Después
como si de una forma instintiva se tratase, recogió su pelo en una larga coleta
baja que le caía sobre su espalda. Al ver eso, el hombre que se acercaba
lentamente a ella, le dijo:
-
No deberías hacerlo.
Al
oír semejantes palabras, ella se giró, y se le quedó mirando a sus ojos tan
azules como el ancho mar, y con un gesto de extrañeza le preguntó:
-
¿Por qué has dicho eso? Que te debe
importar a ti como tenga o no tenga mi cabello.
A
lo que él contestó:
-
Porque esos cabellos deberían brillar bajo
un sol perpetuo.
Al
oír las bellas palabras del hombre, la mujer se estremeció, y el joven se
acercó a ella para abrazarla y susurrarle al oído:
-
Eres mía, y yo soy tuyo. Ven aquí, amor
mío, que los dos somos uno.
FIN.
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