Aquella mañana, en la
cual había dejado de llover recientemente, las finas gotas de lluvia golpeaban
los adoquines incesantemente al igual que las dos semanas anteriores. Era un
sonido repetitivo, pero había algo mágico en él. Algo mágico que no todo el
mundo era capaz de reconocer.
En la calle Naturalia,
esa calle donde los adoquines parecían hechos de cristal en esas raras
ocasiones en las que brillaba el sol, y las casas, aunque grandes y monótonas,
cada una tenía un color distinto, un sonido parecía enturbiar la dulce melodía
de la lluvia. Ese sonido provenía de la casa color aguamarina brillante.
Era un sonido un tanto
perturbador y extraño que transmitía frustración, pena y desgarro. Al menos,
eso es lo que percibía Emily cada vez que escuchaba a su hermano George
intentar tocar el piano en sus, casi siempre, fallidas clases con el profesor
John Meyers, uno de los intérpretes más reconocidos de la aristocracia
londinense entre la que la familia de Emily era bien conocida en toda la
ciudad.
Mientras ella se
sentaba en la mesa de camilla con su madre, confinada a coser y hacer punto,
una actividad que Emily encontraba frustrante, veía las manos de su hermano
George agarrotarse y expresar furia cada vez que la melodía que trataba de tocar
se veía truncada por una nota que no acompañaba a las demás. Emily veía con
claridad la angustia y el enfado de su hermano, al igual que la decepción en el
rostro de su padre que siempre se sentaba en un sofá de estilo victoriano
mirando cómo se desarrollaba la clase.
Emily podía percibir
los ojos acusadores de su padre sobre la nuca de George.
Ella conocía bien todo lo que George sentía en sus clases porque ella también lo sentía cada vez que su madre la confinaba a sentarse en una silla a coser.
Ella conocía bien todo lo que George sentía en sus clases porque ella también lo sentía cada vez que su madre la confinaba a sentarse en una silla a coser.
Sus manos se
agarrotaban sin poder moverse cada vez que se equivocaba y la frustración, la
rabia y el odio inundaban su alma como un torrente de agua furiosa, que solo
deja pena y decepción allá por donde pasa.
Siempre sentía como la
expresión de su madre cambiaba. Sentía el peso de su decepción como un saco
cargado de cadenas sobre su espalda. Unas finas cadenas que estaban agarradas a
su pie y de las que no parecía encontrar escapatoria. Innumerables preguntas se
agolpaban en la cabeza de Emily:
-
“¿Por
qué sus manos no tenían la capacidad de coser con tanta habilidad como las
demás chicas? ¿Por qué sus manos parecían estar enredadas con el mismo hilo con
el que intentaba coser? ¿Por qué no podía hacer feliz a su madre y ser como
aquellas chicas que su madre habría deseado tener? ¿Por qué tenía que ser aquel
monstruo con manos torpes que no encajaba?”
Pero lo más frustrante
y lo que más apenaba a Emily era que aquellas preguntas no parecían tener
respuesta alguna. Aquellas preguntas eran túneles sin salida, de esos en los
que la luz es tan lejana que se escapa a la vista, y que parecía que nunca
jamás iban a hallar una respuesta concreta a ellas.
CONTINUARÁ...
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