jueves, 8 de marzo de 2018

La mujer que soñaba con los cuentos (parte 4)


Ya no había ningún príncipe que la besara mientras ella conciliaba el sueño tranquilamente.
Estaba condenada injustamente a vivir, eternamente despierta, en un mundo de pesadilla y terror.
Todo enmudeció a su alrededor. Llegó un día en el que ya ni siquiera sonaba el tic tac de los relojes: hasta el tiempo temía pasar por aquel castillo, convertido en una prisión infernal. Los bellos cuartos se transformaron en crueles celdas de castigo; los pasillos estaban flanqueados por barrotes de suelo a techo, de entre los cuales emergían brazos huesudos que querían agarrarle por las ropas.
La mujer estaba completamente sola. Sola en un mundo de espectros, arrojada al interior de una mazmorra cubierta de paja y excrementos.
Sus hijos también se volvieron mudos. Cuando se cruzaban con la muchacha, ambos la miraban con una expresión plana, sin emoción ninguna. No querían que nadie supiera que sentían; no querían que nadie supiera que existían, sobre todo por el miedo que les inspiraba su padre.
Incluso habían conseguido que sus corazones latieran más lento y más suave, para no llamar la atención.
Cuando la mujer dio cuenta de esto, comenzó a derramar lágrimas, pero esas lágrimas brotaban al mismo tiempo por ella y por el destino tan trágico que aguardaba a sus gemelos, y lloró un minuto tras otro, formando olas y mareas.
Lloró tanto, que tuvo miedo de que el castillo se inundase y se ahogasen sus queridos hijos, por lo que abrió la ventana para que todo el amplio mar que había formado sus lágrimas se vertiera hacia el foso.
CONTINUARÁ....

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