“Estimados docentes,
La Dirección del Centro os comunica…
Por ello, y con la idea de mantener la salud del centro durante mucho tiempo, se procederá, (…) a disminuir la retribución por hora”.
Ufff, ¡vaya lunecito! Pero, “¿la disminución de hora es para todos los docentes? Quiero decir, que yo soy autónoma. ¿Nos afecta por igual a todos los profesores? Los que, ¿cómo llaman a los que no facturan? Ah, sí, los que les liquidan. ¿Nos afecta por igual a los que les liquidan, a los contratados y a los autónomos?” Madre mía, ¡cómo está el pescao!, pienso. “Pero si la señora que limpia en casa de mis padres va a ganar 3 euros menos que yo la hora”. Y no es menospreciar, ¡qué conste!, pero es que tanta carrera y tanto máster y… ¿para qué?, piensa una a veces. Acabé la clase casi a las 2 de la tarde y me fui directa a mi despacho de la Universidad con mi comunicado de la Dirección del Centro entre mis papeles y venga darle vueltas en mi cabeza. No había forma de parar. Este año que precisamente habíamos pensado en hipotecarnos…
Me gustaba trabajar en casa. En pijama y recién levantada con el primer café de la mañana. Pero la prole modifica tus hábitos; éste fue de los primeros. Esa tarde tenía una clase de DIYUE y los alumnos tenían que exponer por grupos, así que hasta la hora de la clase aproveché para comerme mi insulsa ensalada y un plátano. No había tiempo para hacer deporte, no conseguía sacarlo por ningún sitio y tampoco había forma de quitarme de encima los kilos del último embarazo. Mientras pinchaba la mitad de un Cherry saqué el último artículo de tesis en el que estaba trabajando y miré el reloj: ¡Tenía 2 horas por delante!. Y otro mantra bien aprendido: “Rentabilizar el tiempo”. Si veía la luz esta tesis, que tenía claro que sí, lo que no tenía tan claro era el cuándo, sería una tesis consumada con alevosía y nocturnidad. Así, cual delito, porque esas dos horas libres no las inviertes en la familia, en tus hijos o en tu pareja, no; cual delincuente te sientes culpable de lo que haces, culpable de no poder irte al parque con tus hijos o de pasar una tarde con ellos. ¡Ains, el próximo que me hable de conciliación!. Tercer mantra: “Venga, vive el ahora. Vendrán tiempos mejores”.
Las exposiciones en clase han ido bien. Me queda casi una hora antes de irme a clase de inglés, así que voy a echar un vistazo a lo que dimos el miércoles y hacer un writing para que me lo pueda corregir José Miguel el fin de semana. ¡Ah!, no se me olvide decirle que el próximo miércoles doblo turno en el Centro y llegaré media hora tarde a clase. De camino a inglés, aparco un par de calles antes porque hay un supermercado cercano y los lunes y miércoles, aprovechando que voy a inglés, hago la compra. “Compra toallitas”, me dice en un wasap.
Son las 22:30 de la noche, estoy bajando del coche con las bolsas de la compra, contenta porque José Miguel me puso un good writing en el que me ha dado corregido de la semana pasada y entro en casa. Los peques ya están durmiendo. Él me dice que ha sido un día agotador, que no han parado y que después del baño y la cena han “caído muertos” a la cama. Lo creo. Son unos diablillos encantadores. Hoy me quedo sin hablar con ellos; me resigno. He aprendido a resignarme. Coloco la compra, ceno algo y recojo la cocina; doblo la ropa de la secadora que acaba de terminar mientras oigo La 2 que está puesta. De fondo alguien dice: “recuerden que mañana es el día de la mujer trabajadora”. Y pienso: “¿y lo de hoy qué ha sido? ¿una broma?”.
martes, 31 de julio de 2018
La broma de hoy (parte 1)
Volvió a sonar la alama; eran las 7:05. Esos 5 minutos me servían siempre para despertar a la realidad del día que empezaba. Él se había levantado el primero; se había duchado, paseado al perro, preparado los tupper que nos alimentarían el día y ya preparaba la ropa de los que retozaban aún en la cama.
“¿Dónde vamos mami?” Era la primera frase que oía cada día. No era la única que podría aventurarme a adivinar: “No quiero. Me quiero quedar en casa a jugar”, “y tú, ¿dónde vas?”, “me quiero ir contigo”, “¿por qué no me puedo ir contigo?…”. Todas, una tras otra, cada día de lunes a viernes.
Luego venía el vestirles, la lucha del desayuno, peinarles, lavarles la carita y las manos, el abrigo, su bolsa de tela, revisar sus agendas del cole y al coche. Tres besos a las 8:30 de la mañana, si íbamos bien de tiempo, te hacían entender que tocaba cambiar el chip y poner en marcha el de mujer trabajadora. Con un poco de suerte, ese día llegaría a casa a las 21:30. ¡Ah, no!. 22:30. Era lunes y este año me había prometido que me presentaría y aprobaría el bendito examen de inglés. Así que, pasara lo que pasara, a las clases de inglés no podía faltar. Y los deberes. Los deberes había que llevarlos hechos sí o sí. Seguro que encontraría un hueco a lo largo del día.
Llegaba a impartir mi primera clase de seguridad privada a las 9 y algo. Mis alumnos me estaban ya esperando. No recuerdo un solo día que hubiera llegado antes, ni siquiera puntual. Y corriendo, siempre corriendo. La clase duraba hasta las 14 horas y antes de entrar me repetía siempre un mantra: “Estás aquí y ahora dando clase. Da lo mejor de ti”. Había llegado a él sólo unos pocos meses antes, tras mi segundo parto, al darme cuenta de que mis hormonas habían tenido, en demasiadas ocasiones, un protagonismo excesivo en varias de mis clases. Pero lo cierto es que no había sido consciente de lo que había ocurrido porque la baja maternal -no sé si llamarla así-, duró 15 días y ese fue el tiempo en el que pasé de ser profesora a profesora con un bebé y, tiempo más tarde, a ser profesora con un niño y un bebé. Trabajadoras autónomas nos llaman. Así que eso: “Estás aquí y ahora dando clase. Da lo mejor de ti”. Durante el descanso saqué un café de la máquina para leer un comunicado que la empresa, para la que presto mis servicios desde hace 5 años, me había entregado. Bueno, a mí y a todos los docentes del centro:
“¿Dónde vamos mami?” Era la primera frase que oía cada día. No era la única que podría aventurarme a adivinar: “No quiero. Me quiero quedar en casa a jugar”, “y tú, ¿dónde vas?”, “me quiero ir contigo”, “¿por qué no me puedo ir contigo?…”. Todas, una tras otra, cada día de lunes a viernes.
Luego venía el vestirles, la lucha del desayuno, peinarles, lavarles la carita y las manos, el abrigo, su bolsa de tela, revisar sus agendas del cole y al coche. Tres besos a las 8:30 de la mañana, si íbamos bien de tiempo, te hacían entender que tocaba cambiar el chip y poner en marcha el de mujer trabajadora. Con un poco de suerte, ese día llegaría a casa a las 21:30. ¡Ah, no!. 22:30. Era lunes y este año me había prometido que me presentaría y aprobaría el bendito examen de inglés. Así que, pasara lo que pasara, a las clases de inglés no podía faltar. Y los deberes. Los deberes había que llevarlos hechos sí o sí. Seguro que encontraría un hueco a lo largo del día.
Llegaba a impartir mi primera clase de seguridad privada a las 9 y algo. Mis alumnos me estaban ya esperando. No recuerdo un solo día que hubiera llegado antes, ni siquiera puntual. Y corriendo, siempre corriendo. La clase duraba hasta las 14 horas y antes de entrar me repetía siempre un mantra: “Estás aquí y ahora dando clase. Da lo mejor de ti”. Había llegado a él sólo unos pocos meses antes, tras mi segundo parto, al darme cuenta de que mis hormonas habían tenido, en demasiadas ocasiones, un protagonismo excesivo en varias de mis clases. Pero lo cierto es que no había sido consciente de lo que había ocurrido porque la baja maternal -no sé si llamarla así-, duró 15 días y ese fue el tiempo en el que pasé de ser profesora a profesora con un bebé y, tiempo más tarde, a ser profesora con un niño y un bebé. Trabajadoras autónomas nos llaman. Así que eso: “Estás aquí y ahora dando clase. Da lo mejor de ti”. Durante el descanso saqué un café de la máquina para leer un comunicado que la empresa, para la que presto mis servicios desde hace 5 años, me había entregado. Bueno, a mí y a todos los docentes del centro:
lunes, 30 de julio de 2018
La melodía del despertar (parte 2)
Días después, George insistió en dar un recital de piano para los amigos más allegados de la familia, lo que significaba que la más alta sociedad de Londres se reuniría en su casa. Su padre accedió pero, sin embargo, su madre no estaba tan segura de aquello. Ella conocía las habilidades de su hijo y lo último que deseaba es que su familia fuera parte de los dimes y diretes de la gente. Pero la última palabra ya había sido dicha.
El día del recital, todo el que era alguien o aspiraba a serlo estaba en la casa aguamarina de la calle Bridgewall, preparado para escuchar a George tocar el piano. Incansables voces intentando superponerse a las demás se escuchaban en el salón del piano hasta que unos pasos extinguieron todas ellas. Todos esperaban ver a George entrar al salón. Pero se trataba de alguien distinto. Al cruzar el umbral de la puerta, Emily empezó a escuchar el murmullo de los invitados, absortos al ver como se acercaba al piano.
En ese preciso instante, los murmullos se convirtieron en silencio y la melodía empezó a sonar en la cabeza de Emily. Sus dedos empezaron a moverse ágiles y con determinación. Emily apartó la vista del piano por un momento y observó cómo el mundo que la rodeaba comenzó a desaparecer. Un nuevo universo se extendió ante ella. Un universo de luces y colores donde ningún barrote era capaz de encerrar tal inmensidad. Los ojos de Emily se empañaron al ver aquel lugar. Podía verlo con tal nitidez que incluso llegó a sentir como aquellas luces la cegaban. Nunca había soñado con ver algo así.
De repente, sintió como su piel se erizaba y su corazón latía con tal intensidad que ninguna fuerza humana, de esas que se creen más poderosas por naturaleza, podría haberlo oprimido. ¿Era aquella la gloria que su padre le había prohibido? No. Aquello era algo más valioso. Lo que Emily había experimentado no era algo tan banal como la gloria de la que su padre hablaba. Era algo tan puro y etéreo que se escapaba a la comprensión de los hombres. Aquel universo era el lugar al que la música del piano la transportaba. Un lugar donde la silueta humana era simple fachada, insulsa y sin significado; donde todo era diferente y nada discriminado; donde existía libertad. Ese era el lugar al que Emily pertenecía y al que nadie le prohibiría su entrada.
En ese momento, Emily empezó a escuchar incesantes latidos en su oído. Sintió la sangre recorrer su cuerpo a gran velocidad. Más y más deprisa según la melodía se alzaba sobre todo pensamiento terrenal. Sonidos graves y agudos que la alejaban más y más del suelo. Cerró los ojos en un momento de pánico, para cerciorarse de que su alma no había abandonado su cuerpo y, de repente, nada.
La melodía finalizó y al volver a abrir los ojos estaba otra vez en aquella sala abarrotada de gente. El silencio se apoderó de esa sala durante un instante, pero un aplauso acabó con él. George, el artífice e instigador de aquel engaño, empezó a aplaudir con orgullo y satisfacción. Sin él, el acto de valentía de Emily al hacer frente a todos los prejuicios que abarrotaban la sala no habría sido posible. Ella nunca lo olvidaría, ya que, para ella, George representaba el nacer de un nuevo mundo.
A los aplausos de George se unieron los pertenecientes a los demás invitados excepto los de sus padres. Emily lo lamentó profundamente. Sintió pena por ellos, sobre todo por su madre. Pero su mente ya había sido doblegada, sus alas cortadas y la llave de su jaula olvidada. Emily se juró a sí misma que nunca permitiría sufrir igual destino. La libertad, el poder y la autodeterminación formaban ya parte de su ser. Ningún fuego podría convertir esas cualidades en cenizas. Ningún látigo podría desgarrarlas de su alma. Nunca.
Sir Gawain.
El día del recital, todo el que era alguien o aspiraba a serlo estaba en la casa aguamarina de la calle Bridgewall, preparado para escuchar a George tocar el piano. Incansables voces intentando superponerse a las demás se escuchaban en el salón del piano hasta que unos pasos extinguieron todas ellas. Todos esperaban ver a George entrar al salón. Pero se trataba de alguien distinto. Al cruzar el umbral de la puerta, Emily empezó a escuchar el murmullo de los invitados, absortos al ver como se acercaba al piano.
En ese preciso instante, los murmullos se convirtieron en silencio y la melodía empezó a sonar en la cabeza de Emily. Sus dedos empezaron a moverse ágiles y con determinación. Emily apartó la vista del piano por un momento y observó cómo el mundo que la rodeaba comenzó a desaparecer. Un nuevo universo se extendió ante ella. Un universo de luces y colores donde ningún barrote era capaz de encerrar tal inmensidad. Los ojos de Emily se empañaron al ver aquel lugar. Podía verlo con tal nitidez que incluso llegó a sentir como aquellas luces la cegaban. Nunca había soñado con ver algo así.
De repente, sintió como su piel se erizaba y su corazón latía con tal intensidad que ninguna fuerza humana, de esas que se creen más poderosas por naturaleza, podría haberlo oprimido. ¿Era aquella la gloria que su padre le había prohibido? No. Aquello era algo más valioso. Lo que Emily había experimentado no era algo tan banal como la gloria de la que su padre hablaba. Era algo tan puro y etéreo que se escapaba a la comprensión de los hombres. Aquel universo era el lugar al que la música del piano la transportaba. Un lugar donde la silueta humana era simple fachada, insulsa y sin significado; donde todo era diferente y nada discriminado; donde existía libertad. Ese era el lugar al que Emily pertenecía y al que nadie le prohibiría su entrada.
En ese momento, Emily empezó a escuchar incesantes latidos en su oído. Sintió la sangre recorrer su cuerpo a gran velocidad. Más y más deprisa según la melodía se alzaba sobre todo pensamiento terrenal. Sonidos graves y agudos que la alejaban más y más del suelo. Cerró los ojos en un momento de pánico, para cerciorarse de que su alma no había abandonado su cuerpo y, de repente, nada.
La melodía finalizó y al volver a abrir los ojos estaba otra vez en aquella sala abarrotada de gente. El silencio se apoderó de esa sala durante un instante, pero un aplauso acabó con él. George, el artífice e instigador de aquel engaño, empezó a aplaudir con orgullo y satisfacción. Sin él, el acto de valentía de Emily al hacer frente a todos los prejuicios que abarrotaban la sala no habría sido posible. Ella nunca lo olvidaría, ya que, para ella, George representaba el nacer de un nuevo mundo.
A los aplausos de George se unieron los pertenecientes a los demás invitados excepto los de sus padres. Emily lo lamentó profundamente. Sintió pena por ellos, sobre todo por su madre. Pero su mente ya había sido doblegada, sus alas cortadas y la llave de su jaula olvidada. Emily se juró a sí misma que nunca permitiría sufrir igual destino. La libertad, el poder y la autodeterminación formaban ya parte de su ser. Ningún fuego podría convertir esas cualidades en cenizas. Ningún látigo podría desgarrarlas de su alma. Nunca.
Sir Gawain.
La melodía del despertar (parte 1)
Las gotas de lluvia golpeaban los adoquines incesantemente
al igual que las dos semanas anteriores. Era un sonido repetitivo, pero había
algo mágico en él. Algo mágico que no todo el mundo era capaz de reconocer.
En la calle Bridgewall, esa calle donde los adoquines parecían hechos de cristal en esas raras ocasiones en las que brillaba el sol, y las casas, aunque grandes y monótonas, cada una tenía un color distinto, un sonido parecía enturbiar la dulce melodía de la lluvia. Ese sonido provenía de la casa color aguamarina. Era un sonido un tanto perturbador que transmitía frustración, pena y desgarro. Al menos, eso es lo que percibía Emily cada vez que escuchaba a su hermano George intentar tocar el piano en sus, casi siempre, fallidas clases con el profesor John Meyers, uno de los intérpretes más reconocidos de la aristocracia londinense entre la que la familia de Emily era bien conocida.
Mientras ella se sentaba en la mesa de camilla con su madre, confinada a coser y hacer punto, una actividad que Emily encontraba frustrante, veía las manos de su hermano George agarrotarse y expresar furia cada vez que la melodía que trataba de tocar se veía truncada por una nota que no acompañaba a las demás. Emily veía con claridad la angustia y el enfado de su hermano, al igual que la decepción en el rostro de su padre que siempre se sentaba en un sofá de estilo victoriano mirando cómo se desarrollaba la clase. Emily podía percibir los ojos acusadores de su padre sobre la nuca de George.
Ella conocía bien todo lo que George sentía en sus clases porque ella también lo sentía cada vez que su madre la confinaba a sentarse en una silla a coser. Sus manos se agarrotaban sin poder moverse cada vez que se equivocaba y la frustración, la rabia y el odio inundaban su alma como un torrente de agua furiosa, que solo deja pena y decepción allá por donde pasa. Siempre sentía como la expresión de su madre cambiaba. Sentía el peso de su decepción como un saco cargado de cadenas sobre su espalda. Cadenas que estaban agarradas a su pie y de las que no parecía encontrar escapatoria. Innumerables preguntas se agolpaban en la cabeza de Emily: ¿por qué sus manos no tenían la capacidad de coser con tanta habilidad como las demás chicas? ¿Por qué sus manos parecían estar enredadas con el mismo hilo con el que intentaba coser? ¿Por qué no podía hacer feliz a su madre y ser como aquellas chicas que su madre habría deseado tener? ¿Por qué tenía que ser aquel monstruo con manos torpes que no encajaba? Pero lo más frustrante y lo que más apenaba a Emily era que aquellas preguntas no parecían tener respuesta alguna. Aquellas preguntas eran túneles sin salida, de esos en los que la luz es tan lejana que se escapa a la vista.
En una tarde en la que ni su padre ni su madre se encontraban en casa, Emily paseaba alrededor de su querido hogar y al pasar por delante de aquel piano, que para ella no había sido más que cualquier otro mueble insulso y viejo, sintió una punzada en el corazón que la hizo girar la cabeza y mirarlo con otros ojos. Sintió que algo en ella había cambiado, como si pudiera ver a través de los ojos de otra persona, igual que al leer un libro. Ni ella misma podría haber explicado ni el cómo ni el por qué, pero de repente se encontró a sí misma sentada en el taburete frente a un montón de teclas negras y blancas. Al mirar hacia la ventana escuchó las gotas de lluvia golpear el cristal y una melodía empezó a sonar en su cabeza. Para ella fue una melodía tan pura que habría conseguido amansar a la más fiera de las bestias, e incluso a su padre en esas no tan raras ocasiones en las que enfurecía y que Emily tanto temía. Pero en ese momento, no había temor en el corazón de Emily, solo paz. Era una sensación desconocida para ella hasta ese momento.
Con el sonido de la lluvia en su cabeza empezó a pulsar aquellas teclas y conforme lo hacía dejaban de ser simple botones negros y blancos. Cada una adquirió un significado y un sentimiento distinto que ella podía sentir en su alma cada vez que escuchaba el sonido que emitían. Sintió como su piel se erizaba cuando escuchaba los sonidos más agudos y cómo su corazón palpitaba tan fuerte que su pecho se agrandaba con los sonidos más graves. De repente, incesantes gotas empezaron a recorrer sus mejillas. Gotas de pura felicidad. Gotas de agua para bautizar su nuevo ser. Un torrente la inundaba ahora pero no dejaba pena o decepción a su paso, sino naturaleza, felicidad y vida. Mientras tocaba aquella melodía se libró del saco y de aquellas cadenas que la oprimían cada vez con más fuerza. Sus manos no eran monstruosas y los hilos que las enredaban habían desaparecido. Emily se sorprendió al comprobar que sus manos se movían con soltura y ligereza; que eran libres.
Fueron numerosas las tardes desérticas en casa de Emily. Aquellas en las que disfrutaba de un momento de libertad y se sentía ella misma; sin ataduras. Sin embargo, los barrotes de su celda volvieron a atraparla inesperadamente. Su padre volvió antes de lo esperado una tarde. Desde la calle, él pudo oír aquella preciosa melodía que provenía de su casa aguamarina. No dudó que se trataba de George que, sorprendentemente, había mejorado en su habilidad con el piano.
Se apresuró para entrar en casa y felicitar a su hijo, ebrio de orgullo y felicidad. Abrió y cerró la puerta con sigilo y quiso que sus pasos no fueran más ruidosos que la lluvia de la calle. Al entrar en la sala del piano vio una silueta. No tenía ninguna duda que se trataba de la silueta de su hijo hasta que la vista se volvió clara y pudo ver a Emily. Tanto fue la sorpresa de él como el terror de ella al ver a su padre. El sonido del piano cesó pero la melodía parecía haber dejado su estala, ya que ambos podían escucharla en su cabeza durante el silencio que se produjo. Emily temió lo peor. Había sufrido la cólera de su padre antes y era algo que siempre temía que sucediera. Pero lo que ocurrió fue mucho peor. Su padre le tendió la mano para levantarla del taburete y ambos se sentaron en el sillón que estaba junto al piano.
El apenas podía mirarla a los ojos. Emily vio como su padre se quedó con la mirada perdida durante un instante. Estaba profundamente preocupado y así se lo hizo saber a Emily. Según él, ella no podía tocar el piano. Ese placer solo estaba reservado a los hombres. Aquellos únicos que podían hacer de tocar el piano algo digno. Ella no debía volar tan alto ni desear el cielo con tanto ímpetu. La gloria solo podía tenerla aquel que pudiera cargar con ella sobre los hombros. Para el padre de Emily, ni ella ni cualquier otro ser humano con atributos femeninos era capaz de semejante hazaña.
Mientras Emily escuchaba estas palabras vio como los ojos de su padre se llenaban de cristales pequeños y brillantes. Nunca había visto aquellos objetos extraños en los ojos de su padre. Tal fue la decepción que él debió de sentir que fue incapaz de contenerlas en su interior. A Emily esas lágrimas se le clavaron como astillas en su corazón. No podía entender cuál había sido su pecado. Aquel por el que merecía el terrible tormento de hacer llorar a su padre. Esperaba sentir tristeza y desolación ante aquella escena pero, sorprendentemente, no fue así. No sintió pena, rabia o decepción. Al contrario, se inundó de valentía. Su corazón latió con fuerza. Más y más deprisa cada vez que volvía a escuchar las palabras de su padre en su cabeza. Porque ella ya no era la Emily que su padre conocía. Ella ya había volado. Abandonó el suelo con la primera tecla. Había saboreado la libertad y ya nadie podía privarla del sabor dulce de su néctar.
En la calle Bridgewall, esa calle donde los adoquines parecían hechos de cristal en esas raras ocasiones en las que brillaba el sol, y las casas, aunque grandes y monótonas, cada una tenía un color distinto, un sonido parecía enturbiar la dulce melodía de la lluvia. Ese sonido provenía de la casa color aguamarina. Era un sonido un tanto perturbador que transmitía frustración, pena y desgarro. Al menos, eso es lo que percibía Emily cada vez que escuchaba a su hermano George intentar tocar el piano en sus, casi siempre, fallidas clases con el profesor John Meyers, uno de los intérpretes más reconocidos de la aristocracia londinense entre la que la familia de Emily era bien conocida.
Mientras ella se sentaba en la mesa de camilla con su madre, confinada a coser y hacer punto, una actividad que Emily encontraba frustrante, veía las manos de su hermano George agarrotarse y expresar furia cada vez que la melodía que trataba de tocar se veía truncada por una nota que no acompañaba a las demás. Emily veía con claridad la angustia y el enfado de su hermano, al igual que la decepción en el rostro de su padre que siempre se sentaba en un sofá de estilo victoriano mirando cómo se desarrollaba la clase. Emily podía percibir los ojos acusadores de su padre sobre la nuca de George.
Ella conocía bien todo lo que George sentía en sus clases porque ella también lo sentía cada vez que su madre la confinaba a sentarse en una silla a coser. Sus manos se agarrotaban sin poder moverse cada vez que se equivocaba y la frustración, la rabia y el odio inundaban su alma como un torrente de agua furiosa, que solo deja pena y decepción allá por donde pasa. Siempre sentía como la expresión de su madre cambiaba. Sentía el peso de su decepción como un saco cargado de cadenas sobre su espalda. Cadenas que estaban agarradas a su pie y de las que no parecía encontrar escapatoria. Innumerables preguntas se agolpaban en la cabeza de Emily: ¿por qué sus manos no tenían la capacidad de coser con tanta habilidad como las demás chicas? ¿Por qué sus manos parecían estar enredadas con el mismo hilo con el que intentaba coser? ¿Por qué no podía hacer feliz a su madre y ser como aquellas chicas que su madre habría deseado tener? ¿Por qué tenía que ser aquel monstruo con manos torpes que no encajaba? Pero lo más frustrante y lo que más apenaba a Emily era que aquellas preguntas no parecían tener respuesta alguna. Aquellas preguntas eran túneles sin salida, de esos en los que la luz es tan lejana que se escapa a la vista.
En una tarde en la que ni su padre ni su madre se encontraban en casa, Emily paseaba alrededor de su querido hogar y al pasar por delante de aquel piano, que para ella no había sido más que cualquier otro mueble insulso y viejo, sintió una punzada en el corazón que la hizo girar la cabeza y mirarlo con otros ojos. Sintió que algo en ella había cambiado, como si pudiera ver a través de los ojos de otra persona, igual que al leer un libro. Ni ella misma podría haber explicado ni el cómo ni el por qué, pero de repente se encontró a sí misma sentada en el taburete frente a un montón de teclas negras y blancas. Al mirar hacia la ventana escuchó las gotas de lluvia golpear el cristal y una melodía empezó a sonar en su cabeza. Para ella fue una melodía tan pura que habría conseguido amansar a la más fiera de las bestias, e incluso a su padre en esas no tan raras ocasiones en las que enfurecía y que Emily tanto temía. Pero en ese momento, no había temor en el corazón de Emily, solo paz. Era una sensación desconocida para ella hasta ese momento.
Con el sonido de la lluvia en su cabeza empezó a pulsar aquellas teclas y conforme lo hacía dejaban de ser simple botones negros y blancos. Cada una adquirió un significado y un sentimiento distinto que ella podía sentir en su alma cada vez que escuchaba el sonido que emitían. Sintió como su piel se erizaba cuando escuchaba los sonidos más agudos y cómo su corazón palpitaba tan fuerte que su pecho se agrandaba con los sonidos más graves. De repente, incesantes gotas empezaron a recorrer sus mejillas. Gotas de pura felicidad. Gotas de agua para bautizar su nuevo ser. Un torrente la inundaba ahora pero no dejaba pena o decepción a su paso, sino naturaleza, felicidad y vida. Mientras tocaba aquella melodía se libró del saco y de aquellas cadenas que la oprimían cada vez con más fuerza. Sus manos no eran monstruosas y los hilos que las enredaban habían desaparecido. Emily se sorprendió al comprobar que sus manos se movían con soltura y ligereza; que eran libres.
Fueron numerosas las tardes desérticas en casa de Emily. Aquellas en las que disfrutaba de un momento de libertad y se sentía ella misma; sin ataduras. Sin embargo, los barrotes de su celda volvieron a atraparla inesperadamente. Su padre volvió antes de lo esperado una tarde. Desde la calle, él pudo oír aquella preciosa melodía que provenía de su casa aguamarina. No dudó que se trataba de George que, sorprendentemente, había mejorado en su habilidad con el piano.
Se apresuró para entrar en casa y felicitar a su hijo, ebrio de orgullo y felicidad. Abrió y cerró la puerta con sigilo y quiso que sus pasos no fueran más ruidosos que la lluvia de la calle. Al entrar en la sala del piano vio una silueta. No tenía ninguna duda que se trataba de la silueta de su hijo hasta que la vista se volvió clara y pudo ver a Emily. Tanto fue la sorpresa de él como el terror de ella al ver a su padre. El sonido del piano cesó pero la melodía parecía haber dejado su estala, ya que ambos podían escucharla en su cabeza durante el silencio que se produjo. Emily temió lo peor. Había sufrido la cólera de su padre antes y era algo que siempre temía que sucediera. Pero lo que ocurrió fue mucho peor. Su padre le tendió la mano para levantarla del taburete y ambos se sentaron en el sillón que estaba junto al piano.
El apenas podía mirarla a los ojos. Emily vio como su padre se quedó con la mirada perdida durante un instante. Estaba profundamente preocupado y así se lo hizo saber a Emily. Según él, ella no podía tocar el piano. Ese placer solo estaba reservado a los hombres. Aquellos únicos que podían hacer de tocar el piano algo digno. Ella no debía volar tan alto ni desear el cielo con tanto ímpetu. La gloria solo podía tenerla aquel que pudiera cargar con ella sobre los hombros. Para el padre de Emily, ni ella ni cualquier otro ser humano con atributos femeninos era capaz de semejante hazaña.
Mientras Emily escuchaba estas palabras vio como los ojos de su padre se llenaban de cristales pequeños y brillantes. Nunca había visto aquellos objetos extraños en los ojos de su padre. Tal fue la decepción que él debió de sentir que fue incapaz de contenerlas en su interior. A Emily esas lágrimas se le clavaron como astillas en su corazón. No podía entender cuál había sido su pecado. Aquel por el que merecía el terrible tormento de hacer llorar a su padre. Esperaba sentir tristeza y desolación ante aquella escena pero, sorprendentemente, no fue así. No sintió pena, rabia o decepción. Al contrario, se inundó de valentía. Su corazón latió con fuerza. Más y más deprisa cada vez que volvía a escuchar las palabras de su padre en su cabeza. Porque ella ya no era la Emily que su padre conocía. Ella ya había volado. Abandonó el suelo con la primera tecla. Había saboreado la libertad y ya nadie podía privarla del sabor dulce de su néctar.
jueves, 26 de julio de 2018
Bombón
Bombom era un oso panda que vivía en los montes de China, y que disfrutaba un montón comiendo bambú y tocando un pequeño tambor que un tío lejano suyo le había regalado.
Un día, su tambor, de tanto tocar, se rompió. Se hizo un enorme agujero y dejó de sonar. Por eso Bombom estaba triste. En cambio, el resto de los animales del monte estaban contentos, ¡por fin podrían oír los sonidos que habitualmente hay en la naturaleza! Como el piar de los pájaros o el aullido del lobo, en lugar del horrible tambor.
Bombom sin embargo ya no era el mismo, casi no corría ni jugaba con ellos. Se pasaba el día intentando hacer sonar de nuevo su roto tambor.
No podía seguir así. Estaba claro que había que pensar una idea para que se sintiera de nuevo contento. Y a sus amigos se les ocurrió inventar un nuevo instrumento. Pero uno especial que tuviera un sonido dulce.
Y con un bambú construyeron una bonita flauta.
Y con un bambú construyeron una bonita flauta.
¿Y qué pasó? Que cuando Bombom la vio, se puso muy contento ¡por fin podía de nuevo hacer sonar un instrumento! Pero cuando se lo acercó a su boca, sintió su rico olor a bambú, y se lo comió. ¡Y de nuevo se quedó sin instrumento!
miércoles, 25 de julio de 2018
Trasciendo la lógica
Allí
me encontraba de nuevo, en el Salón de Baile del Museo del Romanticismo.
Ensimismada tomando notas del retrato de Isabel II de Madrazo. Escrutando cada
detalle, me fijaba en sus joyas, había oído hablar mucho de ellas y llamaban
especialmente mi atención. Gran parte fueron regaladas, otras vendidas y de las
demás se perdió la pista. Estaba yo en estas cavilaciones cuando noté la
presencia de un hombre. Otro visitante, supuse. Para mi asombro, comenzó a
charlar animadamente sobre la pintura. Y viendo sus amplios conocimientos, me
interesé aún más. Me resultaba familiar, pero no conseguía saber por qué.
Hablando sobre las joyas y entre bromas, aseguró que él pensaba que estaban
escondidas en el mismo cuadro por el realismo con el que estaban pintadas. Me
sorprendió, pues yo eso lo había pensado mil veces, pero cuando quise dirigirme
a él se había esfumado. Todo el día estuve pensando en el suceso ocurrido en la
casa-museo y decidí investigar sobre ese rostro tan familiar. Me quedé
petrificada cuando descubrí con quién lo había confundido. ¡El joyero de la
reina Isabel II! Imposible, obviamente, se encuentra bajo tierra desde hace más
de un siglo. Pero aquella coincidencia no me dejó indiferente. Sopesé la
posibilidad de que fuese una imaginación mía, pero fue tan real esa
conversación… A los pocos días volví a visitar el cuadro. Y creía estar
perdiendo la cabeza. Tenía la certeza de que la Reina me miraba con sonrisa
cómplice. Al día siguiente me informaron de un robo en el Museo. El cuadro de
Isabel II se encontraba abierto como una puerta y detrás, restos de algunas
joyas que el ladrón no pudo llevarse. Todo apunta a un joyero muerto hace un
siglo. La lógica no ayudará, parece.
martes, 24 de julio de 2018
Un adiós
«Posó
sus labios por última vez en los míos, empapados en sangre. Esta era la última
vez, la última vez que nuestras almas se unirías, se había acabado.
'Te...'
No pudo terminar la frase, se evaporó
Era un adiós»
'Te...'
No pudo terminar la frase, se evaporó
Era un adiós»
Amigos Antaño
«Hacía años que se conocían, solo unos segundos
desde que se habían mirado directamente al alma. Temblaban. De miedo, de pasión
amenazando con salir de sus venas. Se quedaron mudos largo rato, solo así.
Anhelándose, perteneciéndose, destinados a no ser.»
jueves, 19 de julio de 2018
Lupita
Lupita
era una mariquita, que soñaba con volar sola hasta lo más alto, para
distinguirse de las demás. Tras la suculenta herencia de su padre Epafrodito,
que en paz descanse, Lupita se convirtió en la mariquita más rica de Pueblobichito,
su humilde ciudad.
Al
verse con tanto dinero, Lupita se volvió tan caprichosa, que incluso se cansó
de andar, y decidió invertir su fortuna en viajes para al fin conseguir volar,
como ninguna otra mariquita lo había hecho jamás.
Subió
en helicópteros, viajó en avión, y hasta surcando el cielo en globo a Lupita
(que todo se le hacía poco) se la vio. Viajaba Lupita siempre maquillada con
enormes pestañas, y ataviada con largos guantes de seda y un sombrero tan
grande que se la veía a cien pies.
Pero
pronto, Lupita empezó a necesitar a alguien con quien poder compartir todas las
maravillas que había visto a lo largo de tanto viaje. Empezó a imaginar,
mientras contemplaba el mundo, como sería la vida con otro bichito que la
susurrara canciones a la orilla del mar o celebrase con ella la Navidad.
Recordaba con tristeza a sus amigas Críspula y Cristeta, con las cuales se
pasaba horas enteras jugando y sobrevolando los arbustos espesos y radiantes en
primavera. O a Serapio y su brillante mirada, posándose sobre sus pequeñas alas
en los días más espléndidos de la florida estación. Y Lupita sintió de repente
una profunda tristeza que con su dinero no podía arreglar.
Decidió
entonces poner sus patitas en tierra para ordenar todas aquellas ideas. Y
vagando de un lado a otro, llegó a un extraño lugar al que se dirigían muchas
mariquitas de su ciudad. La Cueva del Suplicio, como se llamaba,
era un sitio a donde acudían la mayoría de mariquitas que no tenían nada, para
empeñar lo poco que les quedaba y así dárselo a los demás el día de Navidad.
Viendo
a aquellas mariquitas luchar por no perder la sonrisa de los suyos, con su
propio esfuerzo y sin ayuda de los demás, comprendió Lupita que no eran ellos
los pobres y se avergonzó de su codicia y su vanidad.
Decidió
en aquel momento Lupita, depositar en aquel lugar todo su capital, incluidos
sus guantes de seda y su gigante sombrero. ¡Quería ser como las demás!
Lupita
había comprendido al fin que, en volar hasta lo más alto, no se encontraba la
felicidad.
miércoles, 18 de julio de 2018
La Ouija
A: ¡Hola!
B: Hola, mi amor, ¿cómo estás esta noche?
A: No muy bien, te extraño mucho...
B: Yo también, mi amor, ¿que haces?
A: Jugando, y ¿tú?
B: Aquí... acostadita. ¿Qué estás jugando?
A: La Ouija
B: ¡Amor! ¿Qué te he dicho de ese juego? Eso es demoníaco, no me gusta que juegues con eso.
A: Discúlpame, querida, pero no puedo evitarlo.
B: Por favor, prométeme que no volverás a jugar con eso.
A: Lo siento, no puedo prometerte eso, te amo, te extraño y la vida sin ti es muy dura.
B: Hola, mi amor, ¿cómo estás esta noche?
A: No muy bien, te extraño mucho...
B: Yo también, mi amor, ¿que haces?
A: Jugando, y ¿tú?
B: Aquí... acostadita. ¿Qué estás jugando?
A: La Ouija
B: ¡Amor! ¿Qué te he dicho de ese juego? Eso es demoníaco, no me gusta que juegues con eso.
A: Discúlpame, querida, pero no puedo evitarlo.
B: Por favor, prométeme que no volverás a jugar con eso.
A: Lo siento, no puedo prometerte eso, te amo, te extraño y la vida sin ti es muy dura.
martes, 17 de julio de 2018
La Torre de Papel (parte 2)
- No puedo seguir con esto – le decía mirando su cara
de niño.
- ¿Por que? Creí que te estaba gustando tanto como a mi, o al menos eso me estaba pareciendo, ¿acaso he hecho algo mal? -
Sus ojos de cordero me hicieron flaquear por un momento.
- No, no es por ti, es por mí, no tenía que haber dado pie a esto.
- Pero... no estamos haciendo nada malo... ninguno tenemos pareja. Tu a mi me gustas, y hace un momento creía que yo a ti también... es sólo sexo. - dijo con cierto aire de madurez impropio de su edad.
Por un momento me imaginé como sería tener un amante de veinticuatro años, sería un secreto, nadie lo sabría, y yo volvería a sentir esa pasión que hace tanto tiempo que desapareció de mi vida. Sería la envidia de todas las amigas a las que decidiera contárselo, escapadas de fin de semana a la playa, comidas en el campo, y por supuesto... el sexo. Hacia años que mi vida sexual era muy triste.
Me quedé mirándolo en silencio sin saber muy bien como responderle, y antes de que pudiera decirle nada volvió ha hablar...
- Se que debe ser una decisión difícil para ti, pero... ¿y por que no?. Piensa en mi como un premio, no supondré ningún problema para ti, y cuando te canses, sólo tendrás que decírmelo y desapareceré de tu vida. Además... soy muy generoso en la cama.- Decía mientras me sonreía.
Cada vez estaba más decidida, es más, ya estaba decidida, sólo que todavía no sabía como decírselo. Ahora era yo la que parecía una cría, mi corazón latía fuertemente, me iba a lanzar...
- Piensa que hoy podríamos haber muerto los dos...- Sentenció.
Y en ese momento, cuando empecé a creer que por fin empezaba a sonreírme la vida, el crepitar del techo nos avisó con el tiempo suficiente, para ver como el mobiliario de la oficina del piso de arriba, atravesaba el techo para sepultarnos.
- ¿Por que? Creí que te estaba gustando tanto como a mi, o al menos eso me estaba pareciendo, ¿acaso he hecho algo mal? -
Sus ojos de cordero me hicieron flaquear por un momento.
- No, no es por ti, es por mí, no tenía que haber dado pie a esto.
- Pero... no estamos haciendo nada malo... ninguno tenemos pareja. Tu a mi me gustas, y hace un momento creía que yo a ti también... es sólo sexo. - dijo con cierto aire de madurez impropio de su edad.
Por un momento me imaginé como sería tener un amante de veinticuatro años, sería un secreto, nadie lo sabría, y yo volvería a sentir esa pasión que hace tanto tiempo que desapareció de mi vida. Sería la envidia de todas las amigas a las que decidiera contárselo, escapadas de fin de semana a la playa, comidas en el campo, y por supuesto... el sexo. Hacia años que mi vida sexual era muy triste.
Me quedé mirándolo en silencio sin saber muy bien como responderle, y antes de que pudiera decirle nada volvió ha hablar...
- Se que debe ser una decisión difícil para ti, pero... ¿y por que no?. Piensa en mi como un premio, no supondré ningún problema para ti, y cuando te canses, sólo tendrás que decírmelo y desapareceré de tu vida. Además... soy muy generoso en la cama.- Decía mientras me sonreía.
Cada vez estaba más decidida, es más, ya estaba decidida, sólo que todavía no sabía como decírselo. Ahora era yo la que parecía una cría, mi corazón latía fuertemente, me iba a lanzar...
- Piensa que hoy podríamos haber muerto los dos...- Sentenció.
Y en ese momento, cuando empecé a creer que por fin empezaba a sonreírme la vida, el crepitar del techo nos avisó con el tiempo suficiente, para ver como el mobiliario de la oficina del piso de arriba, atravesaba el techo para sepultarnos.
miércoles, 11 de julio de 2018
La Torre de Papel (parte 1)
Una enorme torre de papel, eso es lo que había conseguido después de
tres horas y media archivando las trescientas catorce declaraciones de los
demandantes en el caso “Gasou”. la plantilla al completo había denunciado a la
empresa en la que trabajaban, al declararse un incendio en su sede y comprobar
atónitos como el edificio carecía de cualquier tipo de medida de seguridad.
Llámese salida de emergencia, extintores, protocolo a seguir en caso de
emergencia, mangueras o cualquier cosa parecida que les permitiera luchar
contra el fuego. En aquel incidente murieron abrasados tres trabajadores y los
supervivientes pensaron que denunciar a la empresa, sería una buena forma de
honrar a sus compañeros.
¿ Sería yo capaz de denunciar a mis jefes ? Veía un poco absurdo denunciar a un bufete de abogados, sobre todo si tenía en cuenta que entre ellos se encontraban los mejores abogados de la ciudad. Me veía a mi misma declarando ante el juez, con un traje de falda y chaqueta negro que había visto el día anterior en la boutique de la esquina, sólo necesitaba un pretexto para justificar los trescientos euros que costaba.
De repente se abrió la puerta del despacho, y entró Enrique, un recién licenciado que estaba realizando las prácticas en nuestro bufete. Llevaba sólo tres días allí y ya me había tirado los tejos en varias ocasiones. Yo me había escabullido con sutileza de cada proposición y aunque el chico no estaba nada mal, no deseaba tener una relación con un adolescente que todavía no sabía ni que quería hacer con su vida.
Al entrar cerró la puerta de golpe tras de sí con el ímpetu de la juventud, y el aire que movió hizo revolotear por la habitación la primera de las declaraciones que tanto trabajo me había costado encontrar y ordenar por orden alfabético. Me apresuré a cazarla al vuelo, como si de un billete se tratase y la coloqué sobre la pila presionando con la mano para darle estabilidad. Él se apresuró en disculparse por su torpeza innata, y a continuación se acercó a mí. En ese momento me di cuenta que por las horas que eran debíamos de ser las únicas personas que estábamos en la oficina, por lo que presuponía otro intento por su parte de conquistarme.
Me miró a los ojos fijamente sin mediar palabra, y sentí algo que nunca antes me había ocurrido. Con sus ojos de fondo todo empezó a temblar en mi cabeza, que demonios era aquella extraña sensación?. Pero cuando su mirada confiada se transformó en una expresión de terror, me di cuenta que no era mi cabeza, sino el despacho el que se movía. La enorme pila de papeles que atestiguaban mi trabajo cayó violentamente al suelo creando una enorme alfombra de papel. Corrimos a situarnos debajo de la mesa más robusta que encontramos, viendo con impotencia como la naturaleza se encargaba de re decorar el bufete. El temblor duró cerca de veinte segundos, los veinte segundos más horribles de mi vida.
Una vez que la realidad dejó de moverse por si sola, me di cuenta que me encontraba abrazada a Enrique, la posición fetal en la que nos encontrábamos hacía que se vieran mis bragas, cosa de la que el chico de prácticas ya se había percatado. Con la respiración exaltada y la adrenalina apoderándose de mi cuerpo me sentí eufórica por seguir viva, y a continuación y sin saber como, empezamos a besarnos. Salimos de debajo de la mesa para tendernos sobre ella, la reluciente placa de identificación en la que figuraba el nombre de mi jefe, reflejaba nuestros cuerpos. Miré mi rostro en ella, y al ver mis treinta y seis años en aquel reflejo, volví a la realidad y paré. Enrique se mostraba confuso.
- ¿Que te pasa? – dijo mientras se incorporaba jadeando.
CONTINUARÁ...
¿ Sería yo capaz de denunciar a mis jefes ? Veía un poco absurdo denunciar a un bufete de abogados, sobre todo si tenía en cuenta que entre ellos se encontraban los mejores abogados de la ciudad. Me veía a mi misma declarando ante el juez, con un traje de falda y chaqueta negro que había visto el día anterior en la boutique de la esquina, sólo necesitaba un pretexto para justificar los trescientos euros que costaba.
De repente se abrió la puerta del despacho, y entró Enrique, un recién licenciado que estaba realizando las prácticas en nuestro bufete. Llevaba sólo tres días allí y ya me había tirado los tejos en varias ocasiones. Yo me había escabullido con sutileza de cada proposición y aunque el chico no estaba nada mal, no deseaba tener una relación con un adolescente que todavía no sabía ni que quería hacer con su vida.
Al entrar cerró la puerta de golpe tras de sí con el ímpetu de la juventud, y el aire que movió hizo revolotear por la habitación la primera de las declaraciones que tanto trabajo me había costado encontrar y ordenar por orden alfabético. Me apresuré a cazarla al vuelo, como si de un billete se tratase y la coloqué sobre la pila presionando con la mano para darle estabilidad. Él se apresuró en disculparse por su torpeza innata, y a continuación se acercó a mí. En ese momento me di cuenta que por las horas que eran debíamos de ser las únicas personas que estábamos en la oficina, por lo que presuponía otro intento por su parte de conquistarme.
Me miró a los ojos fijamente sin mediar palabra, y sentí algo que nunca antes me había ocurrido. Con sus ojos de fondo todo empezó a temblar en mi cabeza, que demonios era aquella extraña sensación?. Pero cuando su mirada confiada se transformó en una expresión de terror, me di cuenta que no era mi cabeza, sino el despacho el que se movía. La enorme pila de papeles que atestiguaban mi trabajo cayó violentamente al suelo creando una enorme alfombra de papel. Corrimos a situarnos debajo de la mesa más robusta que encontramos, viendo con impotencia como la naturaleza se encargaba de re decorar el bufete. El temblor duró cerca de veinte segundos, los veinte segundos más horribles de mi vida.
Una vez que la realidad dejó de moverse por si sola, me di cuenta que me encontraba abrazada a Enrique, la posición fetal en la que nos encontrábamos hacía que se vieran mis bragas, cosa de la que el chico de prácticas ya se había percatado. Con la respiración exaltada y la adrenalina apoderándose de mi cuerpo me sentí eufórica por seguir viva, y a continuación y sin saber como, empezamos a besarnos. Salimos de debajo de la mesa para tendernos sobre ella, la reluciente placa de identificación en la que figuraba el nombre de mi jefe, reflejaba nuestros cuerpos. Miré mi rostro en ella, y al ver mis treinta y seis años en aquel reflejo, volví a la realidad y paré. Enrique se mostraba confuso.
- ¿Que te pasa? – dijo mientras se incorporaba jadeando.
CONTINUARÁ...
martes, 10 de julio de 2018
Pares e impares
Me
levanto temprano, preparo la ropa y los desayunos de las niñas. Me visto, me
tomo un café y llevo a las niñas al cole antes de irme al trabajo. Cuando
vuelvo las recojo, comemos, se recoge la cocina, se pone la lavadora, se
plancha y se limpia. Llevo a las niñas a inglés y a música. Voy al gimnasio.
Recojo a mis hijas y nos vamos a casa. Duchas, cenas, lectura y a dormir. Por
fin ha terminado el miércoles.
Por
cierto, me llamo Manolo y me toca hacer todo esto los días impares de la
semana. Ana, mi mujer lo hace los pares. Los dos trabajamos fuera y dentro, y
nos queda tiempo para amarnos.
lunes, 9 de julio de 2018
Fisonomía de la coleta
Todas
las mujeres de mi familia conocen la fórmula secreta para obtener el resultado
de una coleta simétrica y de excelente fisonomía.
Mi
madre repasaba mi pelo, elegía una cinta de color y yo atesoraba una coleta de
proporciones exactas, aunque después de repasar la lección de las propiedades
conmutativas de los conjuntos, la coleta ya había alterado su forma perfecta,
debido a su tendencia natural a despeinarse.
Con
la suma de los años, mi coleta respira en libertad, mejorada su silueta a lo
largo de muchas generaciones de moños y pañuelos negros. Aunque diestra en
despeinarme, tan sólo me resta la práctica exacta que multiplique la habilidad
familiar, a pesar de mi adversión a las matemáticas.
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