Agotado,
sin palabras y emocionado, tenía nuevos héroes en ese podio de personas a las
que admirar y desde ese momento tengo un respeto reverencial a todos los
mineros del planeta, a toda esa gente que trabaja en lo que para muchos es el
inframundo, la boca del infierno.
Potosí
lo ha sido y lo sigue siendo. Ha visto perder muchas vidas, aunque su llama
maldita no se ha terminado. Quizás porque se quiere extraer hasta la última
gota de una plata que por siempre estará teñida de esfuerzo, dolor, sangre y
lágrimas derramadas.
Si
unas horas me habían trastornado, cómo debe ser pasarse más de media vida en
las entrañas de Cerro Rico, escuchando detonaciones y sabiendo que las minas se
han llevado ya a demasiados. Sin duda es una experiencia durísima, pero
necesaria para ponerse en la piel de los otros y comprender por momentos cómo
debe ser el infierno.
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