lunes, 26 de marzo de 2018

Mi madre y su doble vida


«¡Oh, no!», exclama el muchacho al ver cómo su madre, en aquella vieja película triple equis, una preciosidad de veintitantos años que sabía las pasiones que desataba, se pone en pie y se quita el bikini, contoneándose como una serpiente, al ritmo pausado de la música sensual que sonaba (esos grandes ojos del color de la miel, con su grueso fleco de pestañas, son incapaces de despegarse de la cámara; dicen: «ven a mí, tócame, juega conmigo, viólame») y cuando sólo lleva puestos los zapatos de tacón de aguja, despacio, dibujando un beso con los rollizos labios colorados, con un brillo triunfal en las pupilas, expresión de puta experta que ya sabe qué hacer para satisfacer al cliente exigente, se arrodilla entre las piernas velludas, entre los pies que el musculoso hombre desnudo, un negro echado bocarriba sobre la cama matrimonial, apoya en el suelo alfombrado. Y al muchacho le enfurece que su propio cuerpo vibre contra su voluntad, que la boca se le llene de saliva densa y dulce, que la respiración se le altere, que sea incapaz siquiera de realizar una tarea tan sencilla como levantarse de la butaca y abandonar para siempre esa decrépita y semivacía sala de cine, que haya visto a su madre con las tetas y los genitales al aire y que ahora, ahora que los labios bucales de ella se amoldan, golosos, al encabritado pene del negro, no pueda sacarle los ojos de encima, como si se hubieran quedado pegados a la pantalla.

No hay comentarios:

Publicar un comentario