“¿Será
así?, ¿me espera la nada?”, se preguntó dubitativo. Sintió la misma opresión que
le producía aquel sueño recurrente que lo atormentaba algunas noches, en las
que se despertaba agitado y bañado en sudor. Lo trastornaba la idea de que ese
arduo peregrinaje por los caminos áridos de la vida fuera lo único que le
quedaba, que al exhalar su postrer aliento todo acabaría. “Qué patéticos y
absurdos habrían sido mis afanes de ser verdad”, concluyó desalentado. Pero muy
en su interior tenía la certeza de que así sería, de que no había un “más
allá”. Nunca había sido religioso y jamás le había interesado tampoco. La idea
de un ser supremo que se relacionara con él en forma personal le parecía
inaceptable, casi un insulto a su sentido común. El concepto del Cielo y del
Infierno que le habían inculcado en el colegio secundario le había parecido un
mero artilugio para mantenerlo a raya, un sofisma con el cual los sacerdotes
habían tratado de dominarlo a través de la culpa y los castigos corporales.
Allí se había persuadido de que no existía tal cosa, pergeñando un mecanismo
para mantenerse a salvo y así tener el control de la situación. Más tarde había
dado la espalda sistemáticamente a todo intento de acercamiento a cualquier
tipo de experiencia espiritual. “No lo necesito”, se repetía con obstinación.
Aquel dicho popular brotó de su memoria súbitamente: “Se cree más en los
milagros a la hora del entierro”. Sí, ahora que debía enfrentar inexorablemente
esa experiencia única, lamentaba haber sido tan necio, tan soberbio, tan
confiado en el trecho que le quedaba por delante. Comprendió que nunca había
tenido el control, que no existía tal cosa, que la fragilidad de la existencia
le resultaba insoportable.
Se le nubló la vista.
Una oleada de miedo lo invadió nuevamente, pero esta vez se trataba de un
pánico salvaje, abrumador; la incertidumbre que se siente al tener que abrir
una puerta sin saber qué podría esconderse del otro lado. De haber podido
hubiera gritado, hubiera renegado del destino y del futuro que le esperaba.
“¿Futuro?, ¿qué futuro?”, concluyó con irónica tristeza. Sintió que le tomaban
la mano. Escuchó voces y sollozos entrecortados.CONTINUARÁ....
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