miércoles, 14 de marzo de 2018

Viaje al Infierno (parte primera)


Cuando viaje a América como mochilero, no podía esperar lo que el futuro me depararía al conocer tantos y tantos territorios nuevos para mí que eran tanto peligrosos como apasionantes, pero ninguno como Potosí.
Este lugar era la historia viva de América y tenía un enorme interés en conocer sus famosas minas, no sólo por los libros de historiadores que tantas veces había leído, sino que también buscaba comprenderlas desde su interior.
En esos tiempos, en la ciudad se organizaban rutas turísticas no aptas para cualquier persona, puesto que las travesías se caracterizan por ser muy duras, guardando algún peligro, es decir no son las típicas visitas a un parque temático, sino que supone entrar a la mina con los propios mineros, vestirse como ellos y conocer de cerca ese infierno.
Fui con un pequeño grupo de amigos que había conocido en el hostal donde me hospedaba. Nos vinieron a buscar por la mañana temprano y nos llevaron a una casa en la que debíamos cambiarnos de ropa, y nos pusimos los uniformes mineros, cascos con linterna y botas de goma con los que ir de forma más adecuada a unas minas que estaban llenas de barro y agua, y es muy fácil mancharse. También nos entregaron unos pañuelos que ponernos en la boca debido al polvo y los gases.
Viendo esto, me sentía muy nervioso, ya que cada vez tenía más cerca la silueta de aquella montaña que en quechua significa “poderosa explosión”.
Es tradición en este tipo de incursiones a las minas, llevar unos presentes a los mineros que están trabajando en su interior. Por ello pasamos por un mercado indígena en el que adquirimos cosas que podían necesitar. Muchos reclaman bebidas alcohólicas, pero en una ciudad con un elevadísimo índice de alcoholismo no creímos que fuera lo más adecuado. Nos hicimos con refrescos, hojas y de coca y por mi parte algo de material de trabajo. Compré dinamita, por muy raro que suene.
Antes de acceder a las entrañas del Cerro Rico, el que sería nuestro guía, un minero retirado que imprimía de solemnidad y misterio a sus explicaciones, nos hizo brindar con alcohol de noventa grados en un ritual consistente el que pedir protección a la Pachamama en las minas. Aquello era prácticamente alcohol para curar las heridas. Y yo, que tenía los labios resecos por el frío y el aire del altiplano, rugí de dolor tras tan extraña ofrenda.
CONTINUARÁ.....

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