Entonces,
Niglo se dio cuenta entonces de que no había nada de lo que pudiera temer. De
pronto, Vana retrocedió. Los ajos la repelían y las ropas la habían
desconcertado. Se volvió hacia Niglo y le dijo entristecida:
- Niglo,
querido Niglo, ¿por qué alejas a una madre de su hijo? ¿Es tan superficial tu
amor que no puede alcanzar la profundidad de la tumba? ¿Por qué me haces esto?
– dijo Vana rompiendo a llorar.
Niglo
la miró y vio en sus ojos tal dolor y aflicción que su corazón se colmó de
piedad y le dio mucha pena, ya que Vana sollozaba desesperada y miraba al bebé,
que gemía en la cuna.
Niglo quitó los ajos, aflojó las ropas y
ofreció el niño a Vana, quien rápidamente cogió en sus brazos el precioso
cuerpecito del pequeño y se sentó a canturrean y hablar al bebé toda la noche.
El corazón de Niglo latía con desesperada alegría al ver a su querida Vana
queriendo de esa forma a su bebé.
Durante
casi un mes Vana acudió cada noche para ver a su bebé, pero, sin embargo, el
niño parecía ir debilitándose lentamente, como si un perfume de muerte le fuera
robando poco a poco la vida. Niglo estaba cada vez más preocupado por el niño,
así que decidió llevar al bebé al cura del pueblo para que lo bendijera, y
acabó por contarle toda la historia.
El
cura, tras mucho darle vueltas, le dijo que esperara a que Vana estuviera a
punto de marcharse, justo antes del alba, y que entonces la sujetara y la
mantuviera en el campamento hasta que el dios Sol proyectara sus rayos sobre
ella.
Esa
noche, Niglo miraba a Vana sentada en cuclillas en el lugar de costumbre.
Poco a
poco, mientras la luna se movía entre las ramas de los árboles, Niglo fue
armándose de valor para hacer lo que iba a hacer.
Cuando
los primeros rayos de luz aparecieron por levante y Vana se inclinó sobre la
cuna para dejar en ella al niño, Niglo se abalanzó sobre su pequeña figura
fantasmal y la estrechó entre sus brazos.
Los
intentos de Vana por liberarse fueron inútiles, y sus gritos lastimeros
hirieron añicos el corazón de Niglo. Su mente se nubló de terror por lo que
estaba haciendo, y con una lentitud agonizante, un rojo sol asomó tras los
riscos, y Vana dejó de oponer resistencia en cuanto los rayos amarillos
invadieron el valle.
Se
desintegró de repente, quedando entre los brazos de Niglo una mortaja negra que
primero se hizo trizas y después se convirtió en polvo. Cuando Niglo se dirigió
a la cuna y vio al bebé tendido, inmóvil con una sonrisa en su carita, supo
instintivamente que el niño había muerto y estaba con su madre.
Se
arrojó sobre la manta y lloró con tal desesperación que, cuando el cura
apareció al rayar el día, pensó que también él había muerto.
Los dos enterraron al
bebé en el féretro junto a su madre. Y cuando abrieron la tapa, la dulce
sonrisa del rostro marmóreo de Vana indicó a Niglo que por fin madre e hijo
estaban juntos de nuevo
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