domingo, 29 de abril de 2018

Una misma melodía (parte 2)


En una tarde en la que ni su padre ni su madre se encontraban en casa, Emily paseaba alrededor de su querido hogar y al pasar por delante de aquel piano, que para ella no había sido más que cualquier otro mueble insulso y viejo, sintió una punzada extraña en el corazón que la hizo girar la cabeza y mirarlo con otros ojos.
Sintió que algo en ella había cambiado, como si pudiera ver a través de los ojos de otra persona, igual que al leer un libro. Ni ella misma podría haber explicado ni el cómo ni el por qué, pero de repente se encontró a sí misma sentada en el taburete frente a un montón de teclas negras y blancas.
Al mirar hacia la ventana escuchó las finísimas gotas de lluvia golpear el cristal y una melodía antigua empezó a sonar en su cabeza. Para ella fue una melodía tan pura que habría conseguido amansar a la más fiera de las bestias, e incluso a su padre en esas no tan raras ocasiones en las que enfurecía y que Emily tanto temía. Pero en ese momento, no había temor en el corazón de Emily, solo paz. Era una sensación desconocida para ella hasta ese momento.
Con el sonido de la lluvia en su cabeza empezó a pulsar aquellas teclas y conforme lo hacía dejaban de ser simple botones negros y blancos. Cada una adquirió un significado y un sentimiento distinto que ella podía sentir en su alma cada vez que escuchaba el sonido que emitían. Sintió como su piel se erizaba cuando escuchaba los sonidos más agudos y cómo su corazón palpitaba tan fuerte que su pecho se agrandaba con los sonidos más graves.
De repente, incesantes gotas empezaron a recorrer sus mejillas. Gotas de pura felicidad. Gotas de agua para bautizar su nuevo ser. Un torrente la inundaba ahora pero no dejaba pena o decepción a su paso, sino naturaleza, felicidad y vida. Mientras tocaba aquella melodía se libró del saco y de aquellas cadenas que la oprimían cada vez con más fuerza.
Sus manos no eran monstruosas y los hilos que las enredaban habían desaparecido. Emily se sorprendió al comprobar que sus manos se movían con soltura y ligereza; que eran libres.
Fueron numerosas las tardes desérticas en casa de Emily. Aquellas en las que disfrutaba de un momento de libertad y se sentía ella misma; sin ataduras. Sin embargo, de un día para otro, los barrotes de su celda volvieron a atraparla inesperadamente. Su padre volvió antes de lo esperado una tarde.

Desde la calle, él pudo oír aquella preciosa melodía que provenía de su casa aguamarina. No dudó que se trataba de George que, sorprendentemente, había mejorado en su habilidad con el piano.
Rápidamente, se apresuró para entrar en casa y felicitar a su hijo, ebrio de orgullo y felicidad, pues ya tendría un motivo para poder estar orgulloso de su hijo que, según él, se convertiría en un gran pianista.
Abrió y cerró la puerta con mucho cuidado y sigilo y quiso que sus pasos no fueran más ruidosos que la lluvia de la calle para no perturbar el trabajo de la persona que estaba al piano. Al entrar en la sala del piano vio una silueta y no tenía ninguna duda que se trataba de la silueta de su hijo hasta que la vista se volvió clara y pudo ver que no era su querido hijo el que estaba al piano, sino su otra hija Emily.


CONTINUARÁ....

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