¡Era
cierto!, se dijo. Por alguna causa sobrenatural y ajena a las leyes de la
naturaleza, la antigua reliquia tenía la invalorable capacidad de ser un
interruptor, una llave que le permitía cortar el avasallador flujo del tiempo.
Se quedó observándolo durante un largo rato. Su mirada vagaba por los dorados arabescos
del aparato para volver al principio en un interminable ciclo que le permitía
evadirse de su descubrimiento.
Por
fin interrumpió la hipnótica ceremonia, ya que debía considerar con cuidado qué
haría con él. Su mente pragmática trajinaba analizando las distintas
posibilidades a su alcance, pero, a decir verdad, todavía desconocía las reglas
que regían ese nuevo mundo del tiempo detenido y había una sola manera de
averiguarlo: la experimentación. Decidió que en algún momento debía accionar el
dispositivo y salir a verificar la naturaleza del fenómeno, pero no podía
empezar esa noche. Estaba cansado, así que, se fue a la cama sabiendo que a
pesar del cansancio le sería imposible conciliar el sueño.
Al
día siguiente se levantó y fue a trabajar, pero le costaba un triunfo
concentrarse en sus tareas y estaba sumido en profundos pensamientos. Para la
tarde ya no aguantaba estar allí un segundo más. Le dijo a su jefe que se
sentía mal. Al llegar dejó sus cosas y se plantó frente al reloj.
Tenía
que planear muy bien qué hacer. Por un lado, debía verificar primero algunas
premisas básicas antes de salir a la calle. Sabía que el tiempo era algo muy
delicado, que si cometía algún error podría alterar el transcurso del futuro.
Todavía era temprano y no veía la hora de comenzar la experimentación, pero por
otro lado sentía un temor.
—Ya
es hora de empezar —se dijo en voz alta. Se paró delante del reloj y accionó la
perilla. "Clic". El ominoso silencio del día anterior se hizo
presente de nuevo. Aguzó el oído con atención durante unos momentos. Nada se
escuchaba.
CONTINUARÁ...
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