El
profesor empezó a leer las respuestas del primer examen ávido de encontrar un
error, y ahí estaba. Una respuesta incorrecta yacía en el segundo ejercicio de
los que tenía el examen.
Entonces,
no se lo pensó, rápidamente cogió su bolígrafo y se dispuso a marcar con una
cruz el error al que pensaba añadirle algunos signos de exclamación y una nota
en el margen que rezara lo siguiente: ¡Qué
disparate! ¡No has entendido nada! ¡Debes esforzarte más!
El
bolígrafo que sostenía el profesor con su mano derecha se dirigió, como si de
una bala, se tratara hacia la respuesta incorrecta.
Todo
estaba a punto para que en el momento que la punta del bolígrafo hiciera
contacto con la hoja de examen, una raya marcara la primera diagonal de la X
que aquella respuesta incorrecta se merecía. Y así lo llevo a cabo Don Antonio.
Cogió
su bolígrafo y, en el mismo instante que marcaba la primera diagonal, un grito
de horro salió de su boca cuando descubrió que el bolígrafo no era rojo, sino
de otro color, y así fue entonces cuando Antonio se acordó de su madre.
Si nos
centramos en la madre, Doña Encarna, también profesora, era una madre diferente
al resto. Ella siempre tuvo la firme convicción de que la enseñanza debía de
hacerse desde el acierto y no desde los errores.
Cuando
aún era un niño, Antonio había tenido una gran cantidad de problemas para
aprender a leer y escribir. Todas las tardes llegaba a su casa llorando y
sosteniendo en sus manos una ficha repleta de correcciones en rojo que su
maestra enfadada le había dado para que viera lo atrasado que iba con respecto
a sus compañeros, sin contar que la maestra cuando veía que Antonio se
equivocaba o que traía la tarea sin hacer, le castigaba de muchas maneras muy
duras.
CONTINUARÁ....
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