Comprobó
aliviado que un niño corría apresurado hacia la zona del gimnasio. El sonido
del viento fue lo único que se escuchaba cuando los ecos del portazo se
apagaron.
Le
pareció percibir un sordo clamor proveniente de las aulas, como el sonido de un
enjambre lejano. La piel se le erizó al vislumbrar lo que sucedería a
continuación. El murmullo iba creciendo en intensidad, como crece la marea que
luego envuelve toda la playa. El corazón del niño comenzó a bombear con fuerza.
Podía percibir el latido de sus sienes, que semejaba antiguos tambores tribales
dibujando un ancestral llamado de peligro. La adrenalina le recorría el cuerpo.
El sonido estruendoso de una puerta abierta de golpe le hizo dar un respingo.
Decenas de niños de distintas edades eran vomitados hacia el patio a través de
la abertura acompañados por un bullicio ensordecedor.
La
energía contenida durante las interminables clases hacía eclosión
transformándose en movimiento, gritos, juegos, mejillas rojas y rostros plenos
de excitación.
El sonido estridente del timbre electrificó el
ambiente. Los puños del niño se apretaron aún más dentro de los bolsillos de su
sacón. Notó con desagrado que las piernas le temblaban, pero no de frío. Los
alumnos más grandes comenzaron a emerger por la puerta del patio, preludio de
la amenaza que se cernía sobre él. Fue entonces que decidió cerrar los ojos
para sumergirse en el efímero bálsamo de la oscuridad.
Damián levantó los
párpados lentamente. Una intensa luz hirió sus ojos. Marisa notó que el brillo
lo mortificaba y la apagó de inmediato dejando sólo un velador que arrojaba una
iluminación mortecina. Damián trataba de recuperar el sentido del aquí y ahora.
Reconoció el dormitorio de la casa familiar. Su mente fue accediendo
paulatinamente a los hechos recientes hasta que logró recomponer la cadena de acontecimientos
que desembocaban en el tiempo presente. Sintió los labios resecos.CONTINUARÁ...
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