Fue
entonces cuando escuchó una extraña melodía que provenía de una carreta que
pasaba junto a la muralla, que decía así:
-
Help! I need somebody. Help! Not just
anybody.
La
mujer, sin pensárselo dos veces, chilló con voz poderosa:
-
¡Help! ¡Ayuda!
Al
escuchar aquel grito liberado, el teléfono que reposaba en la mesita de su
dormitorio empezó a vibrar. En la pantallita parpadeaba un cartel que decía:
“Sólo tienes que descolgar.
Apenas
cogió el auricular, al otro lado comenzaron a sonar voces enérgicas y voces
dulces. Voces que nunca había escuchado, o que nunca había sabido oír. Las
voces simultáneas de todos los cuentos. Voces de duendes, gnomos, hadas y
piratas que se aferraban a un cabo y gritaban:
-
¡Marineros, preparad los cañones y mirad a
estribor! ¡Encaramad este galeón a una ola que no se detenga hasta llegar al
castillo de la princesa! ¡Más deprisa, que la princesa nos espera!
Los
piratas rápidamente fueron al patio y gritaron al unísono:
-
¡Nadie nos moverá de aquí, no hasta que
recuperes la sonrisa princesa! ¡Y que no se le ocurra al príncipe de las
tinieblas asomarse por estas tierras!
A
partir de ese entonces, todo cambió en el interior de aquellas cuatro paredes
de piedra. Siete enanitos aparecidos de una lejana montaña se encargaron de
reformar el oscuro palacio. A la mujer le gustaban sus graciosos nombres, ya
que estaba el enanito fiscal, el enanito acompañante o el enanito juez.
CONTINUARÁ...
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