Se
llevó la yema de los dedos al rostro y palpó la marca que había dejado la mano
del hombre. Una gran mano abierta impresa sobre su bello rostro de porcelana.
Esto no podía estar pasando, no podía creerlo.
Rápidamente,
la muchacha abandonó corriendo la habitación envuelta en lágrimas, se encerró
en su dormitorio y sacó su espejito mágico de la cómoda. Dilo, por favor, dilo,
suplicó con la poca voz que le quedaba, esperando escuchar así las palabras
ansiadas. Pero el espejo no habló. No le dijo aquello que tanto anhelaba oír:
eres la mujer más bella de este mundo.
El
cristal estaba poblado de una gran niebla que, al disiparse, le mostró las
grietas. Grietas en la fina porcelana. Cada vez más y más grietas, como un terremoto
que vejaba las colinas y valles de su cara.
-
¿Qué podía hacer? – se repetía la muchacha
una y otra vez.
Él
era su príncipe. ¿Acaso no seguía siendo aquel que descubrió gallardo sobre una
loma, recién apeado del caballo? ¿Acaso sus piernas no seguían siendo igual de
robustas y su aspecto igual de despistado? Él la necesitaba, ya que ella era
suya. Sí, suya porque sin él ya no existía, porque si él no era nada.
Estaba
confusa, pero también agotada. Pensó que lo que realmente necesitaba era
relajarse y dormir. Seguro que al despertar lo vería todo con más claridad.
Dormir hasta que el roce de unos labios la arrancase de los más dulces sueños,
y la devolviese a un mundo en que los árboles fuesen de algodón de azúcar o los
cielos fuesen de colores.
Pero
todos los colchones en los que la muchacha se tumbaba pinchaban como si
tuvieran un montón de agujas clavadas en él, por lo que la chica nunca podía
conciliar el sueño bien. Le aterraba la idea de pensar en que, si cerraba los
ojos, quizá no despertará jamás.
CONTINUARÁ..................
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