En ese preciso
instante, los murmullos se convirtieron en silencio y la melodía empezó a sonar
en la cabeza de Emily. Sus dedos empezaron a moverse ágiles y con
determinación. Emily apartó la vista del piano por un momento y observó cómo el
mundo que la rodeaba comenzó a desaparecer.
Un nuevo universo se
extendió ante ella, un bello universo de luces y colores donde ningún barrote
era capaz de encerrar tal inmensidad. Los ojos de Emily se empañaron al ver
aquel lugar. Podía verlo con tal nitidez que incluso llegó a sentir como
aquellas luces la cegaban. Nunca había soñado, ni se había imaginado que podría
estar en un sitio así como en el que estaba en ese momento.
De repente, sintió como
su piel se erizaba y su corazón latía con tal intensidad que ninguna fuerza
humana, de esas que se creen más poderosas por naturaleza, podría haberlo
oprimido, y dentro de su cabeza se preguntaba:
-
“¿Era
aquella la gloria que su padre le había prohibido?”.
La respuesta era
obviamente no. Aquello era algo más valioso. Lo que Emily había experimentado
no era algo tan banal como la gloria de la que su padre hablaba. Era algo tan
puro y etéreo que se escapaba a la comprensión de los hombres. Aquel universo
era el lugar al que la música del piano la transportaba.
Un lugar donde la
silueta humana era simple fachada, insulsa y sin significado; donde todo era
diferente y nada discriminado; donde existía libertad. Ese era el lugar al que
Emily pertenecía y al que nadie le prohibiría su entrada.
En ese momento, Emily
empezó a escuchar incesantes latidos en su oído. Sintió la sangre recorrer su
cuerpo a gran velocidad. Más y más deprisa según la melodía se alzaba sobre
todo pensamiento terrenal. Sonidos graves y agudos que la alejaban más y más
del suelo.
Cerró los ojos en un
momento de pánico, para cerciorarse de que su alma no había abandonado su
cuerpo y, de repente, nada.
La melodía finalizó y
al volver a abrir los ojos estaba otra vez en aquella sala abarrotada de gente.
El silencio se apoderó de esa sala durante un instante, pero un aplauso acabó
con él.
George, el artífice e
instigador de aquel engaño, empezó a aplaudir con orgullo y satisfacción. Sin
él, el acto de valentía de Emily al hacer frente a todos los prejuicios que
abarrotaban la sala no habría sido posible. Ella nunca lo olvidaría, ya que,
para ella, George representaba el nacer de un nuevo mundo.
A los aplausos de
George se unieron los pertenecientes a los demás invitados excepto los de sus
padres que la miraban disgustados. Viendo esto Emily lo lamentó profundamente,
ya que sintió pena por ellos, sobre todo por su madre.
Pero su mente ya había
sido doblegada, sus alas cortadas y la llave de su jaula olvidada. Emily se
juró a sí misma que nunca permitiría sufrir igual destino.
La libertad, la igualdad
de género, el poder y la autodeterminación formaban ya parte de su ser. Ningún
fuego podría convertir esas cualidades en cenizas.CONTINUARÁ....
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