«¡Oh,
no!», exclama el muchacho al ver cómo su madre, en aquella vieja película
triple equis, una preciosidad de veintitantos años que sabía las pasiones que
desataba, se pone en pie y se quita el bikini, contoneándose como una serpiente,
al ritmo pausado de la música sensual que sonaba (esos grandes ojos del color
de la miel, con su grueso fleco de pestañas, son incapaces de despegarse de la
cámara; dicen: «ven a mí, tócame, juega conmigo, viólame») y cuando sólo lleva
puestos los zapatos de tacón de aguja, despacio, dibujando un beso con los
rollizos labios colorados, con un brillo triunfal en las pupilas, expresión de
puta experta que ya sabe qué hacer para satisfacer al cliente exigente, se
arrodilla entre las piernas velludas, entre los pies que el musculoso hombre
desnudo, un negro echado bocarriba sobre la cama matrimonial, apoya en el suelo
alfombrado. Y al muchacho le enfurece que su propio cuerpo vibre contra su
voluntad, que la boca se le llene de saliva densa y dulce, que la respiración
se le altere, que sea incapaz siquiera de realizar una tarea tan sencilla como
levantarse de la butaca y abandonar para siempre esa decrépita y semivacía sala
de cine, que haya visto a su madre con las tetas y los genitales al aire y que ahora,
ahora que los labios bucales de ella se amoldan, golosos, al encabritado pene
del negro, no pueda sacarle los ojos de encima, como si se hubieran quedado
pegados a la pantalla.
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