A
los pocos días de estar viviendo con el joven, éste le obligó a cortar sus
largos cabellos morenos porque según él, no era decente que la chica fuera
provocando a los varones de la corte. También miraba con total desprecio los
vestidos y prendas que ella cosía para gustarle, y tras haberlos acabado le obligaba
a tirarlos a la basura. Y cuando la mujer le empujaba en broma, y le proponía
jugar al escondite en el jardín como dos amantes furtivos, él le preguntaba:
-
¿Acaso ves a nuestro alrededor alguna
razón para reír?
Entre
las miradas de soslayos y largos silencios, la mujer dio a luz a dos preciosos
gemelos. Eran un niño y una niña, con una piel más blanca que la nieve, y ambos
con preciosos ojos verdes y pelo moreno.
La
mujer, al verlos, pensó que eran el mejor regalo que los dioses le hubieran
podido dar; o más bien que eran los dioses mismos bajados a esta Tierra para
ayudarle a escribir, por fin, su propio cuento. Pero sus hijos no eran dioses
sino ángeles, con frágiles alas que se quebraban ante los gritos de un príncipe
que, día tras días, se hacía merecedor del título nobiliario de príncipe de las
tinieblas.
La
mujer, haciendo gala de su fortaleza, pensó que suya era la culpa y que sólo
ella podía arreglar el cuento, así que recorrió todas las fruterías de la
ciudad buscando manzanas rojas, pero de todas ellas salían gusanos y ninguna
era roja; y preguntó en todas las boticas si vendían algún elixir del amor como
los que solían usar las brujas, pero sólo recibió gestos de extrañeza y que
algún boticario la tratará de loca.
Una
noche fría como el silencio de los velatorios, la mujer notó como un gran
huracán frío le golpeaba la cara, pero aquello no era un huracán, los cuales
incluso eran más pacíficos que aquello, y además en aquel terrible palacio ni
siquiera el aire se atrevía a correr por sus grandes pasillos ni sus tenebrosas
habitaciones.
CONTINUARÁ.....
No hay comentarios:
Publicar un comentario