viernes, 16 de marzo de 2018

Viaje al Infierno (parte tercera)


El camino se fue haciendo más y más estrecho y nuestro guía nos sugirió seguirle por un auténtico agujero en el que jamás se me hubiese ocurrido entrar. Muy despacio, prácticamente arrastrándonos con el trasero, fuimos bajando metros y más metros. De repente sonó un estruendo fuerte y hueco. Era una detonación a no demasiada distancia de dicho orificio y ante una posible emanación de gases nuestro guía nos pidió nos tapásemos la nariz y la boca. No fue la única explosión que escuchamos durante la ruta. En las entrañas de Potosí, mientras unos cuantos tratábamos de explorar las galerías, los mineros hacían su trabajo. Esta visita, del modo que se hace ahora, estaría terminantemente prohibida en casi todos los países del mundo. Pero Potosí es diferente, es una de las muchas puertas que dan directamente al infierno y que debe verse tal como es, sin trampa ni cartón.
Los minutos se me empezaron a clavar en una cabeza descentrada que le daba por dibujar con la memoria las caras de gente a la que quería y echaba de menos. De vez en cuando nos topábamos con serpentinas, flores tiradas por el suelo y ramas secas sostenidas en grietas. Al parecer lo hacen los mineros para buscar la protección de la Pachamama. Aquellas cavidades totalmente muertas, sin nada de naturaleza, expulsarían a la Madre Tierra, con el peligro de quedarse solos en las minas.
Empecé a pensar que tenían razón los mineros y que Dios no existía allí dentro. Torpes caminares y elección de rutas casi por el azar iban haciendo mella en el grupo. Hacía calor y el oxígeno era cada vez menor. Sin olvidar que, aunque pareciese que estuviésemos viajando al centro de la Tierra, nos encontrábamos siempre a más de 4000 metros de altura sobre el nivel del mar.
La noción del tiempo en las minas de Potosí es algo que brilla por su ausencia. Allí se vive en una eterna noche, un eterno letargo en el que nada cambia un ápice porque se muevan las manecillas de un reloj inútil. Nos contaron que había numerosas cuadrillas de mineros que trabajaban tan lejos de la salida, que sus turnos superaban las 48 horas y se veían obligados a dormir en el interior de las galerías. Pensé que no existiría dinero en el mundo que hiciera que me quedara allí dos días. Aquello es agobiante, agotador, una rabiosa pelea mental que te hace preguntarte una y otra vez qué estás haciendo allí. Pero hay que pensar en que esa es la fuente de trabajo de mucha gente que no tiene más remedio que aceptar unas durísimas condiciones de trabajo para subsistir, que es lo que han aprendido desde pequeños. 
CONTINUARÁ......

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