miércoles, 25 de julio de 2018

Trasciendo la lógica


Allí me encontraba de nuevo, en el Salón de Baile del Museo del Romanticismo. Ensimismada tomando notas del retrato de Isabel II de Madrazo. Escrutando cada detalle, me fijaba en sus joyas, había oído hablar mucho de ellas y llamaban especialmente mi atención. Gran parte fueron regaladas, otras vendidas y de las demás se perdió la pista. Estaba yo en estas cavilaciones cuando noté la presencia de un hombre. Otro visitante, supuse. Para mi asombro, comenzó a charlar animadamente sobre la pintura. Y viendo sus amplios conocimientos, me interesé aún más. Me resultaba familiar, pero no conseguía saber por qué. Hablando sobre las joyas y entre bromas, aseguró que él pensaba que estaban escondidas en el mismo cuadro por el realismo con el que estaban pintadas. Me sorprendió, pues yo eso lo había pensado mil veces, pero cuando quise dirigirme a él se había esfumado. Todo el día estuve pensando en el suceso ocurrido en la casa-museo y decidí investigar sobre ese rostro tan familiar. Me quedé petrificada cuando descubrí con quién lo había confundido. ¡El joyero de la reina Isabel II! Imposible, obviamente, se encuentra bajo tierra desde hace más de un siglo. Pero aquella coincidencia no me dejó indiferente. Sopesé la posibilidad de que fuese una imaginación mía, pero fue tan real esa conversación… A los pocos días volví a visitar el cuadro. Y creía estar perdiendo la cabeza. Tenía la certeza de que la Reina me miraba con sonrisa cómplice. Al día siguiente me informaron de un robo en el Museo. El cuadro de Isabel II se encontraba abierto como una puerta y detrás, restos de algunas joyas que el ladrón no pudo llevarse. Todo apunta a un joyero muerto hace un siglo. La lógica no ayudará, parece.

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