Poco
a poco sintió que se convertía en una estatua de piedra, incapaz de reaccionar,
sometido al miedo que lo obligaba a enfundarse nuevamente en la piel de aquel
niño presa del espanto, que debía enfrentarse cada día con la maldad, con el
sometimiento, con la impotencia de saberse indefenso ante sus opresores. Las
figuras estaban a pocos pasos de distancia. El sentía que cada molécula de su
cuerpo era ya parte de aquella estatua pétrea. Un rayo de luz penetró su
entendimiento al comprender que en cada persona habitaba un temor supremo
escondido en lo más recóndito de su ser, un temor arrastrado por cadenas con
pesados grilletes, un temor que se hacía presente en cada pesadilla, en cada
vigilia en la oscuridad de la noche, haciendo añicos todo rastro de paz mental.
“Existe, siempre existió”, se dijo en un susurro. Fue entonces que sus dudas
fueron develadas, que el interrogante que lo había acechado durante tantas
madrugadas de insomnio tenía respuesta al fin, porque entendía con claridad
meridiana que a partir de ese mismísimo instante se vería sumido en ese miedo,
en ese horror que se repetiría sin cesar día tras día, condenado sin remedio al
infierno personal que le estaba destinado por toda la eternidad.
miércoles, 9 de mayo de 2018
martes, 8 de mayo de 2018
El Tiempo (parte 5)
Le
pareció percibir siluetas que rodeaban su lecho. La respiración se le hizo
estertorosa. Entendió que se bajaba el telón, que ya era el final. Debía cortar
amarras y alejarse de la seguridad del puerto. El miedo y la furia dieron paso
a una repentina aceptación. Ya no podía luchar, no podía resistir. Sólo podía
entregarse por entero a vivir con la mayor intensidad posible esos segundos que
le restaban. Se dispuso a esperar, aguzando sus sentidos para ser capaz de
percibir el paso del “ser” al “no ser”, el subrepticio cruce del puente que une
el todo con la nada. Un solo interrogante mantenía su mente trajinando
intensamente: “¿Seré capaz de identificar la última milésima de segundo? ¿Será
ahora?, ¿o ahora?, ¿o ahora?, ¿o…?”
--x--
El
sonido del timbre se apagó. El niño abrió los ojos. Observó el patio de su
infancia con sorpresa, como si se tratara de la primera vez que lo veía. Nada
había cambiado. Él se encontraba allí, en ese rincón apartado, en medio del
bullicio, esperando, inspeccionando cada metro con ojos avizores. Tres figuras
atravesaron la entrada y se detuvieron a pocos pasos de la puerta. Deliberaban,
lanzando cada tanto furtivas miradas hacia donde él se encontraba. El pavor lo
dominó. Reconoció esas figuras que acudían del pasado, desde el remoto lugar en
donde habían sido sepultadas hacía mucho tiempo. Dirigió la vista hacia abajo y
vislumbró el sacón, los pantalones cortos, los zapatos desatados con las puntas
destrozadas. Se le heló la sangre. Un grito nació en su interior y murió en su
garganta. Estaba atrapado en una cárcel de carne y hueso. Quiso correr, pero
estaba paralizado. Las piernas no le obedecían. Las tres figuras terminaron las
deliberaciones y comenzaron a caminar hacia él, con exasperante lentitud, como
tantas otras veces, casi disfrutándolo. Pudo adivinar que estarían sonriendo
torvamente.
CONTINUARÁ.....
lunes, 7 de mayo de 2018
El Tiempo (parte 4)
“¿Será
así?, ¿me espera la nada?”, se preguntó dubitativo. Sintió la misma opresión que
le producía aquel sueño recurrente que lo atormentaba algunas noches, en las
que se despertaba agitado y bañado en sudor. Lo trastornaba la idea de que ese
arduo peregrinaje por los caminos áridos de la vida fuera lo único que le
quedaba, que al exhalar su postrer aliento todo acabaría. “Qué patéticos y
absurdos habrían sido mis afanes de ser verdad”, concluyó desalentado. Pero muy
en su interior tenía la certeza de que así sería, de que no había un “más
allá”. Nunca había sido religioso y jamás le había interesado tampoco. La idea
de un ser supremo que se relacionara con él en forma personal le parecía
inaceptable, casi un insulto a su sentido común. El concepto del Cielo y del
Infierno que le habían inculcado en el colegio secundario le había parecido un
mero artilugio para mantenerlo a raya, un sofisma con el cual los sacerdotes
habían tratado de dominarlo a través de la culpa y los castigos corporales.
Allí se había persuadido de que no existía tal cosa, pergeñando un mecanismo
para mantenerse a salvo y así tener el control de la situación. Más tarde había
dado la espalda sistemáticamente a todo intento de acercamiento a cualquier
tipo de experiencia espiritual. “No lo necesito”, se repetía con obstinación.
Aquel dicho popular brotó de su memoria súbitamente: “Se cree más en los
milagros a la hora del entierro”. Sí, ahora que debía enfrentar inexorablemente
esa experiencia única, lamentaba haber sido tan necio, tan soberbio, tan
confiado en el trecho que le quedaba por delante. Comprendió que nunca había
tenido el control, que no existía tal cosa, que la fragilidad de la existencia
le resultaba insoportable.
Se le nubló la vista.
Una oleada de miedo lo invadió nuevamente, pero esta vez se trataba de un
pánico salvaje, abrumador; la incertidumbre que se siente al tener que abrir
una puerta sin saber qué podría esconderse del otro lado. De haber podido
hubiera gritado, hubiera renegado del destino y del futuro que le esperaba.
“¿Futuro?, ¿qué futuro?”, concluyó con irónica tristeza. Sintió que le tomaban
la mano. Escuchó voces y sollozos entrecortados.CONTINUARÁ....
sábado, 5 de mayo de 2018
El Tiempo (parte 3)
Trató
de pasar la lengua sobre ellos pero estaba igualmente acartonada. Marisa acudió
con presteza y le pasó un trapito húmedo sobre la boca.
“Qué
haría sin ella”, se preguntó agradecido. Había sido el cayado que lo había
sostenido en el tránsito de su enfermedad. Sabía con certeza que ya estaba en
la última etapa del calvario. Comprendió que lo habían llevado a la casa para
que estuviera más contenido, en compañía de los suyos.
“Ya
está, se terminó todo”, pensó acongojado y sorprendido. “¿Cuándo se me pasó la
vida tan rápido?” Dejó la pregunta sin respuesta. Otros pensamientos acuciantes
asomaban a su mente.
Sabía
que había postergado tozudamente cualquier reflexión acerca de los temas
existenciales de la humanidad. No porque no los considerara importantes, sino
porque tenía “todo el tiempo del mundo” para hacerlo. Jamás se le ocurrió
pensar que el final pudiera estar a la vuelta de la esquina, que una célula tan
minúscula e insignificante podría ser la causante de que su historia tuviera un
desenlace anticipado. Ahora, tumbado de espaldas en la cama, sus pensamientos
giraban alocadamente sin darle tregua. En breve se develarían los interrogantes
que habían inquietado a los seres humanos desde que tuvieron conciencia de su
propia finitud. Se sintió sobrecogido por un miedo visceral. El calor de la
fiebre lo sofocaba, mezclado con un profundo sentimiento de desamparo. Allí
mismo, tendido en la cama, se aferraba con desesperación a la plena conciencia
de su existencia, como si al hacerlo pudiera posponer lo inevitable. Si hubiera
sentido esa misma sensación en cada segundo de su vida la hubiera vivido de una
manera muy diferente. Pero en ese momento en que estaba a punto de trasponer el
umbral de la nada, más consciente era del valor intrínseco de la vida, de que
estaba vivo, respiraba, pensaba, sufría; todavía sentía la sangre fluir por sus
venas.
CONTINUARÁ....
viernes, 4 de mayo de 2018
El Tiempo (parte 2)
Comprobó
aliviado que un niño corría apresurado hacia la zona del gimnasio. El sonido
del viento fue lo único que se escuchaba cuando los ecos del portazo se
apagaron.
Le
pareció percibir un sordo clamor proveniente de las aulas, como el sonido de un
enjambre lejano. La piel se le erizó al vislumbrar lo que sucedería a
continuación. El murmullo iba creciendo en intensidad, como crece la marea que
luego envuelve toda la playa. El corazón del niño comenzó a bombear con fuerza.
Podía percibir el latido de sus sienes, que semejaba antiguos tambores tribales
dibujando un ancestral llamado de peligro. La adrenalina le recorría el cuerpo.
El sonido estruendoso de una puerta abierta de golpe le hizo dar un respingo.
Decenas de niños de distintas edades eran vomitados hacia el patio a través de
la abertura acompañados por un bullicio ensordecedor.
La
energía contenida durante las interminables clases hacía eclosión
transformándose en movimiento, gritos, juegos, mejillas rojas y rostros plenos
de excitación.
El sonido estridente del timbre electrificó el
ambiente. Los puños del niño se apretaron aún más dentro de los bolsillos de su
sacón. Notó con desagrado que las piernas le temblaban, pero no de frío. Los
alumnos más grandes comenzaron a emerger por la puerta del patio, preludio de
la amenaza que se cernía sobre él. Fue entonces que decidió cerrar los ojos
para sumergirse en el efímero bálsamo de la oscuridad.
Damián levantó los
párpados lentamente. Una intensa luz hirió sus ojos. Marisa notó que el brillo
lo mortificaba y la apagó de inmediato dejando sólo un velador que arrojaba una
iluminación mortecina. Damián trataba de recuperar el sentido del aquí y ahora.
Reconoció el dormitorio de la casa familiar. Su mente fue accediendo
paulatinamente a los hechos recientes hasta que logró recomponer la cadena de acontecimientos
que desembocaban en el tiempo presente. Sintió los labios resecos.CONTINUARÁ...
jueves, 3 de mayo de 2018
El Tiempo (parte 1)
El
viento helado cruzaba el patio de juegos de lado a lado. El amplio espacio
estaba desolado mientras los niños se encontraban en las aulas aprendiendo las
enseñanzas del día. Las hojas desprendidas de los árboles eran llevadas de un
lado a otro en una danza sin fin, dibujando caprichosos remolinos.
Un
niño pequeño se encontraba parado en unas de las esquinas observando con mirada
alerta el lento movimiento del reloj de la torre que dominaba el panorama desde
lo alto. Con cada segundo que pasaba su corazón se contraía. Llevaba las manos
enterradas en lo profundo de los bolsillos de su sacón. Las piernas le
temblaban de frío, apenas cubiertas por los pantalones cortos. Tenía la mitad
del rostro escondido por una bufanda de lana y la gorra escolar le cubría la
frente.
La
aguja del minutero se acercaba irremediablemente al número doce, anunciando la
llegada del recreo, el comienzo del suplicio.
Su
mente se trasladó hacia su casa, su cuarto, hacia la seguridad de las cosas
familiares, acogedoras. Cómo deseaba estar allí, ir hacia la cocina llevado por
el delicioso aroma de la comida de su madre, plena de colores y sabores
sorprendentes. Ella lo recibiría con esa cálida sonrisa que afloraba en sus
labios cuando él aparecía en escena. Enseguida dejaba lo que fuera que tuviera
entre manos para darle un largo y cariñoso abrazo, besándolo en las mejillas,
jugando con su cabello rebelde.
Un sentimiento de
calidez le inundó el cuerpo y le llenó los ojos de lágrimas. Qué lejano parecía
su hogar, aunque estuviese a unas pocas cuadras de distancia. El tiempo seguía
avanzando. El fatídico sonido de la campanilla cruzaría el aire en cualquier
momento. El corazón le dio un salto al escuchar un portazo en el otro extremo
del patio.CONTINUARÁ....
miércoles, 2 de mayo de 2018
Una misma melodía (parte 5)
Ningún látigo podría
desgarrarlas de su alma. Nunca jamás en la vida, le podría volver a ocurrir
algo similar a eso.
FIN
martes, 1 de mayo de 2018
Una misma melodía (parte 4)
En ese preciso
instante, los murmullos se convirtieron en silencio y la melodía empezó a sonar
en la cabeza de Emily. Sus dedos empezaron a moverse ágiles y con
determinación. Emily apartó la vista del piano por un momento y observó cómo el
mundo que la rodeaba comenzó a desaparecer.
Un nuevo universo se
extendió ante ella, un bello universo de luces y colores donde ningún barrote
era capaz de encerrar tal inmensidad. Los ojos de Emily se empañaron al ver
aquel lugar. Podía verlo con tal nitidez que incluso llegó a sentir como
aquellas luces la cegaban. Nunca había soñado, ni se había imaginado que podría
estar en un sitio así como en el que estaba en ese momento.
De repente, sintió como
su piel se erizaba y su corazón latía con tal intensidad que ninguna fuerza
humana, de esas que se creen más poderosas por naturaleza, podría haberlo
oprimido, y dentro de su cabeza se preguntaba:
-
“¿Era
aquella la gloria que su padre le había prohibido?”.
La respuesta era
obviamente no. Aquello era algo más valioso. Lo que Emily había experimentado
no era algo tan banal como la gloria de la que su padre hablaba. Era algo tan
puro y etéreo que se escapaba a la comprensión de los hombres. Aquel universo
era el lugar al que la música del piano la transportaba.
Un lugar donde la
silueta humana era simple fachada, insulsa y sin significado; donde todo era
diferente y nada discriminado; donde existía libertad. Ese era el lugar al que
Emily pertenecía y al que nadie le prohibiría su entrada.
En ese momento, Emily
empezó a escuchar incesantes latidos en su oído. Sintió la sangre recorrer su
cuerpo a gran velocidad. Más y más deprisa según la melodía se alzaba sobre
todo pensamiento terrenal. Sonidos graves y agudos que la alejaban más y más
del suelo.
Cerró los ojos en un
momento de pánico, para cerciorarse de que su alma no había abandonado su
cuerpo y, de repente, nada.
La melodía finalizó y
al volver a abrir los ojos estaba otra vez en aquella sala abarrotada de gente.
El silencio se apoderó de esa sala durante un instante, pero un aplauso acabó
con él.
George, el artífice e
instigador de aquel engaño, empezó a aplaudir con orgullo y satisfacción. Sin
él, el acto de valentía de Emily al hacer frente a todos los prejuicios que
abarrotaban la sala no habría sido posible. Ella nunca lo olvidaría, ya que,
para ella, George representaba el nacer de un nuevo mundo.
A los aplausos de
George se unieron los pertenecientes a los demás invitados excepto los de sus
padres que la miraban disgustados. Viendo esto Emily lo lamentó profundamente,
ya que sintió pena por ellos, sobre todo por su madre.
Pero su mente ya había
sido doblegada, sus alas cortadas y la llave de su jaula olvidada. Emily se
juró a sí misma que nunca permitiría sufrir igual destino.
La libertad, la igualdad
de género, el poder y la autodeterminación formaban ya parte de su ser. Ningún
fuego podría convertir esas cualidades en cenizas.CONTINUARÁ....
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