lunes, 30 de abril de 2018

Una misma melodía (parte 3)


Tanto fue la sorpresa de él como el terror de ella al ver a su padre.
El sonido del piano paró, pero la melodía parecía haber dejado su estala, ya que ambos podían escucharla en su cabeza durante el silencio que se produjo. Emily temió lo peor, al ver a su padre. Había sufrido la cólera de su padre antes y era algo que siempre temía que sucediera.
Pero lo que ocurrió fue mucho peor. Su padre le tendió la mano para levantarla del taburete y ambos se sentaron en el sillón que estaba junto al piano.
El padre apenas podía mirarla a los ojos, y entonces Emily vio cómo su padre se quedó con la mirada perdida durante un instante. Lo vio, estaba profundamente preocupado y así se lo hizo saber a Emily. Según él, ella no podía tocar el piano.
Ese placer solo estaba reservado a los hombres, y eran aquellos, los únicos que podían hacer de tocar el piano algo digno. Ella no debía volar tan alto ni desear el cielo con tanto ímpetu. La gloria solo podía tenerla aquel que pudiera cargar con ella sobre los hombros. Para el padre de Emily, ni ella ni cualquier otro ser humano con atributos femeninos era capaz de semejante hazaña.
Mientras Emily escuchaba estas palabras vio como los ojos de su padre se llenaban de lágrimas pequeñas y brillantes. Nunca había visto aquellos objetos extraños en los ojos de su padre. Tal fue la decepción que él debió de sentir que fue incapaz de contenerlas en su interior. A Emily esas lágrimas se le clavaron como astillas en su corazón, ya que no podía entender cuál había sido su pecado. Aquel por el que merecía el terrible tormento de hacer llorar a su padre.
Esperaba sentir tristeza y desolación ante aquella escena, pero, sorprendentemente, no fue así. No sintió pena, rabia o decepción. Al contrario, se inundó de valentía, y su corazón latió con fuerza como si de un caballo desbocado se tratara. Más y más deprisa cada vez que volvía a escuchar las palabras de su padre en su cabeza. Porque ella ya no era la Emily que su padre conocía. Ella ya había volado. Abandonó el suelo con la primera tecla. Había saboreado la libertad y ya nadie podía privarla del sabor dulce de su néctar.
Días después, George insistió en dar un recital de piano para los amigos más allegados de la familia, lo que significaba que la más alta sociedad de Londres se reuniría en su casa. Su padre accedió, pero, sin embargo, su madre no estaba tan segura de aquello. Ella conocía las habilidades de su hijo y lo último que deseaba es que su familia fuera parte de los dimes y diretes de la gente, pero la última palabra ya había sido dicha por su padre.
El día del recital, todo el que era alguien o aspiraba a serlo estaba en la casa aguamarina de la calle Naturalia, preparado para escuchar a George tocar el piano.
Se escuchaban incansables y estruendosas voces intentando superponerse a las demás que sonaban todavía de forma más estrepitosa en el salón del piano hasta que unos pasos extinguieron todas ellas.
Todos aglomerados esperaban ver a George entrar al salón, pero tal fue la promesa de muchos al ver que se trataba de alguien distinto. Al cruzar el umbral de la puerta, Emily empezó a escuchar el murmullo de los invitados, absortos al ver como se acercaba al piano, y se disponía a tocar una melodía.


CONTINUARÁ....

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