ven a mí, tócame, juega conmigo, viólame») y cuando sólo lleva puestos los zapatos de tacón de aguja, despacio, dibujando un beso con los rollizos labios colorados, con un brillo triunfal en las pupilas, expresión de puta experta que ya sabe qué hacer para satisfacer al cliente exigente, se arrodilla entre las piernas velludas, entre los pies que el musculoso hombre desnudo, un negro echado bocarriba sobre la cama matrimonial, apoya en el suelo alfombrado. Y al muchacho le enfurece que su propio cuerpo vibre contra su voluntad, que la boca se le llene de saliva densa y dulce, que la respiración se le altere, que sea incapaz siquiera de realizar una tarea tan sencilla como levantarse de la butaca y abandonar para siempre esa decrépita y semivacía sala de cine, que haya visto a su madre con las tetas y los genitales al aire y que ahora, ahora que los labios bucales de ella se amoldan, golosos, al encabritado pene del negro, no pueda sacarle los ojos de encima, como si se hubieran quedado pegados a la pantalla.

jueves, 22 de marzo de 2018

Carta de una hija a su padre


Papá:
He decidido escribirte esta carta, porque a lo largo de mi vida he aprendido que el rencor y la sed de venganza, solo me hacen daño a mí misma, ya que en muchas ocasiones no comprendí tu partida, ni por qué tenía que decir siempre ante mis amigos esa incómoda frase “Yo no tengo padre”, que tanta tristeza me causaba por dentro. Hoy y por medio de las siguientes palabras, quiero decirte todo lo que durante este tiempo has significado para mí, más allá de tu ausencia.
No sé ni cómo te llamas, y tampoco quiero ni necesito saberlo. Si estás leyendo estas líneas, probablemente estés pensando que te escribo tan solo para reclamarte lo mal padre que has sido, pero este no es el caso. Solo te escribo para decirte que te perdono.
Te perdono porque tu ausencia me enseñó a ser una persona fuerte y valiente; te perdono porque no tenerte me hizo ser la mujer que soy hoy en día; te perdono porque nunca me hiciste falta; cuando era una niña y en la escuela hacían fiestas por el día del padre, mi abuelo siempre estuvo allí para mí. Él fue el mejor padre que pude haber tenido.
Cuando alguien me preguntaba por mi papá, yo respondía que no tenía padre, porque la vida me había regalado una segunda opción mucho mejor: mi abuelo, ya que él me enseñó todo lo que tenía y lo que yo necesitaba saber, para convertirme en la persona y en la mujer que soy hoy en día. Mi abuelo nunca me habló mal de ti; me enseñó a no sentirme menos ni diferente porque tu no estuvieras; me enseñó a ser feliz y agradecida, por todo lo hermoso que la vida me había regalado.
Te perdono por empujarme lejos de ti; esto me ayudó a tener que buscar nuevas armas para defenderme ante el mundo.
Conté siempre con mi abuela; ella me enseñó a ser una mujer honesta, sincera, y por sobre todo a nunca lastimar a nadie; a no mentir, a valorar a las personas por tal y como son y a serle fiel a mis sentimientos y emociones.
Te perdono por nunca ocupar tu papel de padre; mamá siempre vio por mí y por mi hermano, ella supo sacarnos adelante sola, consiguió un trabajo y fue padre y madre. A veces no le fue posible darnos lo que ella siempre hubiese querido, pero te aseguro que nos dio lo mejor de sí misma; no faltó a ningún acto escolar, ni a ninguna fiesta o evento social; tiene fotos de cada uno de ellos; fue la mujer más maravillosa y amorosa que he conocido, y te aseguro que nos enseñó muy bien a no necesitarte.
Te perdono por todas estas cosas; logré tener una vida sin ti, actualmente estoy a mitad de mi carrera universitaria, y llegué hasta aquí sin ti. De alguna manera, creo que tu ausencia me enseñó a ser una mejor persona, hoy sé muy bien el tipo de padre que quiero para mis hijos.
No tenerte, me inspiró a tener que salir al mundo a buscar por mí misma la felicidad y el éxito. Nunca te necesité y hoy en día tampoco lo hago; tengo una familia que ha crecido conmigo y ha estado siempre para apoyarme; he conocido personas que poco a poco han ido llenando el vacío que tu dejaste.
Te perdono papá, porque si bien tu abandono me dolió en algún momento, gracias a él aprendí que el dolor es parte de la vida y que, si bien el amor de un padre es importante, el amor es incondicional y no importa de dónde viene o quién nos lo da.
Te perdono, porque gracias a ti he aprendido que el odio y el rencor no me lleva a ninguna parte y gracias a ello aprendí a perdonar…a perdonarte.
Así que recuerda siempre: nunca arruinaste mi vida, al contrario…soy una mujer feliz y tu partida me enseñó muchas cosas. Tu tampoco te atormentes por haberme dejado, recuerda que te he perdonado, así que tú también sé feliz.
Sinceramente, espero que tú también hayas encontrado la felicidad, así como yo lo hice. Te perdono papá, por ser el hombre que me creó, pero que nunca me quiso.
Atentamente:
Tu hija.


miércoles, 21 de marzo de 2018

Viaje al Infierno (parte sexta)


Agotado, sin palabras y emocionado, tenía nuevos héroes en ese podio de personas a las que admirar y desde ese momento tengo un respeto reverencial a todos los mineros del planeta, a toda esa gente que trabaja en lo que para muchos es el inframundo, la boca del infierno.
Potosí lo ha sido y lo sigue siendo. Ha visto perder muchas vidas, aunque su llama maldita no se ha terminado. Quizás porque se quiere extraer hasta la última gota de una plata que por siempre estará teñida de esfuerzo, dolor, sangre y lágrimas derramadas.
Si unas horas me habían trastornado, cómo debe ser pasarse más de media vida en las entrañas de Cerro Rico, escuchando detonaciones y sabiendo que las minas se han llevado ya a demasiados. Sin duda es una experiencia durísima, pero necesaria para ponerse en la piel de los otros y comprender por momentos cómo debe ser el infierno.

FIN

martes, 20 de marzo de 2018

Viaje al Infierno (parte quinta)


En las minas de Potosí, la boca del infierno, sólo nos faltaba toparnos con el mismo Demonio, pensé al encontrarnos de cara con una estatua de lo que a todas luces parecía Satanás, con sus cuernos y todo, vistiéndole un mar de tiras de confeti y tenía una mirada hierática y seca.
Cuando le preguntamos a nuestro amigo minero nos contó la historia tanto de aquella como de muchas de las estatuas de aspecto demoníaco que hay en el interior de Cerro Rico. Explicó que no se trataba de Lucifer ni mucho menos, sino de lo que ellos llaman “El Tío”, el cual representa el doble universo de las creencias indígenas y las traídas por los conquistadores, la cual decía que, desde hace mucho, la cosmogonía andina nos hablaba de la tradición de adorar a un ser de las profundidades que, supuestamente era el esposo de la ya mencionada Pachamama. En lugares como cuevas o minas como las potosinas en las que estábamos, él era el ser que podía salvar a la gente o, por el contrario, maldecirla. Por tanto, siempre se trataba de contentar al Tío con oraciones y ofrendas.
Hoy se continúa adorando al Tío, cuyo nombre procede de la inexistencia de la letra “d” en quechua. Y es que ellos lo trataban de castellanizar diciendo Dios… pronunciado Tios. Con el tiempo se perdió la “s” y al ser de las profundidades se le conoció para siempre como El Tío.
Me llama mucho la atención comprobar cómo muchos de los nativos americanos acoplaron sus creencias a la nueva religión traída del viejo mundo. Siempre se ha dicho que América es hoy día la reserva espiritual del cristianismo en el mundo, aunque sin dejar de lado su Fe y cultura en la que dioses como la Pachamama y El Tío tienen cabida. En cierto modo ellos son la Naturaleza, y en realidad representa lo que vemos, olemos, tocamos, y de lo que vivimos todos.
Después continuamos vagando por las oscuras galerías, casi sin sentir las piernas y estar casi sin respirar aire puro, apreciamos un lejano punto de luz. Todo era en línea recta y en apenas un par de minutos teníamos la salida, el final de un larguísimo caminar. En ese momento entendí con razones lo que era ver la luz al final del túnel.


CONTINUARÁ....

lunes, 19 de marzo de 2018

Viaje al Infierno (parte cuarta)


Mascaba constantemente las hojas de coca que había comprado el día que había visitado el Salar de Uyuni. En realidad, trataba de imitar a los propios bolivianos, haciendo una pelota que colocaba en un extremo de la mandíbula, la cual conviene tenerla y olvidarse prácticamente de ella, absorber muy lentamente su mezcla con saliva. Una ligera sensación de que se le duerme a uno la lengua es normal por los muchos efectos que tiene esta hierba, y es lo mejor para el mal de altura, para sofocar ese soroche maldito que afecta a quienes se enfrentan a una altitud a la que no están acostumbrados.
Nuestro guía nos iba contando muchas batallitas de cuando trabajaba en la mina. La verdad que era un tipo del que puedo decir aprendí mucho de cómo es la situación actual dentro del Cerro Rico. Hubo un momento en que nos pidieron ayudásemos a trasladar una viga a otros compañeros y aquello parecía pesar tres veces más de lo que pesaba realmente. Necesité sentarme un momento y pedí al grupo hicieran el último viaje sin mí, que les esperaba en ese mismo punto. No sé si por lo que se respiraba allí, el poco oxígeno, o por el agotamiento, me empecé a marear bastante. De pronto me encontraba allí sentado totalmente a oscuras tratando de no desmayarme. Cuando la vista emborronaba la poca luz de la linterna me eché agua a la cabeza para espabilarme.
Finalmente fue sólo un susto, una bajada de tensión y muy pronto llegaron los demás. Pedí detenernos un poco, beber líquido, y el hombre nos llevó junto a los mineros a los que habíamos ayudado a sentarnos un rato tranquilamente. Compartimos más hojas de coca y salió, no sé de dónde, una botella del alcohol que habíamos probado antes. Aquella era la manera de soportar lo insoportable, y por un lado no me extrañaba en absoluto.
Continuamos caminando, siempre hacia abajo y nunca retornando sobre nuestros pasos, lo que nos hacía esperanzar a muchos que la salida no podía estar demasiado lejos habiendo pasado ya tres horas en aquel horno oscuro y mojado. Aun así, entre nosotros ya hablábamos que eran más las ganas de saber que el miedo o la posible claustrofobia.
CONTINUARÁ....

viernes, 16 de marzo de 2018

Viaje al Infierno (parte tercera)


El camino se fue haciendo más y más estrecho y nuestro guía nos sugirió seguirle por un auténtico agujero en el que jamás se me hubiese ocurrido entrar. Muy despacio, prácticamente arrastrándonos con el trasero, fuimos bajando metros y más metros. De repente sonó un estruendo fuerte y hueco. Era una detonación a no demasiada distancia de dicho orificio y ante una posible emanación de gases nuestro guía nos pidió nos tapásemos la nariz y la boca. No fue la única explosión que escuchamos durante la ruta. En las entrañas de Potosí, mientras unos cuantos tratábamos de explorar las galerías, los mineros hacían su trabajo. Esta visita, del modo que se hace ahora, estaría terminantemente prohibida en casi todos los países del mundo. Pero Potosí es diferente, es una de las muchas puertas que dan directamente al infierno y que debe verse tal como es, sin trampa ni cartón.
Los minutos se me empezaron a clavar en una cabeza descentrada que le daba por dibujar con la memoria las caras de gente a la que quería y echaba de menos. De vez en cuando nos topábamos con serpentinas, flores tiradas por el suelo y ramas secas sostenidas en grietas. Al parecer lo hacen los mineros para buscar la protección de la Pachamama. Aquellas cavidades totalmente muertas, sin nada de naturaleza, expulsarían a la Madre Tierra, con el peligro de quedarse solos en las minas.
Empecé a pensar que tenían razón los mineros y que Dios no existía allí dentro. Torpes caminares y elección de rutas casi por el azar iban haciendo mella en el grupo. Hacía calor y el oxígeno era cada vez menor. Sin olvidar que, aunque pareciese que estuviésemos viajando al centro de la Tierra, nos encontrábamos siempre a más de 4000 metros de altura sobre el nivel del mar.
La noción del tiempo en las minas de Potosí es algo que brilla por su ausencia. Allí se vive en una eterna noche, un eterno letargo en el que nada cambia un ápice porque se muevan las manecillas de un reloj inútil. Nos contaron que había numerosas cuadrillas de mineros que trabajaban tan lejos de la salida, que sus turnos superaban las 48 horas y se veían obligados a dormir en el interior de las galerías. Pensé que no existiría dinero en el mundo que hiciera que me quedara allí dos días. Aquello es agobiante, agotador, una rabiosa pelea mental que te hace preguntarte una y otra vez qué estás haciendo allí. Pero hay que pensar en que esa es la fuente de trabajo de mucha gente que no tiene más remedio que aceptar unas durísimas condiciones de trabajo para subsistir, que es lo que han aprendido desde pequeños. 
CONTINUARÁ......

jueves, 15 de marzo de 2018

Viaje al Infierno (parte segunda)


Lo que sí hicimos fue ver de cerca cómo trataban los mineros todo lo que habían obtenido en las últimas semanas. Ese proceso de separar minúsculas vetas de plata de la piedra requiere de un trabajo mecánico y químico bastante completo y que poco ha variado en el último siglo. Aún se conservan los lugares en los que en tiempos de la colonia, se mezclaban fuertes agentes químicos con los que limpiar el mineral precioso de la roca a la que estaba adherido.
En Potosí no encontrarás dos rutas iguales ni dos experiencias iguales. Hay tal cantidad de galerías excavadas que los senderos van variando, y lo que uno se encuentra también. Nosotros nos adentramos a la conocida como Mina Candelaria, la cuál aún sigue dando frutos. Junto a la entrada, mientras esperábamos, unos mineros terminaban de empujar una vagoneta repleta de desechos que hay que sacar una y otra vez para despejar el camino de material inservible, nuestro guía pronunció unas palabras se me quedarán grabadas para siempre y que decían: “Hasta este punto exacto está Dios. Pero aquí dentro Dios no existe”.
Entramos a eso de las diez de la mañana. Un barro grisáceo y pegajoso fue acompañando nuestros pasos. Por eso era tan importante llevar botas de goma y no fiarnos de nuestro propio calzado. La luz natural que nos alumbró al principio fue sustituida por la de las linternas frontales de los cascos. Allí todo se oía, era capaz de escuchar ruido más insignificante en aquel vulnerable cuello de embudo a los adentros de la tierra.
Por momentos tenía mucho calor y por otro frío, aunque lo peor, sin duda alguna, era tener que respirar un olor indescriptible que me secaba la garganta. Entre tanto nos cruzábamos con vagones chirriantes que ayudábamos a empujar a los trabajadores que andaban exhaustos. Me habían contado que había niños dentro de las minas, pero reconozco no tuve ocasión de verlos. Todos aquellos hombres, aunque de treinta años en su mayoría, parecía tenían cincuenta. La mina estaba dibujada en las arrugas de muchos rostros con bocas que escondían una dentadura hueca y picada.
CONTINUARÁ....

miércoles, 14 de marzo de 2018

Viaje al Infierno (parte primera)


Cuando viaje a América como mochilero, no podía esperar lo que el futuro me depararía al conocer tantos y tantos territorios nuevos para mí que eran tanto peligrosos como apasionantes, pero ninguno como Potosí.
Este lugar era la historia viva de América y tenía un enorme interés en conocer sus famosas minas, no sólo por los libros de historiadores que tantas veces había leído, sino que también buscaba comprenderlas desde su interior.
En esos tiempos, en la ciudad se organizaban rutas turísticas no aptas para cualquier persona, puesto que las travesías se caracterizan por ser muy duras, guardando algún peligro, es decir no son las típicas visitas a un parque temático, sino que supone entrar a la mina con los propios mineros, vestirse como ellos y conocer de cerca ese infierno.
Fui con un pequeño grupo de amigos que había conocido en el hostal donde me hospedaba. Nos vinieron a buscar por la mañana temprano y nos llevaron a una casa en la que debíamos cambiarnos de ropa, y nos pusimos los uniformes mineros, cascos con linterna y botas de goma con los que ir de forma más adecuada a unas minas que estaban llenas de barro y agua, y es muy fácil mancharse. También nos entregaron unos pañuelos que ponernos en la boca debido al polvo y los gases.
Viendo esto, me sentía muy nervioso, ya que cada vez tenía más cerca la silueta de aquella montaña que en quechua significa “poderosa explosión”.
Es tradición en este tipo de incursiones a las minas, llevar unos presentes a los mineros que están trabajando en su interior. Por ello pasamos por un mercado indígena en el que adquirimos cosas que podían necesitar. Muchos reclaman bebidas alcohólicas, pero en una ciudad con un elevadísimo índice de alcoholismo no creímos que fuera lo más adecuado. Nos hicimos con refrescos, hojas y de coca y por mi parte algo de material de trabajo. Compré dinamita, por muy raro que suene.
Antes de acceder a las entrañas del Cerro Rico, el que sería nuestro guía, un minero retirado que imprimía de solemnidad y misterio a sus explicaciones, nos hizo brindar con alcohol de noventa grados en un ritual consistente el que pedir protección a la Pachamama en las minas. Aquello era prácticamente alcohol para curar las heridas. Y yo, que tenía los labios resecos por el frío y el aire del altiplano, rugí de dolor tras tan extraña ofrenda.
CONTINUARÁ.....

martes, 13 de marzo de 2018

El Verdugo


Cuenta la historia que había una vez un verdugo llamado Wang Lun, que vivía en el reino del segundo emperador de la dinastía Ming. Era famoso por su habilidad y rapidez al decapitar a sus víctimas, pero toda su vida había tenido una secreta aspiración jamás realizada todavía: cortar tan rápidamente el cuello de una persona que la cabeza quedara sobre el cuello, posada sobre él. Practicó y practicó y finalmente, en su año sesenta y seis, realizó su ambición.
Era un atareado día de ejecuciones y él despachaba cada hombre con graciosa velocidad; las cabezas rodaban en el polvo. Llegó el duodécimo hombre, empezó a subir el patíbulo y Wang Lun, con un golpe de su espada, lo decapitó con tal celeridad que la víctima continuó subiendo. Cuando llegó arriba, se dirigió airadamente al verdugo:
-¿Por qué prolongas mi agonía? -le preguntó-. ¡Habías sido tan misericordiosamente rápido con los otros!
Fue el gran momento de Wang Lun; había coronado el trabajo de toda su vida. En su rostro apareció una serena sonrisa; se volvió hacia su víctima y le dijo:
-Tenga la bondad de inclinar la cabeza, por favor.

lunes, 12 de marzo de 2018

La mujer que soñaba con los cuentos (parte 7)

Después como si de una forma instintiva se tratase, recogió su pelo en una larga coleta baja que le caía sobre su espalda. Al ver eso, el hombre que se acercaba lentamente a ella, le dijo:
-          No deberías hacerlo.
Al oír semejantes palabras, ella se giró, y se le quedó mirando a sus ojos tan azules como el ancho mar, y con un gesto de extrañeza le preguntó:
-          ¿Por qué has dicho eso? Que te debe importar a ti como tenga o no tenga mi cabello.
A lo que él contestó:
-          Porque esos cabellos deberían brillar bajo un sol perpetuo.
Al oír las bellas palabras del hombre, la mujer se estremeció, y el joven se acercó a ella para abrazarla y susurrarle al oído:
-          Eres mía, y yo soy tuyo. Ven aquí, amor mío, que los dos somos uno.
FIN.




sábado, 10 de marzo de 2018

La mujer que soñaba con los cuentos (parte 6)


También es cierto que, desde su llegada, la bella luz de las velas tiñó las paredes de crueldad en paredes de sosiegos, y hubo fuego en las inertes chimeneas para calentar las frías estancias.
Sintiéndose agradecida, la mujer abrazó a cada uno de los enanitos. El enanito psicólogo le robó dos besos y, a cambio, le dijo:
-          Cuando vuelvas al campo, verás que todos los girasoles están cabizbajos, esperando tu nuevo amanecer.
A lo que ella le respondió con una gran delicadeza:
-          Estoy bien, pero no sé si merezco volver a amar……….
Y el enanito, estirándose de puntillas para acariciar la porcelana ya reparada, le reveló:
-          Incluso en la noche más oscura surge un sol para iluminar nuevos caminos para andar, sólo hace falta cerrar los ojos y mirar al cielo con el corazón.
El primer día de la siguiente primavera, mientras la mujer observaba sentada en un banco cómo sus hijos jugaban en el parque, escuchó pisadas en la gravilla. Se volvió lo justo para mirar de soslayo a un apuesto joven que se acercaba.
No llevaba ropas de príncipe, ya que a lo mejor era paje o incluso campesino, o un jugar buscando bellos versos para sus hermosas composiciones.
Viéndolo, sintió una gran punzada en el corazón, y sobresaltada, se volvió a concentrarse en sus hijos, y con una voz grave les gritó:
-          Cuidado, no os impulséis tan fuerte en el columpio, ya que podéis caeros y haceros mucho daño.
CONTINUARÁ....

viernes, 9 de marzo de 2018

La mujer que soñaba con los cuentos (parte 5)


Fue entonces cuando escuchó una extraña melodía que provenía de una carreta que pasaba junto a la muralla, que decía así:
-          Help! I need somebody. Help! Not just anybody.
La mujer, sin pensárselo dos veces, chilló con voz poderosa:
-          ¡Help! ¡Ayuda!
Al escuchar aquel grito liberado, el teléfono que reposaba en la mesita de su dormitorio empezó a vibrar. En la pantallita parpadeaba un cartel que decía: “Sólo tienes que descolgar.
Apenas cogió el auricular, al otro lado comenzaron a sonar voces enérgicas y voces dulces. Voces que nunca había escuchado, o que nunca había sabido oír. Las voces simultáneas de todos los cuentos. Voces de duendes, gnomos, hadas y piratas que se aferraban a un cabo y gritaban:
-          ¡Marineros, preparad los cañones y mirad a estribor! ¡Encaramad este galeón a una ola que no se detenga hasta llegar al castillo de la princesa! ¡Más deprisa, que la princesa nos espera!
Los piratas rápidamente fueron al patio y gritaron al unísono:
-          ¡Nadie nos moverá de aquí, no hasta que recuperes la sonrisa princesa! ¡Y que no se le ocurra al príncipe de las tinieblas asomarse por estas tierras!
A partir de ese entonces, todo cambió en el interior de aquellas cuatro paredes de piedra. Siete enanitos aparecidos de una lejana montaña se encargaron de reformar el oscuro palacio. A la mujer le gustaban sus graciosos nombres, ya que estaba el enanito fiscal, el enanito acompañante o el enanito juez.
CONTINUARÁ...

jueves, 8 de marzo de 2018

La mujer que soñaba con los cuentos (parte 4)


Ya no había ningún príncipe que la besara mientras ella conciliaba el sueño tranquilamente.
Estaba condenada injustamente a vivir, eternamente despierta, en un mundo de pesadilla y terror.
Todo enmudeció a su alrededor. Llegó un día en el que ya ni siquiera sonaba el tic tac de los relojes: hasta el tiempo temía pasar por aquel castillo, convertido en una prisión infernal. Los bellos cuartos se transformaron en crueles celdas de castigo; los pasillos estaban flanqueados por barrotes de suelo a techo, de entre los cuales emergían brazos huesudos que querían agarrarle por las ropas.
La mujer estaba completamente sola. Sola en un mundo de espectros, arrojada al interior de una mazmorra cubierta de paja y excrementos.
Sus hijos también se volvieron mudos. Cuando se cruzaban con la muchacha, ambos la miraban con una expresión plana, sin emoción ninguna. No querían que nadie supiera que sentían; no querían que nadie supiera que existían, sobre todo por el miedo que les inspiraba su padre.
Incluso habían conseguido que sus corazones latieran más lento y más suave, para no llamar la atención.
Cuando la mujer dio cuenta de esto, comenzó a derramar lágrimas, pero esas lágrimas brotaban al mismo tiempo por ella y por el destino tan trágico que aguardaba a sus gemelos, y lloró un minuto tras otro, formando olas y mareas.
Lloró tanto, que tuvo miedo de que el castillo se inundase y se ahogasen sus queridos hijos, por lo que abrió la ventana para que todo el amplio mar que había formado sus lágrimas se vertiera hacia el foso.
CONTINUARÁ....

miércoles, 7 de marzo de 2018

La mujer que soñaba con los cuentos (parte 3)


Se llevó la yema de los dedos al rostro y palpó la marca que había dejado la mano del hombre. Una gran mano abierta impresa sobre su bello rostro de porcelana. Esto no podía estar pasando, no podía creerlo.
Rápidamente, la muchacha abandonó corriendo la habitación envuelta en lágrimas, se encerró en su dormitorio y sacó su espejito mágico de la cómoda. Dilo, por favor, dilo, suplicó con la poca voz que le quedaba, esperando escuchar así las palabras ansiadas. Pero el espejo no habló. No le dijo aquello que tanto anhelaba oír: eres la mujer más bella de este mundo.
El cristal estaba poblado de una gran niebla que, al disiparse, le mostró las grietas. Grietas en la fina porcelana. Cada vez más y más grietas, como un terremoto que vejaba las colinas y valles de su cara.
-          ¿Qué podía hacer? – se repetía la muchacha una y otra vez.
Él era su príncipe. ¿Acaso no seguía siendo aquel que descubrió gallardo sobre una loma, recién apeado del caballo? ¿Acaso sus piernas no seguían siendo igual de robustas y su aspecto igual de despistado? Él la necesitaba, ya que ella era suya. Sí, suya porque sin él ya no existía, porque si él no era nada.
Estaba confusa, pero también agotada. Pensó que lo que realmente necesitaba era relajarse y dormir. Seguro que al despertar lo vería todo con más claridad. Dormir hasta que el roce de unos labios la arrancase de los más dulces sueños, y la devolviese a un mundo en que los árboles fuesen de algodón de azúcar o los cielos fuesen de colores.
Pero todos los colchones en los que la muchacha se tumbaba pinchaban como si tuvieran un montón de agujas clavadas en él, por lo que la chica nunca podía conciliar el sueño bien. Le aterraba la idea de pensar en que, si cerraba los ojos, quizá no despertará jamás.
CONTINUARÁ..................

martes, 6 de marzo de 2018

La mujer que soñaba con los cuentos (parte 2)


A los pocos días de estar viviendo con el joven, éste le obligó a cortar sus largos cabellos morenos porque según él, no era decente que la chica fuera provocando a los varones de la corte. También miraba con total desprecio los vestidos y prendas que ella cosía para gustarle, y tras haberlos acabado le obligaba a tirarlos a la basura. Y cuando la mujer le empujaba en broma, y le proponía jugar al escondite en el jardín como dos amantes furtivos, él le preguntaba:
-          ¿Acaso ves a nuestro alrededor alguna razón para reír?
Entre las miradas de soslayos y largos silencios, la mujer dio a luz a dos preciosos gemelos. Eran un niño y una niña, con una piel más blanca que la nieve, y ambos con preciosos ojos verdes y pelo moreno.
La mujer, al verlos, pensó que eran el mejor regalo que los dioses le hubieran podido dar; o más bien que eran los dioses mismos bajados a esta Tierra para ayudarle a escribir, por fin, su propio cuento. Pero sus hijos no eran dioses sino ángeles, con frágiles alas que se quebraban ante los gritos de un príncipe que, día tras días, se hacía merecedor del título nobiliario de príncipe de las tinieblas.
La mujer, haciendo gala de su fortaleza, pensó que suya era la culpa y que sólo ella podía arreglar el cuento, así que recorrió todas las fruterías de la ciudad buscando manzanas rojas, pero de todas ellas salían gusanos y ninguna era roja; y preguntó en todas las boticas si vendían algún elixir del amor como los que solían usar las brujas, pero sólo recibió gestos de extrañeza y que algún boticario la tratará de loca.
Una noche fría como el silencio de los velatorios, la mujer notó como un gran huracán frío le golpeaba la cara, pero aquello no era un huracán, los cuales incluso eran más pacíficos que aquello, y además en aquel terrible palacio ni siquiera el aire se atrevía a correr por sus grandes pasillos ni sus tenebrosas habitaciones.
CONTINUARÁ.....

lunes, 5 de marzo de 2018

La mujer que soñaba con los cuentos (parte 1)


Érase una vez una mujer que desde niña siempre había soñado con vivir la vida que tenían las princesas de los cuentos.
Ella quería que sus largos cabellos morenos brillasen bajo un sol intermitente, que se pudiera vestir con preciosos vestidos y prendas traídas de las más lujosas y exclusivas tiendas, morder manzanas que siempre fueran rojas, dormir tranquilamente hasta que el roce de unos labios masculinos la arrancase de los más dulces sueños y, cada mañana, mirarse en un espejo que le susurrase que era y siempre sería la mujer más hermosa de este mundo.
Una tarde de labranza en el campo, mientras la mujer se secaba el sudor de su frente tras haber desempeñado un duro trabajo, reconoció sobre una loma la figura de un hombre que parecía un príncipe recién apeado de su caballo: alto, piernas robustas, brillantes ojos verdes, inteligente….
Aquél, que se sentía observado, se giró. La miró durante unos segundos con los ojos entornados y, sin dudar, echó a andar hacia ella. Cuando estuvo a su lado, con su voz ronca e inundada de aire le dijo:
-          Eres mía.
-          Sí, soy tuya. Tuya, al igual que estos rayos que se recuestan sobre los arboles pertenecen al sol, ya que sin ti ya no existo porque sin ti no soy nada – respondió la muchacha.
El muchacho la condujo a su palacio, o así le resultaba a ella por alguna suerte de hechizo. Un hechizo débil, porque la mujer no tardó en darse cuenta de que ningún cuento casaba con su nueva vida.
CONTINUARÁ.....