En una tienda de animales de una ciudad como la tuya, vivía en un acuario con una pequeña isla y palmeras de hojas verdes de plástico, una pequeña tortuga.
La tortuga estaba muy triste, pues ya hacía casi un año que vivía allí y nadie la adoptaba como a sus compañeras de acuario. Cada vez que alguna persona que se acercaba a verlas, la pequeña creía que esa vez seria la definitiva, que algún niño se la llevaría a su casa para ser su amigo y, así sentirse especial. Pero eso no ocurría y, pasados varios meses, el animalito iba perdiendo la esperanza de encontrar a ese amigo que le hiciese sentir como una tortuga única.
Triste, en su acuario, pensaba que era lo que impedía ser adoptada y que fueran sus compañeras las elegidas. Tal vez era su color, un verde intenso que la diferenciaba de todas las demás que presumían de tener en su caparazón y su piel varias rayas amarillas y unos pequeños coloretes rojos.
-No te preocupes – le decía otra de las tortugas que convivía con ella. – Un día, será ese color intenso el que haga que encuentres un nuevo hogar y que seas muy feliz. Ya lo verás.
CONTINUARÁ....
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