Corría
el año 1966 y como cada día de clase, Don Antonio se sentaba frente a su
escritorio para disponerse a corregir los exámenes de cálculo que había
realizado ese mismo día a sus alumnos. Era un ritual que se había mantenido
inalterable desde hacía innumerables cursos.
Al
igual que la casa en la que vivía con su madre, el escritorio de Antonio
era austero, tan austero que sólo tenía una lámpara que había sido testigo de
miles y miles de correcciones. La soledad de la lámpara sólo se veía trastocada
cuando el hombre sacaba de su cartera, los exámenes y su bolígrafo rojo. Pero
aquel domingo algo cambió para siempre la rutina del flamante profesor.
Faltaban
menos de cinco minutos para que los alumnos pudieran salir, cuando el profesor
se dispuso a sacar de su cartera los exámenes que se había hecho ese día. Tras
colocarlos encima de su escritorio al lado de su lámpara, volvió a coger su
cartera para sacar su bolígrafo rojo. Y entonces sucedió algo inesperado. Su
bolígrafo rojo había desaparecido.
La relación de Antonio con su bolígrafo rojo era
una relación muy especial. Cuando el profesor cogía en mano su bolígrafo rojo,
el caballero se sentía más poderoso e imperial que si no tenía este preciado
objeto.
A el profesor le encantaba corregir los errores que
los alumnos curso tras curso cometían en sus exámenes. Él era muy meticuloso en
sus correcciones y su bolígrafo rojo era implacable. No había un sólo error que
se le escapara. Don Antonio no sólo corregía exámenes: tachaba párrafos
erróneos, rodeaba con círculos las palabras mal escritas, ponía signos de
exclamación e interrogación en respuestas equivocadas o mal expresadas. No
había un solo error que el profesor no detectara en un examen. No había una
sola equivocación que la tinta de su bolígrafo rojo no dejara impregnada en un
examen.
CONTINUARÁ....
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