jueves, 26 de marzo de 2020

La Felicidad (parte 8)

Un trágico día vino un maremoto y se llevó la casa de Minerva. Ellos se entristecieron, pero no se desanimaron y construyeron otra. Un día Minerva y Guillermo descubrieron que estaban enamorados, y se casaron y al poco tiempo tuvieron trillizos que se llamaron Berta, Guille y Violeta.

Así los dioses vieron que lo que habían dicho Min y Yumi era cierto, que esa pareja trabajó para encontrar su actual felicidad.

Desde entonces el hombre trabaja duro para encontrar su felicidad.


Fin.

La Felicidad (parte 7)

En la Tierra, crearon a Guillermo, que era un hombre de unos 20 años, con el pelo marrón y los ojos color verde. Tenía un caracter agradable y era cariñoso. También crearon a una mujer llamada Minerva, que era la mujer más hermosa que el sol con una tez blanca, unos ojos azul cielo y un pelo rizado con una diadema.

Minerva y Guillermo trabajaban duramente mientras que Merus les observaba. Los dos se hicieron una casa y cuando la hicieron se sintieron orgullosos de su trabajo, y Merus que al principio no estaba convencido lo estaba empezando a entender.

Luego en el cielo, los dioses crearon los animales, las plantas y a más humanos.

Minerva se quedaba en casa tejiendo ropa con las pieles de ovejas y Guillermo buscaba leña y alimento y cuando lo encontraba lo llevaba a casa y se sentían felices.

CONTINUARÁ....

La Felicidad (parte 6)

Otra vez Merus dijo:

- Imposible,les dimos inteligencia, alguien se hará un equipo de buceo, bajará y la tendrá.

Todos a pensar de nuevo y entonces Selena dijo:

- Vamos a esconderla en Plutón.

Merus dijo:

- Imposible, les dimos inteligencia ¡NO RECUERDAS! Tarde o temprano la encontrarán.

Entonces los dos dioses que habían permanecido aislados dijeron:

- Nosotros sabemos dónde esconderla. La esconderemos en ellos mismos y no la encontrarán.

Todos estuvieron de acuerdo con Yumi y Min, y eso hicieron.

CONTINUARÁ....

La Felicidad (parte 5)

Todos pensaron que quitarles hasta que Celeste dijo:

- Vamos a esconderles la felicidad, pero ¿dónde la escondemos para que no la encuentren?

Lamilán dijo:

- Vamos a escondersela en la cima de la montaña más alta del mundo.

Pero Merus dijo:

- Imposible, les dimos fuerza, así que alguien subirá y la encontrará.

Siguieron pensando hasta que Silvestre dijo:

- Vamos a esconderla en el fondo del mar.

CONTINUARÁ...

La Felicidad (parte 4)

La reunión era para hacer hacer al hombre y la mujer. Empezó la reunión y todos se sentaron juntos menos Min y Yumi que se sentaron aislados. Merus dijo:
- Vamos a hacer al hombre y a la mujer semejantes a nosotros.
En esto Céfiro dijo:
- Van a tener la misma fuerza e inteligencia que nosotros, yo pienso que teníamos que quitarles algo.
Merus dijo:
- Tienes razón, vamos a esconderles algo.

CONTINUARÁ....

La Felicidad (parte 3)

Empezaron la reunión y llegó el último dios llamado Larmando que era el dios de la vaguedad. Era viejo y tenía los ojos rojos y el pelo blanco.

CONTINUARÁ....

La Felicidad (parte 2)

Selena, la diosa del día y la noche, llevaba un bastón con un sol en una punta y una luna en la otra. Tenía un carácter huraño y tenía el pelo marrón recogido en una coleta y los ojos color verde. La otra diosa era Yumi, la diosa de la tristeza y de la muerte. Llevaba una daga y un puñal con el que mataba a las personas que merecían la muerte. Tenía una capa negra, con ojos negros y el pelo era de anguilas. Era la diosa más mala con diferencia.

Al poco tiempo, llegaron dos más que eran Min y Flowers. Flowers era la diosa de las flores y llevaba una cesta con flores y era alegre. Tenía ojos azules y el pelo rubiio con trenzas. Min era el dios de la venganza y el silencio, y llevaba un bastón con un demonio en la punta y tenía la cara más horrorosa jamás vista. Tenía el pelo quemado y de color gris y unos ojos como de fuego.

CONTINUARÁ....

La Felicidad (parte 1)

Un día diez dios importantes se reunieron y allí estaban de momento cuatro dioses que eran Céfiro, el dios de la alegría que llevaba siempre un bastón y tenía el pelo y ojos marrones, el cual también tenía un buen carácter y era compasivo. El segundo dios era Merus que era el padre de todos los dioses, llevaba consigo algunos relámpagos. Merus era un hombre viejo con el pelo blanco y grandes ojos azulados y tenía un carácter bonachón y era muy guasón.

La tercera diosa era Celeste, la diosa de la sabiduría, que llevaba consigo una luna enganchada a ella. Celeste era joven y hermosa, tenía una tez blanca, con ojos color cielo y el pelo rubio. Ella era la mejor diosa porque era muy buena. La cuarta diosa era Lamilán, diosa del amor. Esta diosa era la hermana de Cúpido , que al igual que su hermano llevaba a la espalda un carco rosa y azul y unas pocas flechas con la punta de corazón. Tenía el pelo atado en un moño negro, unos ojos negros y un carácter equilibrado. Era una niña de unos siete años y tenía atrás dos pequeñas alas blancas.

A los pocos minutos llegaron tres dioses más que eran Silvestre, el dios de la fertilidad y la belleza, que llevaba consigo un espejo y era hermano gemelo de Celeste.

CONTINUARÁ....

Jesús

 Era un hombre como yo,
su nombre era Jesús;
habló del Reino de Dios
murió clavado en la cruz.

No quiso salvar el mundo
tuvo miedo como yo:
"pase de mi este cáliz",
no quiso tanto dolor.

Rechazó los sacrificios
predicó solo el amor
solidario con el pobre
era todo compasión.

No fundó ninguna iglesia
pues para adorar a Dios
está el mayor de los templos
en el propio corazón.

Lo trataron de rebelde
de subversivo y traidor
porque no cumplia las leyes
y prefería el perdón.

Una gran prueba que dio
del amor y compasión
fue amar a sus enemigos;
la mayor prueba de amor.

Tal vez ese mundo exista
el que vino a predicar;
otro mundo, otra raza,
lo hará un dia realidad.

Sonrie Dios

SONRÍE DIOS en la pantalla
Del cielo. Veo su semblante
Hecho de rayas y puntos
Luminosos. Pero no estoy seguro
Si es el suyo o es el mío.
Apago la televisión
Y yo también sonrío

La luna puedo detenerse

al fin por la curva blanquísima de los caballos.
Un rayo de luz violeta que se escapaba de la herida
proyectó en el cielo el instante de la circuncisión de un niño muerto.
La sangre bajaba por el monte y los ángeles la buscaban,
pero los cálices eran de viento y al fin llenaba los zapatos.
Cojos perros fumaban sus pipas y un olor de cuero caliente
ponía grises los labios redondos de los que vomitaban en las esquinas.
Y llegaban largos alaridos por el Sur de la noche seca.
Era que la luna quemaba con sus bujías el falo de los caballos.
Un sastre especialista en púrpura
había encerrado a tres santas mujeres
y les enseñaba una calavera por los vidrios de la ventana.
Las tres en el arrabal rodeaban a un camello blanco,
que lloraba porque al alba
tenía que pasar sin remedio por el ojo de una aguja.
¡Oh cruz! ¡Oh clavos! ¡Oh espina!
¡Oh espina clavada en el hueso hasta que se oxiden los planetas!
Como nadie volvía la cabeza, el cielo pudo desnudarse.
Entonces se oyó la gran voz y los fariseos dijeron:
Esa maldita vaca tiene las tetas llenas de leche.
La muchedumbre cerraba las puertas
y la lluvia bajaba por las calles decidida a mojar el corazón
mientras la tarde se puso turbia de latidos y leñadores
y la oscura ciudad agonizaba bajo el martillo de los carpinteros.
Esa maldita vaca
tiene las tetas llenas de perdigones,
dijeron los fariseos.
Pero la sangre mojó sus pies y los espíritus inmundos
estrellaban ampollas de laguna sobre las paredes del templo.
Se supo el momento preciso de la salvación de nuestra vida.
Porque la luna lavó con agua
las quemaduras de los caballos
y no la niña viva que callaron en la arena.
Entonces salieron los fríos cantando sus canciones
y las ranas encendieron sus lumbres en la doble orilla del río.
Esa maldita vaca, maldita, maldita, maldita
no nos dejará dormir, dijeron los fariseos,
y se alejaron a sus casas por el tumulto de la calle
dando empujones a los borrachos y escupiendo sal de los sacrificios
mientras la sangre los seguía con un balido de cordero.
Fue entonces
y la tierra despertó arrojando temblorosos ríos de polilla.

Los dados eternos

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
¡tú no tienes Marías que se van!
Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
¡Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!
Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado.
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.
Dios míos, y esta noche sorda, obscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.

Soneto a un Cristo crucificado

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte…

Tras un amoroso lance

Por una extraña manera
mil vuelos pasé de un vuelo
porque esperanza del cielo
tanto alcanza cuanto espera
esperé solo este lance
y en esperar no fui falto
pues fui tan alto tan alto,
que le di a la caza alcance.

Parábola de un Cristo

Judas apaga la radio y baja de su Cadillac
Para besar a Jesús en la mejilla.
En medio de las coristas que le piden al Señor
Astillas de su guitarra, Judas truena sus dedos
Y deja al pasar un aire de lavanda.
3 decenas de guardias de Wall Street
Bajan de un camión 30 sacos de dólares
Con una bandera de Oriente.
El auto de Judas parte en dos el mar de la noche
Y la tierra prometida.
2 centuriones vestidos con gabardina y borsalino
Le imponen un par de esposas al Mesías
Y lo trasladan a Washington.
El Capitolio brilla acribillado de estrellas
Como un pastel de aniversario.
Los visitantes del Pentágono
Tienen las narices blancas de polvo de los Andes
Y las manos rojas de Lady Macbeth.
Cae el precio del maná en la Bolsa de Valores
Pero graznan cuervos en el azul de Palestina.

La Crucifixión

Elevado en la cruz, hijo mío,
te haces cada vez más vertical: tu cabeza injuriada por espinas
ya toca las más altas nubes.
No te puedo alcanzar, no puedo
cerrar tu herida con mi mano,
y la sustancia dorada
que le dio el Padre
te sigue abandonando por la lanzada.
Al aire han vuelto los olores
de tu nacimiento. Ay niño mío,
crucificado desde siempre,
tu sangre cae
y quema la tierra
y quema los siglos. El tiempo de los pobres
y el tiempo de los reyes,
con su cada hora, tendidos,
están ardiendo a tus pies.
Mañana todo será nuevo,
menos este dolor infinito. Y no hay consuelo,
sólo una pregunta que grito
y acaso Tú reprochas:
¿Era necesario
que la carne de mi carne
sea entegada como alianza
entre la ingrata tierra y el cielo?

viernes, 20 de marzo de 2020

Que diran si aparezco muerta

Abrirán mis gavetas
sacarán mis calzones al sol
revisarán minuciosamente mi pasado
y dirán
quizás
que lo merezco.
Cada periódico hará un despliegue de mis defectos
mis vicios
mis fallas
y dirán
quizás
que lo merezco.
Se desnudaba con demasiada facilidad
dirán algunos
fumaba mariguana
dirán los otros.
Saber en que estaba metida
dirá fulanito
saber que debía
dirá menganito.
Se acostó con el que ahora es mi esposo
dirá la zutana
era una puta
dirá la fulana.
Una loca pensará merengana.
Una comunista que afirmaba el genocidio
escribirá perengano
una vergüenza para el país
apuntará perencejo.
Una cualquiera
denunciará el policía
tenía las uñas mal pintadas de rojo
y la marca de un arete en el ombligo.
Una marera
concluirá el fiscal
tenía la pierna tatuada con zopilotes
y una horrible telaraña en la parte de atrás.
Alguien localizará mis antecedentes penales
en la comisaría de Santa Catalina Pinula
y esa será mi perdición.
Dirán entonces que era una paria
una delincuente
una mala semilla
una drogadicta.
Las señoras en sus casas dirán que fue lo mejor para
Guatemala
el envidioso se alegrará en secreto con la noticia
y unos cuantos que me quisieron no dirán nada.
En mi entierro
mis cuatro hermanas
limpiarán sus lágrimas
y limpiarán mi nombre.
Dirán que es mentira
que Regina nunca estuvo vinculada al PRI
que no fue una puta
ni una loca
ni una vaga
ni una maleante
ni una bandida
ni una terrorista
ni una delincuente
ni una paria
ni una asesina
ni una ladrona
ni una extorsionista
ni una drogadicta
ni una vendida
ni una comunista
ni una criminal
ni una marera.
Dirán que Regina fue su hermana
y que era buena.
Y de ti
¿Qué dirán de ti si un día apareces muerto?

Caracol

En ese viaje amenazaste con ahorcarme
según dijiste por mi culpa
por mentir.
De aquel bosque nació roca caracol
laberinto subterráneo.
Dedos pulgares en mi cuello
manos multifacéticas, siempre
fuertes, siempre hábiles, hunden
mi garganta. La manzana desaparece.
Será el inicio del final, supongo
mientras miro tu figura deforme
proyectada en la pared
(teatro para el horror).
Final inesperado, me digo.
Túnel de sombra
pecho vacío.
De ese viaje una tráquea mellada
el peso antiguo de un cuerpo
que no pedí
(que no mentí, dije).
El regalo de orfandad
el telón oscuro
que me faltaba por morir.
Al día siguiente el desayuno estragado
la resaca
callar como única lengua.
En ciertos lugares
gritar es adorno inútil
un búho perdido en lo oscuro.

Desde la insignificancia

¿Cómo te atreves?
Insolente.
Pretendes calificarme
sin saber cómo se vive
desde la orilla del acantilado.
Tú, ostentando propiedad
del mundo.
de su idea moral
y del buen proceder.
Te estorbo tanto,
que sería largo
tratar de enumerar,
en exacto,
aquello que juzgas.
Que me he negado
a ser tu musa
o la imagen étnica
que te justifica.
Que me he cansado
de la servidumbre.
Que estoy harta
de la incondicionalidad absurda.
Probablemente,
es porque tomé la opción
de abrir la mirada,
de escuchar mi voz,
de nombrar a mi hermana,
y hube de apropiarme
de mi hacer autonomía.
Entonces, me acusas:
Que soy vanidosa.
Que me falta sabiduría
– para entender tus reglas-.
Que de mi boca salen mentiras
– porque no me puedo tragar tus verdades-.
Porque tomé la palabra.
Porque inventé mi camino.
Me llamas infiel.
Otra vez soy la hereje.
Nuevamente, la pecadora.
Tú, desde la altura iluminada,
sentencias, como si pudieras,
sobre el alma mía,
y me llamas mujer de oscuridad.
Desde tus altares,
ante tus tribunas,
empuñando tu cetro.
Has ordenado desfigurar
la imagen de mi rostro.
Has intentado borrar mi nombre
de los testimonios.
Pero,
no logras el olvido
de mi existencia.
Déjame, Déjame.
Elijo ser la paria.
La infecciosa.
La insuficiente.
Me quedo aquí,
vanidosa,
instintiva,
con mi inteligencia poca,
con mi verdad sombría.
Me quedo aquí,
Sentada en mi soberbia.
Ya que una cosa entiendo.
Una sola, es cierto:
Si ando tan errada;
Si tengo el camino tan perdido;
Por qué insistir en negar
lo que no cuenta.
Por qué tú, desde el poder,
te ocupas de contenerme,
de acosarme, de acorralarme.
Por qué, si soy apenas nada.
Por qué, entonces,
mis preguntas abren grietas.
Por qué si cuestiono yo,
tú y tus jerarquías remojan cimientos.
Por qué, si abro yo la boca,
tú tiemblas

Hasta en eso

Decidí olvidar todo, del todo.
Me recuesto en mi mirada perdida, cómoda, vacía.
Mi hermano viene: me arregla, me compone, se envejece, empequeñece, muere de tristeza.
Mi mirada lo atrapa, mi olvido lo destruye.
Vienen mis hijas,
yo las veo a lo lejos, son rayas de infinito, despego, de algo que fue.
Son nada.
Realmente nada,
un punto, en la silla, a mi lado.
Pero son calor, es tibieza.
Se que mi mirada está perdida, que duele, lacera, que se escapa.
Se que mis ojos se van, estoy libre, vuelo sola, a un azul muy azul, a mi álbum feliz con los muertos.
Ellos pierden, los que se quedan restan,
mientras yo que no estoy, sumo a mi olvido.
El Alzheimer es 1,5 a 3 veces más frecuente en las mujeres que en los hombres.

Mi primer día

En mi primer día
en mi primer día
del trabajo nuevo
me han colgado un puñado de llaves del cuello
y me han dejado sola
tengo encerradas a seis mujeres
a sus hijas y a sus hijos
no es una cárcel
sólo cuido de que sus amantes
no las quieran demasiado

Semaforo con vientre hechido

Niña de vientre henchido de noche prematura:
con dos vidas a cuestas
¡una malgastada y otra apenas de relleno!
Precozmente libre,
y ya en ocaso.
Violado recinto de existencia fugaz,
atesoras ingenuamente
en tu entraña desgarrada de bajeza humana
el frío de la inefable oscuridad
del desamparo.

Redobla

En el desierto. Encuentran un cuerpo en el desierto. ¿Quién lo puso allí? ¿Desde cuándo está allí? ¿Hay señales de fieras? ¿Hay vestigios de zarpas o dientes? ¿Hay picotazos? ¿Hay hormigas expandiendo sus puntadas como un tul movedizo? ¿Y cuánta carnicería le corresponde a los depredadores y cuánta a los asesinos?
No se salvó a la hija. No se pudo evitar el horror de la carnicería, el pánico de la muerte. Ahora, solamente es posible rescatarla del sol, privarla de la corona negra de los buitres, de las lágrimas nocturnas del desierto…
¿Es eso un alivio?
Llevársela de allí.
Recomponer el mosaico de su cuerpo desbaratado.
Envolverlo en un lienzo nuevo y entregarlo otra vez
para que la muerte reanude su festín.
¿Pero creéis de verdad que eso es un alivio?
Los sables se ensartan en el baúl pintadoparalizando sangre,enfriando células,abriendo caminos a la podredumbre.Levantando la veda a la carroña.
II
A cambio de un cadáver herido, mutilado, se deja de esperar a la hija. A la hija que salió de la casa con urgencia pero que no se dio prisa en volver. Demoró su vuelta tanto y tanto hasta borrar los compartimentos del tiempo.
Pero los relojes ya empiezan a marchar.
Se acabó el presente interminable. A partir de ahora ya no será necesario resistir, tener valor, aguzar el oído al otro lado de la puerta, intentar identificar sus pasos, la canción que cantaba; atisbar en todas las muchachas la semejanza a una forma de peinarse, un andar, esa blusa de colores, esa falda, igual a la suya…
A partir de ahora, se encajarán días, horas, sucesos. A partir de ese cadáver, la hija deja de existir.
Con esmero, alinea los naipes.Adivina cuál es.Adivina dónde está, dice el mago.¿No está el que falta?, insiste. ¿Seguro que no está?Hábilmente, sus dedos descubren la carta ocultaen la chaqueta del espectador.El siniestro comodín agita sus cascabeles ensangrentados.
III
Reconózcala. Diga si es ella. Dígalo de una vez: sí o no.
No todos son convocados ante una sábana estirada. No todos son apremiados a acabar con la congoja. No todos pueden envolver con el amor de los lienzos esas niñas despedazadas, traspasadas, aplastadas por la abominación. No todos pueden escribir un nombre en una lápida, cubrirla de flores, encenderle cirios. No todos pueden entregarse al duelo.
Hay quienes aún deban hacer acopio de lágrimas porque no saben hasta cuándo debe durar la pena.
¿Hay que dar las gracias, entonces?
Hay que decir SÍ, y desasirse.
Sí, es ella, hay que decir, y abandonarse.
Poner ahora toda la atención en ese hueco.
Esa carne que ya no está en su carne. Esa sangre que le falta.
Será una marca que nos distinguirá para siempre.
Como si las victimas tuviéramos que expiar, de por vida, los crímenes de los asesinos.
Sí, es ella. Gracias. Gracias.