Hacía tiempo que Mónica no recordaba aquellas funciones de teatro. Sigue pensando en ellas, en los buenos tiempos de la universidad, mientras recoge más mesas y se abstrae del bullicio del local. Pensará en ello hasta las ocho, la hora de salida. No hay melancolía ni tristeza en esos pensamientos. Ya no. Los dos llegarán a casa más o menos a la misma hora. Mónica se compró hace unos días un vestido de terciopelo negro y tirantes finos, en una tienda cerca del trabajo que había adelantado las rebajas a principios de las navidades. No le dijo nada a Adrián. Será una sorpresa. Hace tiempo que no se pone otra cosa que vaqueros y el uniforme del trabajo. A Adrián le gustan esos vestidos que dejan los hombros al descubierto. Su hermana mayor le prestó unas sandalias que se compró recientemente para la boda de su mejor amiga. Las dos utilizan el mismo número. También hace mucho que no se pone tacones. Tendrá que ensayar un rato en casa antes de salir. Cuando se los pone es un poco más alta que Adrián. Los dos hacen bromas sobre ello. Deberá pararle los pies a Adrián porque las bromas y los tacones siempre terminan excitándolo, y van con el tiempo bastante justo. Al día siguiente, piensa, después de la fiesta. Qué mejor manera de empezar el año que metidos todo el día en la cama.
Mónica está tratando de quitar un pegote de kétchup y otro de mostaza que se han quedado resecos en una de las mesas, cuando alguien pasa por su lado y le dice Feliz Año Nuevo. Ahora sí ha reconocido esas palabras. Y la voz ronca que las ha pronunciado. Es la de Adrián. Mónica se da la vuelta y le mira con cara de sorpresa. Son casi las ocho, dice él, señalando el reloj de su muñeca. He salido un poco antes de lo esperado. Está guapo y a ella le apetece mucho besarle, pero sabe que el encargado, al que no se le escapa una, la está mirando y se contiene. Feliz Año Nuevo, cariño, susurra.