martes, 27 de marzo de 2018

El profesor y su objeto más preciado (parte 1)


Corría el año 1966 y como cada día de clase, Don Antonio se sentaba frente a su escritorio para disponerse a corregir los exámenes de cálculo que había realizado ese mismo día a sus alumnos. Era un ritual que se había mantenido inalterable desde hacía innumerables cursos.
Al igual que la casa en la que vivía con su madre, el escritorio de Antonio era austero, tan austero que sólo tenía una lámpara que había sido testigo de miles y miles de correcciones. La soledad de la lámpara sólo se veía trastocada cuando el hombre sacaba de su cartera, los exámenes y su bolígrafo rojo. Pero aquel domingo algo cambió para siempre la rutina del flamante profesor.
Faltaban menos de cinco minutos para que los alumnos pudieran salir, cuando el profesor se dispuso a sacar de su cartera los exámenes que se había hecho ese día. Tras colocarlos encima de su escritorio al lado de su lámpara, volvió a coger su cartera para sacar su bolígrafo rojo. Y entonces sucedió algo inesperado. Su bolígrafo rojo había desaparecido.
La relación de Antonio con su bolígrafo rojo era una relación muy especial. Cuando el profesor cogía en mano su bolígrafo rojo, el caballero se sentía más poderoso e imperial que si no tenía este preciado objeto.
A el profesor le encantaba corregir los errores que los alumnos curso tras curso cometían en sus exámenes. Él era muy meticuloso en sus correcciones y su bolígrafo rojo era implacable. No había un sólo error que se le escapara. Don Antonio no sólo corregía exámenes: tachaba párrafos erróneos, rodeaba con círculos las palabras mal escritas, ponía signos de exclamación e interrogación en respuestas equivocadas o mal expresadas. No había un solo error que el profesor no detectara en un examen. No había una sola equivocación que la tinta de su bolígrafo rojo no dejara impregnada en un examen.
CONTINUARÁ....

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