El
tiempo siempre lo había obsesionado, desde chico. Había invertido largas horas
de su vida cavilando, reflexionando absorto acerca de ese fenómeno físico que
marcaba de manera indeleble cada uno de sus actos. Había tratado de sentir cómo
transcurría de mil maneras, pero no lo había conseguido. Sus sistemas de
percepción no estaban preparados para captar el subrepticio paso de un instante
hacia el siguiente. Lo desvelaba la idea de que no podía detener ese aluvión de
segundos, minutos, sucesos e instancias de su vida que lo arrollaban, que
pasaban tan rápidamente.
El
tiempo era una fuente inagotable que alimentaba sus trasnochadas
especulaciones, en las que se imaginaba jugándole alguna broma para evadirse de
su asfixiante influencia, para romper los límites que le imponía su paso,
tratando de abstraerse de las principales consecuencias de su constante fluir.
Porque ese riguroso paso lo acercaba al inexorable final, dándole a todas las
cosas una sensación de vanidad. Se decía que debía hacer algo para terminar con
esa injusta esclavitud. Alguna vez había pensado en la muerte como una manera
de poner fin a esa situación, pero comprendía que no sería más que un atajo.
Debía
encontrar otra salida, debía hallar la manera de romper con ese círculo de
mañanas, desayunos, noches, cenas, sueños y despertares que lo enloquecía con
su interminable rutina, y qué decir del reloj, que con su cadencioso latir
marcaba con su pulso el compás de la vida, manejándola como un perverso control
remoto.
Observó
detenidamente las estrellas, titilando en la negrura del espacio. Ellas estaban
sujetas a la misma esclavitud que él, pero parecían estar libres de la
aflicción que lo aquejaba. Trataba de adivinar en qué se fundamentaba esa
extraordinaria indiferencia hacia las leyes que gobernaban el universo.
CONTINUARÁ........
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