Una enorme torre de papel, eso es lo que había conseguido después de
tres horas y media archivando las trescientas catorce declaraciones de los
demandantes en el caso “Gasou”. la plantilla al completo había denunciado a la
empresa en la que trabajaban, al declararse un incendio en su sede y comprobar
atónitos como el edificio carecía de cualquier tipo de medida de seguridad.
Llámese salida de emergencia, extintores, protocolo a seguir en caso de
emergencia, mangueras o cualquier cosa parecida que les permitiera luchar
contra el fuego. En aquel incidente murieron abrasados tres trabajadores y los
supervivientes pensaron que denunciar a la empresa, sería una buena forma de
honrar a sus compañeros.
¿ Sería yo capaz de denunciar a mis jefes ? Veía un poco absurdo denunciar a un
bufete de abogados, sobre todo si tenía en cuenta que entre ellos se
encontraban los mejores abogados de la ciudad. Me veía a mi misma declarando
ante el juez, con un traje de falda y chaqueta negro que había visto el día
anterior en la boutique de la esquina, sólo necesitaba un pretexto para
justificar los trescientos euros que costaba.
De repente se abrió la puerta del despacho, y entró Enrique, un recién
licenciado que estaba realizando las prácticas en nuestro bufete. Llevaba sólo
tres días allí y ya me había tirado los tejos en varias ocasiones. Yo me había
escabullido con sutileza de cada proposición y aunque el chico no estaba nada
mal, no deseaba tener una relación con un adolescente que todavía no sabía ni
que quería hacer con su vida.
Al entrar cerró la puerta de golpe tras de sí con el ímpetu de la
juventud, y el aire que movió hizo revolotear por la habitación la primera de
las declaraciones que tanto trabajo me había costado encontrar y ordenar por
orden alfabético. Me apresuré a cazarla al vuelo, como si de un billete se
tratase y la coloqué sobre la pila presionando con la mano para darle
estabilidad. Él se apresuró en disculparse por su torpeza innata, y a
continuación se acercó a mí. En ese momento me di cuenta que por las horas que
eran debíamos de ser las únicas personas que estábamos en la oficina, por lo
que presuponía otro intento por su parte de conquistarme.
Me miró a los ojos fijamente sin mediar palabra, y sentí algo que nunca antes
me había ocurrido. Con sus ojos de fondo todo empezó a temblar en mi cabeza,
que demonios era aquella extraña sensación?. Pero cuando su mirada confiada se
transformó en una expresión de terror, me di cuenta que no era mi cabeza,
sino el despacho el que se movía. La enorme pila de papeles que atestiguaban mi
trabajo cayó violentamente al suelo creando una enorme alfombra de papel.
Corrimos a situarnos debajo de la mesa más robusta que encontramos, viendo con
impotencia como la naturaleza se encargaba de re decorar el bufete. El temblor
duró cerca de veinte segundos, los veinte segundos más horribles de mi vida.
Una vez que la realidad dejó de moverse por si sola, me di cuenta que me
encontraba abrazada a Enrique, la posición fetal en la que nos encontrábamos
hacía que se vieran mis bragas, cosa de la que el chico de prácticas ya se
había percatado. Con la respiración exaltada y la adrenalina apoderándose de mi
cuerpo me sentí eufórica por seguir viva, y a continuación y sin saber como,
empezamos a besarnos. Salimos de debajo de la mesa para tendernos sobre ella,
la reluciente placa de identificación en la que figuraba el nombre de mi jefe,
reflejaba nuestros cuerpos. Miré mi rostro en ella, y al ver mis treinta y seis
años en aquel reflejo, volví a la realidad y paré. Enrique se mostraba confuso.
- ¿Que te pasa? – dijo mientras se incorporaba jadeando.
CONTINUARÁ...
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