El
viento helado cruzaba el patio de juegos de lado a lado. El amplio espacio
estaba desolado mientras los niños se encontraban en las aulas aprendiendo las
enseñanzas del día. Las hojas desprendidas de los árboles eran llevadas de un
lado a otro en una danza sin fin, dibujando caprichosos remolinos.
Un
niño pequeño se encontraba parado en unas de las esquinas observando con mirada
alerta el lento movimiento del reloj de la torre que dominaba el panorama desde
lo alto. Con cada segundo que pasaba su corazón se contraía. Llevaba las manos
enterradas en lo profundo de los bolsillos de su sacón. Las piernas le
temblaban de frío, apenas cubiertas por los pantalones cortos. Tenía la mitad
del rostro escondido por una bufanda de lana y la gorra escolar le cubría la
frente.
La
aguja del minutero se acercaba irremediablemente al número doce, anunciando la
llegada del recreo, el comienzo del suplicio.
Su
mente se trasladó hacia su casa, su cuarto, hacia la seguridad de las cosas
familiares, acogedoras. Cómo deseaba estar allí, ir hacia la cocina llevado por
el delicioso aroma de la comida de su madre, plena de colores y sabores
sorprendentes. Ella lo recibiría con esa cálida sonrisa que afloraba en sus
labios cuando él aparecía en escena. Enseguida dejaba lo que fuera que tuviera
entre manos para darle un largo y cariñoso abrazo, besándolo en las mejillas,
jugando con su cabello rebelde.
Un sentimiento de
calidez le inundó el cuerpo y le llenó los ojos de lágrimas. Qué lejano parecía
su hogar, aunque estuviese a unas pocas cuadras de distancia. El tiempo seguía
avanzando. El fatídico sonido de la campanilla cruzaría el aire en cualquier
momento. El corazón le dio un salto al escuchar un portazo en el otro extremo
del patio.CONTINUARÁ....
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