Cuando
viaje a América como mochilero, no podía esperar lo que el futuro me depararía
al conocer tantos y tantos territorios nuevos para mí que eran tanto peligrosos
como apasionantes, pero ninguno como Potosí.
Este
lugar era la historia viva de América y tenía un enorme interés en conocer sus
famosas minas, no sólo por los libros de historiadores que tantas veces había
leído, sino que también buscaba comprenderlas desde su interior.
En
esos tiempos, en la ciudad se organizaban rutas turísticas no aptas para
cualquier persona, puesto que las travesías se caracterizan por ser muy duras,
guardando algún peligro, es decir no son las típicas visitas a un parque
temático, sino que supone entrar a la mina con los propios mineros, vestirse
como ellos y conocer de cerca ese infierno.
Fui
con un pequeño grupo de amigos que había conocido en el hostal donde me
hospedaba. Nos vinieron a buscar por la mañana temprano y nos llevaron a una
casa en la que debíamos cambiarnos de ropa, y nos pusimos los uniformes
mineros, cascos con linterna y botas de goma con los que ir de forma más
adecuada a unas minas que estaban llenas de barro y agua, y es muy fácil
mancharse. También nos entregaron unos pañuelos que ponernos en la boca debido
al polvo y los gases.
Viendo
esto, me sentía muy nervioso, ya que cada vez tenía más cerca la silueta de
aquella montaña que en quechua significa “poderosa explosión”.
Es
tradición en este tipo de incursiones a las minas, llevar unos presentes a los
mineros que están trabajando en su interior. Por ello pasamos por un mercado
indígena en el que adquirimos cosas que podían necesitar. Muchos reclaman
bebidas alcohólicas, pero en una ciudad con un elevadísimo índice de
alcoholismo no creímos que fuera lo más adecuado. Nos hicimos con refrescos,
hojas y de coca y por mi parte algo de material de trabajo. Compré dinamita,
por muy raro que suene.
Antes
de acceder a las entrañas del Cerro Rico, el que sería nuestro guía, un minero
retirado que imprimía de solemnidad y misterio a sus explicaciones, nos hizo
brindar con alcohol de noventa grados en un ritual consistente el que pedir
protección a la Pachamama en las minas. Aquello era prácticamente alcohol para
curar las heridas. Y yo, que tenía los labios resecos por el frío y el aire del
altiplano, rugí de dolor tras tan extraña ofrenda.
CONTINUARÁ.....
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