Ya
no había ningún príncipe que la besara mientras ella conciliaba el sueño
tranquilamente.
Estaba
condenada injustamente a vivir, eternamente despierta, en un mundo de pesadilla
y terror.
Todo
enmudeció a su alrededor. Llegó un día en el que ya ni siquiera sonaba el tic
tac de los relojes: hasta el tiempo temía pasar por aquel castillo, convertido
en una prisión infernal. Los bellos cuartos se transformaron en crueles celdas
de castigo; los pasillos estaban flanqueados por barrotes de suelo a techo, de
entre los cuales emergían brazos huesudos que querían agarrarle por las ropas.
La
mujer estaba completamente sola. Sola en un mundo de espectros, arrojada al
interior de una mazmorra cubierta de paja y excrementos.
Sus
hijos también se volvieron mudos. Cuando se cruzaban con la muchacha, ambos la
miraban con una expresión plana, sin emoción ninguna. No querían que nadie
supiera que sentían; no querían que nadie supiera que existían, sobre todo por
el miedo que les inspiraba su padre.
Incluso
habían conseguido que sus corazones latieran más lento y más suave, para no
llamar la atención.
Cuando
la mujer dio cuenta de esto, comenzó a derramar lágrimas, pero esas lágrimas
brotaban al mismo tiempo por ella y por el destino tan trágico que aguardaba a
sus gemelos, y lloró un minuto tras otro, formando olas y mareas.
Lloró
tanto, que tuvo miedo de que el castillo se inundase y se ahogasen sus queridos
hijos, por lo que abrió la ventana para que todo el amplio mar que había
formado sus lágrimas se vertiera hacia el foso.
CONTINUARÁ....
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