Érase
una vez una mujer que desde niña siempre había soñado con vivir la vida que
tenían las princesas de los cuentos.
Ella
quería que sus largos cabellos morenos brillasen bajo un sol intermitente, que
se pudiera vestir con preciosos vestidos y prendas traídas de las más lujosas y
exclusivas tiendas, morder manzanas que siempre fueran rojas, dormir
tranquilamente hasta que el roce de unos labios masculinos la arrancase de los
más dulces sueños y, cada mañana, mirarse en un espejo que le susurrase que era
y siempre sería la mujer más hermosa de este mundo.
Una
tarde de labranza en el campo, mientras la mujer se secaba el sudor de su
frente tras haber desempeñado un duro trabajo, reconoció sobre una loma la
figura de un hombre que parecía un príncipe recién apeado de su caballo: alto,
piernas robustas, brillantes ojos verdes, inteligente….
Aquél,
que se sentía observado, se giró. La miró durante unos segundos con los ojos
entornados y, sin dudar, echó a andar hacia ella. Cuando estuvo a su lado, con
su voz ronca e inundada de aire le dijo:
-
Eres mía.
-
Sí, soy tuya. Tuya, al igual que estos
rayos que se recuestan sobre los arboles pertenecen al sol, ya que sin ti ya no
existo porque sin ti no soy nada – respondió la muchacha.
El
muchacho la condujo a su palacio, o así le resultaba a ella por alguna suerte
de hechizo. Un hechizo débil, porque la mujer no tardó en darse cuenta de que
ningún cuento casaba con su nueva vida.
CONTINUARÁ.....
No hay comentarios:
Publicar un comentario