Trató
de pasar la lengua sobre ellos pero estaba igualmente acartonada. Marisa acudió
con presteza y le pasó un trapito húmedo sobre la boca.
“Qué
haría sin ella”, se preguntó agradecido. Había sido el cayado que lo había
sostenido en el tránsito de su enfermedad. Sabía con certeza que ya estaba en
la última etapa del calvario. Comprendió que lo habían llevado a la casa para
que estuviera más contenido, en compañía de los suyos.
“Ya
está, se terminó todo”, pensó acongojado y sorprendido. “¿Cuándo se me pasó la
vida tan rápido?” Dejó la pregunta sin respuesta. Otros pensamientos acuciantes
asomaban a su mente.
Sabía
que había postergado tozudamente cualquier reflexión acerca de los temas
existenciales de la humanidad. No porque no los considerara importantes, sino
porque tenía “todo el tiempo del mundo” para hacerlo. Jamás se le ocurrió
pensar que el final pudiera estar a la vuelta de la esquina, que una célula tan
minúscula e insignificante podría ser la causante de que su historia tuviera un
desenlace anticipado. Ahora, tumbado de espaldas en la cama, sus pensamientos
giraban alocadamente sin darle tregua. En breve se develarían los interrogantes
que habían inquietado a los seres humanos desde que tuvieron conciencia de su
propia finitud. Se sintió sobrecogido por un miedo visceral. El calor de la
fiebre lo sofocaba, mezclado con un profundo sentimiento de desamparo. Allí
mismo, tendido en la cama, se aferraba con desesperación a la plena conciencia
de su existencia, como si al hacerlo pudiera posponer lo inevitable. Si hubiera
sentido esa misma sensación en cada segundo de su vida la hubiera vivido de una
manera muy diferente. Pero en ese momento en que estaba a punto de trasponer el
umbral de la nada, más consciente era del valor intrínseco de la vida, de que
estaba vivo, respiraba, pensaba, sufría; todavía sentía la sangre fluir por sus
venas.
CONTINUARÁ....
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