Le
pareció percibir siluetas que rodeaban su lecho. La respiración se le hizo
estertorosa. Entendió que se bajaba el telón, que ya era el final. Debía cortar
amarras y alejarse de la seguridad del puerto. El miedo y la furia dieron paso
a una repentina aceptación. Ya no podía luchar, no podía resistir. Sólo podía
entregarse por entero a vivir con la mayor intensidad posible esos segundos que
le restaban. Se dispuso a esperar, aguzando sus sentidos para ser capaz de
percibir el paso del “ser” al “no ser”, el subrepticio cruce del puente que une
el todo con la nada. Un solo interrogante mantenía su mente trajinando
intensamente: “¿Seré capaz de identificar la última milésima de segundo? ¿Será
ahora?, ¿o ahora?, ¿o ahora?, ¿o…?”
--x--
El
sonido del timbre se apagó. El niño abrió los ojos. Observó el patio de su
infancia con sorpresa, como si se tratara de la primera vez que lo veía. Nada
había cambiado. Él se encontraba allí, en ese rincón apartado, en medio del
bullicio, esperando, inspeccionando cada metro con ojos avizores. Tres figuras
atravesaron la entrada y se detuvieron a pocos pasos de la puerta. Deliberaban,
lanzando cada tanto furtivas miradas hacia donde él se encontraba. El pavor lo
dominó. Reconoció esas figuras que acudían del pasado, desde el remoto lugar en
donde habían sido sepultadas hacía mucho tiempo. Dirigió la vista hacia abajo y
vislumbró el sacón, los pantalones cortos, los zapatos desatados con las puntas
destrozadas. Se le heló la sangre. Un grito nació en su interior y murió en su
garganta. Estaba atrapado en una cárcel de carne y hueso. Quiso correr, pero
estaba paralizado. Las piernas no le obedecían. Las tres figuras terminaron las
deliberaciones y comenzaron a caminar hacia él, con exasperante lentitud, como
tantas otras veces, casi disfrutándolo. Pudo adivinar que estarían sonriendo
torvamente.
CONTINUARÁ.....
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