lunes, 30 de julio de 2018

La melodía del despertar (parte 2)

Días después, George insistió en dar un recital de piano para los amigos más allegados de la familia, lo que significaba que la más alta sociedad de Londres se reuniría en su casa. Su padre accedió pero, sin embargo, su madre no estaba tan segura de aquello. Ella conocía las habilidades de su hijo y lo último que deseaba es que su familia fuera parte de los dimes y diretes de la gente. Pero la última palabra ya había sido dicha.
El día del recital, todo el que era alguien o aspiraba a serlo estaba en la casa aguamarina de la calle Bridgewall, preparado para escuchar a George tocar el piano. Incansables voces intentando superponerse a las demás se escuchaban en el salón del piano hasta que unos pasos extinguieron todas ellas. Todos esperaban ver a George entrar al salón. Pero se trataba de alguien distinto. Al cruzar el umbral de la puerta, Emily empezó a escuchar el murmullo de los invitados, absortos al ver como se acercaba al piano.
En ese preciso instante, los murmullos se convirtieron en silencio y la melodía empezó a sonar en la cabeza de Emily. Sus dedos empezaron a moverse ágiles y con determinación. Emily apartó la vista del piano por un momento y observó cómo el mundo que la rodeaba comenzó a desaparecer. Un nuevo universo se extendió ante ella. Un universo de luces y colores donde ningún barrote era capaz de encerrar tal inmensidad. Los ojos de Emily se empañaron al ver aquel lugar. Podía verlo con tal nitidez que incluso llegó a sentir como aquellas luces la cegaban. Nunca había soñado con ver algo así.
De repente, sintió como su piel se erizaba y su corazón latía con tal intensidad que ninguna fuerza humana, de esas que se creen más poderosas por naturaleza, podría haberlo oprimido. ¿Era aquella la gloria que su padre le había prohibido? No. Aquello era algo más valioso. Lo que Emily había experimentado no era algo tan banal como la gloria de la que su padre hablaba. Era algo tan puro y etéreo que se escapaba a la comprensión de los hombres. Aquel universo era el lugar al que la música del piano la transportaba. Un lugar donde la silueta humana era simple fachada, insulsa y sin significado; donde todo era diferente y nada discriminado; donde existía libertad. Ese era el lugar al que Emily pertenecía y al que nadie le prohibiría su entrada.
En ese momento, Emily empezó a escuchar incesantes latidos en su oído. Sintió la sangre recorrer su cuerpo a gran velocidad. Más y más deprisa según la melodía se alzaba sobre todo pensamiento terrenal. Sonidos graves y agudos que la alejaban más y más del suelo. Cerró los ojos en un momento de pánico, para cerciorarse de que su alma no había abandonado su cuerpo y, de repente, nada.
La melodía finalizó y al volver a abrir los ojos estaba otra vez en aquella sala abarrotada de gente. El silencio se apoderó de esa sala durante un instante, pero un aplauso acabó con él. George, el artífice e instigador de aquel engaño, empezó a aplaudir con orgullo y satisfacción. Sin él, el acto de valentía de Emily al hacer frente a todos los prejuicios que abarrotaban la sala no habría sido posible. Ella nunca lo olvidaría, ya que, para ella, George representaba el nacer de un nuevo mundo.
A los aplausos de George se unieron los pertenecientes a los demás invitados excepto los de sus padres. Emily lo lamentó profundamente. Sintió pena por ellos, sobre todo por su madre. Pero su mente ya había sido doblegada, sus alas cortadas y la llave de su jaula olvidada. Emily se juró a sí misma que nunca permitiría sufrir igual destino. La libertad, el poder y la autodeterminación formaban ya parte de su ser. Ningún fuego podría convertir esas cualidades en cenizas. Ningún látigo podría desgarrarlas de su alma. Nunca.
Sir Gawain.

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