El
camino se fue haciendo más y más estrecho y nuestro guía nos sugirió seguirle
por un auténtico agujero en el que jamás se me hubiese ocurrido entrar. Muy
despacio, prácticamente arrastrándonos con el trasero, fuimos bajando metros y
más metros. De repente sonó un estruendo fuerte y hueco. Era una detonación a
no demasiada distancia de dicho orificio y ante una posible emanación de gases
nuestro guía nos pidió nos tapásemos la nariz y la boca. No fue la única
explosión que escuchamos durante la ruta. En las entrañas de Potosí, mientras
unos cuantos tratábamos de explorar las galerías, los mineros hacían su
trabajo. Esta visita, del modo que se hace ahora, estaría terminantemente
prohibida en casi todos los países del mundo. Pero Potosí es diferente, es una
de las muchas puertas que dan directamente al infierno y que debe verse tal
como es, sin trampa ni cartón.
Los
minutos se me empezaron a clavar en una cabeza descentrada que le daba por
dibujar con la memoria las caras de gente a la que quería y echaba de menos. De
vez en cuando nos topábamos con serpentinas, flores tiradas por el suelo y
ramas secas sostenidas en grietas. Al parecer lo hacen los mineros para buscar
la protección de la Pachamama. Aquellas cavidades totalmente muertas, sin nada
de naturaleza, expulsarían a la Madre Tierra, con el peligro de quedarse solos
en las minas.
Empecé
a pensar que tenían razón los mineros y que Dios no existía allí dentro. Torpes
caminares y elección de rutas casi por el azar iban haciendo mella en el grupo.
Hacía calor y el oxígeno era cada vez menor. Sin olvidar que, aunque pareciese
que estuviésemos viajando al centro de la Tierra, nos encontrábamos siempre a
más de 4000 metros de altura sobre el nivel del mar.
La
noción del tiempo en las minas de Potosí es algo que brilla por su ausencia.
Allí se vive en una eterna noche, un eterno letargo en el que nada cambia un
ápice porque se muevan las manecillas de un reloj inútil. Nos contaron que había
numerosas cuadrillas de mineros que trabajaban tan lejos de la salida, que sus
turnos superaban las 48 horas y se veían obligados a dormir en el interior de
las galerías. Pensé que no existiría dinero en el mundo que hiciera que me quedara
allí dos días. Aquello es agobiante, agotador, una rabiosa pelea mental que te
hace preguntarte una y otra vez qué estás haciendo allí. Pero hay que pensar en
que esa es la fuente de trabajo de mucha gente que no tiene más remedio que
aceptar unas durísimas condiciones de trabajo para subsistir, que es lo que han
aprendido desde pequeños.
CONTINUARÁ......
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