“Estimados docentes,
La Dirección del Centro os comunica…
Por ello, y con la idea de mantener la salud del centro durante mucho tiempo, se procederá, (…) a disminuir la retribución por hora”.
Ufff, ¡vaya lunecito! Pero, “¿la disminución de hora es para todos los docentes? Quiero decir, que yo soy autónoma. ¿Nos afecta por igual a todos los profesores? Los que, ¿cómo llaman a los que no facturan? Ah, sí, los que les liquidan. ¿Nos afecta por igual a los que les liquidan, a los contratados y a los autónomos?” Madre mía, ¡cómo está el pescao!, pienso. “Pero si la señora que limpia en casa de mis padres va a ganar 3 euros menos que yo la hora”. Y no es menospreciar, ¡qué conste!, pero es que tanta carrera y tanto máster y… ¿para qué?, piensa una a veces. Acabé la clase casi a las 2 de la tarde y me fui directa a mi despacho de la Universidad con mi comunicado de la Dirección del Centro entre mis papeles y venga darle vueltas en mi cabeza. No había forma de parar. Este año que precisamente habíamos pensado en hipotecarnos…
Me gustaba trabajar en casa. En pijama y recién levantada con el primer café de la mañana. Pero la prole modifica tus hábitos; éste fue de los primeros. Esa tarde tenía una clase de DIYUE y los alumnos tenían que exponer por grupos, así que hasta la hora de la clase aproveché para comerme mi insulsa ensalada y un plátano. No había tiempo para hacer deporte, no conseguía sacarlo por ningún sitio y tampoco había forma de quitarme de encima los kilos del último embarazo. Mientras pinchaba la mitad de un Cherry saqué el último artículo de tesis en el que estaba trabajando y miré el reloj: ¡Tenía 2 horas por delante!. Y otro mantra bien aprendido: “Rentabilizar el tiempo”. Si veía la luz esta tesis, que tenía claro que sí, lo que no tenía tan claro era el cuándo, sería una tesis consumada con alevosía y nocturnidad. Así, cual delito, porque esas dos horas libres no las inviertes en la familia, en tus hijos o en tu pareja, no; cual delincuente te sientes culpable de lo que haces, culpable de no poder irte al parque con tus hijos o de pasar una tarde con ellos. ¡Ains, el próximo que me hable de conciliación!. Tercer mantra: “Venga, vive el ahora. Vendrán tiempos mejores”.
Las exposiciones en clase han ido bien. Me queda casi una hora antes de irme a clase de inglés, así que voy a echar un vistazo a lo que dimos el miércoles y hacer un writing para que me lo pueda corregir José Miguel el fin de semana. ¡Ah!, no se me olvide decirle que el próximo miércoles doblo turno en el Centro y llegaré media hora tarde a clase. De camino a inglés, aparco un par de calles antes porque hay un supermercado cercano y los lunes y miércoles, aprovechando que voy a inglés, hago la compra. “Compra toallitas”, me dice en un wasap.
Son las 22:30 de la noche, estoy bajando del coche con las bolsas de la compra, contenta porque José Miguel me puso un good writing en el que me ha dado corregido de la semana pasada y entro en casa. Los peques ya están durmiendo. Él me dice que ha sido un día agotador, que no han parado y que después del baño y la cena han “caído muertos” a la cama. Lo creo. Son unos diablillos encantadores. Hoy me quedo sin hablar con ellos; me resigno. He aprendido a resignarme. Coloco la compra, ceno algo y recojo la cocina; doblo la ropa de la secadora que acaba de terminar mientras oigo La 2 que está puesta. De fondo alguien dice: “recuerden que mañana es el día de la mujer trabajadora”. Y pienso: “¿y lo de hoy qué ha sido? ¿una broma?”.
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