Poco
a poco sintió que se convertía en una estatua de piedra, incapaz de reaccionar,
sometido al miedo que lo obligaba a enfundarse nuevamente en la piel de aquel
niño presa del espanto, que debía enfrentarse cada día con la maldad, con el
sometimiento, con la impotencia de saberse indefenso ante sus opresores. Las
figuras estaban a pocos pasos de distancia. El sentía que cada molécula de su
cuerpo era ya parte de aquella estatua pétrea. Un rayo de luz penetró su
entendimiento al comprender que en cada persona habitaba un temor supremo
escondido en lo más recóndito de su ser, un temor arrastrado por cadenas con
pesados grilletes, un temor que se hacía presente en cada pesadilla, en cada
vigilia en la oscuridad de la noche, haciendo añicos todo rastro de paz mental.
“Existe, siempre existió”, se dijo en un susurro. Fue entonces que sus dudas
fueron develadas, que el interrogante que lo había acechado durante tantas
madrugadas de insomnio tenía respuesta al fin, porque entendía con claridad
meridiana que a partir de ese mismísimo instante se vería sumido en ese miedo,
en ese horror que se repetiría sin cesar día tras día, condenado sin remedio al
infierno personal que le estaba destinado por toda la eternidad.
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