Allí
me encontraba de nuevo, en el Salón de Baile del Museo del Romanticismo.
Ensimismada tomando notas del retrato de Isabel II de Madrazo. Escrutando cada
detalle, me fijaba en sus joyas, había oído hablar mucho de ellas y llamaban
especialmente mi atención. Gran parte fueron regaladas, otras vendidas y de las
demás se perdió la pista. Estaba yo en estas cavilaciones cuando noté la
presencia de un hombre. Otro visitante, supuse. Para mi asombro, comenzó a
charlar animadamente sobre la pintura. Y viendo sus amplios conocimientos, me
interesé aún más. Me resultaba familiar, pero no conseguía saber por qué.
Hablando sobre las joyas y entre bromas, aseguró que él pensaba que estaban
escondidas en el mismo cuadro por el realismo con el que estaban pintadas. Me
sorprendió, pues yo eso lo había pensado mil veces, pero cuando quise dirigirme
a él se había esfumado. Todo el día estuve pensando en el suceso ocurrido en la
casa-museo y decidí investigar sobre ese rostro tan familiar. Me quedé
petrificada cuando descubrí con quién lo había confundido. ¡El joyero de la
reina Isabel II! Imposible, obviamente, se encuentra bajo tierra desde hace más
de un siglo. Pero aquella coincidencia no me dejó indiferente. Sopesé la
posibilidad de que fuese una imaginación mía, pero fue tan real esa
conversación… A los pocos días volví a visitar el cuadro. Y creía estar
perdiendo la cabeza. Tenía la certeza de que la Reina me miraba con sonrisa
cómplice. Al día siguiente me informaron de un robo en el Museo. El cuadro de
Isabel II se encontraba abierto como una puerta y detrás, restos de algunas
joyas que el ladrón no pudo llevarse. Todo apunta a un joyero muerto hace un
siglo. La lógica no ayudará, parece.
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