Recordando
esto, el profesor aún sostenía y miraba el bolígrafo verde, recordando ese
objeto con el que su madre le había enseñado el valor de reforzar los aciertos
por encima de los errores.
En el centro de su escritorio estaba el
primer examen por corregir de la tarde, un examen con una raya en diagonal de
color verde, una raya que Profesor decidió que se quedaría sin la compañía
de la otra diagonal que debía marcar con una equis el error de una respuesta
incorrecta.
El profesor agarró con fuerza el bolígrafo
verde y se dispuso a seguir leyendo el primer examen de la tarde. Tardó poco
en encontrar una buena respuesta. Y, al encontrarla, cogió su bolígrafo
verde y su rostro esbozó una sonrisa, la misma sonrisa con que su madre
le obsequiaba con cada acierto que tenía.
FIN
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