lunes, 7 de mayo de 2018

El Tiempo (parte 4)

“¿Será así?, ¿me espera la nada?”, se preguntó dubitativo. Sintió la misma opresión que le producía aquel sueño recurrente que lo atormentaba algunas noches, en las que se despertaba agitado y bañado en sudor. Lo trastornaba la idea de que ese arduo peregrinaje por los caminos áridos de la vida fuera lo único que le quedaba, que al exhalar su postrer aliento todo acabaría. “Qué patéticos y absurdos habrían sido mis afanes de ser verdad”, concluyó desalentado. Pero muy en su interior tenía la certeza de que así sería, de que no había un “más allá”. Nunca había sido religioso y jamás le había interesado tampoco. La idea de un ser supremo que se relacionara con él en forma personal le parecía inaceptable, casi un insulto a su sentido común. El concepto del Cielo y del Infierno que le habían inculcado en el colegio secundario le había parecido un mero artilugio para mantenerlo a raya, un sofisma con el cual los sacerdotes habían tratado de dominarlo a través de la culpa y los castigos corporales. Allí se había persuadido de que no existía tal cosa, pergeñando un mecanismo para mantenerse a salvo y así tener el control de la situación. Más tarde había dado la espalda sistemáticamente a todo intento de acercamiento a cualquier tipo de experiencia espiritual. “No lo necesito”, se repetía con obstinación. Aquel dicho popular brotó de su memoria súbitamente: “Se cree más en los milagros a la hora del entierro”. Sí, ahora que debía enfrentar inexorablemente esa experiencia única, lamentaba haber sido tan necio, tan soberbio, tan confiado en el trecho que le quedaba por delante. Comprendió que nunca había tenido el control, que no existía tal cosa, que la fragilidad de la existencia le resultaba insoportable.
Se le nubló la vista. Una oleada de miedo lo invadió nuevamente, pero esta vez se trataba de un pánico salvaje, abrumador; la incertidumbre que se siente al tener que abrir una puerta sin saber qué podría esconderse del otro lado. De haber podido hubiera gritado, hubiera renegado del destino y del futuro que le esperaba. “¿Futuro?, ¿qué futuro?”, concluyó con irónica tristeza. Sintió que le tomaban la mano. Escuchó voces y sollozos entrecortados.

CONTINUARÁ....

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