Tanto fue la sorpresa
de él como el terror de ella al ver a su padre.
El sonido del piano
paró, pero la melodía parecía haber dejado su estala, ya que ambos podían
escucharla en su cabeza durante el silencio que se produjo. Emily temió lo peor,
al ver a su padre. Había sufrido la cólera de su padre antes y era algo que
siempre temía que sucediera.
Pero lo que ocurrió fue
mucho peor. Su padre le tendió la mano para levantarla del taburete y ambos se
sentaron en el sillón que estaba junto al piano.
El padre apenas podía
mirarla a los ojos, y entonces Emily vio cómo su padre se quedó con la mirada
perdida durante un instante. Lo vio, estaba profundamente preocupado y así se
lo hizo saber a Emily. Según él, ella no podía tocar el piano.
Ese placer solo estaba
reservado a los hombres, y eran aquellos, los únicos que podían hacer de tocar
el piano algo digno. Ella no debía volar tan alto ni desear el cielo con tanto
ímpetu. La gloria solo podía tenerla aquel que pudiera cargar con ella sobre
los hombros. Para el padre de Emily, ni ella ni cualquier otro ser humano con
atributos femeninos era capaz de semejante hazaña.
Mientras Emily
escuchaba estas palabras vio como los ojos de su padre se llenaban de lágrimas
pequeñas y brillantes. Nunca había visto aquellos objetos extraños en los ojos
de su padre. Tal fue la decepción que él debió de sentir que fue incapaz de
contenerlas en su interior. A Emily esas lágrimas se le clavaron como astillas
en su corazón, ya que no podía entender cuál había sido su pecado. Aquel por el
que merecía el terrible tormento de hacer llorar a su padre.
Esperaba sentir
tristeza y desolación ante aquella escena, pero, sorprendentemente, no fue así.
No sintió pena, rabia o decepción. Al contrario, se inundó de valentía, y su
corazón latió con fuerza como si de un caballo desbocado se tratara. Más y más
deprisa cada vez que volvía a escuchar las palabras de su padre en su cabeza.
Porque ella ya no era la Emily que su padre conocía. Ella ya había volado.
Abandonó el suelo con la primera tecla. Había saboreado la libertad y ya nadie
podía privarla del sabor dulce de su néctar.
Días después, George
insistió en dar un recital de piano para los amigos más allegados de la
familia, lo que significaba que la más alta sociedad de Londres se reuniría en
su casa. Su padre accedió, pero, sin embargo, su madre no estaba tan segura de
aquello. Ella conocía las habilidades de su hijo y lo último que deseaba es que
su familia fuera parte de los dimes y diretes de la gente, pero la última
palabra ya había sido dicha por su padre.
El día del recital,
todo el que era alguien o aspiraba a serlo estaba en la casa aguamarina de la
calle Naturalia, preparado para escuchar a George tocar el piano.
Se escuchaban
incansables y estruendosas voces intentando superponerse a las demás que sonaban
todavía de forma más estrepitosa en el salón del piano hasta que unos pasos
extinguieron todas ellas.
Todos aglomerados
esperaban ver a George entrar al salón, pero tal fue la promesa de muchos al
ver que se trataba de alguien distinto. Al cruzar el umbral de la puerta, Emily
empezó a escuchar el murmullo de los invitados, absortos al ver como se
acercaba al piano, y se disponía a tocar una melodía.
CONTINUARÁ....
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