Lucas
era un niño que odiaba perder a cualquier juego o deporte que jugará. Sus
papás, maestros, amigos y
muchos otros decían que no sabía perder, pero lo que pasaba de verdad es
que no podía soportar perder a nada, ni a las canicas. Era tan estupendo, y se sentía uno tan bien cuando ganaba,
que no quería renunciar a aquella sensación por nada del mundo; además, cuando
perdía, era justo todo lo contrario, le
parecía lo peor que a uno le puede ocurrir.
Por
eso no jugaba a nada que no se le diera muy bien y en lo que no fuera un
fenómeno, y no le importaba que un juego durase sólo un minuto si al terminar
iba ganando. Y en lo que era bueno, como el futbolín, no paraba de jugar.
Un día cuando llegó al colegio Diego,
un chico nuevo, que había llegado de Alemania, experto en ese mismo juego, no
tardó en enfrentarse a Lucas, el cual se preparó concentrado y serio, dispuesto
y sabiendo que iba a ganar, pero Diego
no parecía tomárselo en serio, andaba todo el rato sonriente y hacía chistes,
sobre todo. Pero era realmente un fenómeno, marcaba goles una y otra vez, y no
paraba de reír y divertirse.
Estaba
tan poco atento, que Lucas pudo
hacerle trampas con el marcador, y llegó a ganar el partido. Lucas se
mostró triunfante y con una sonrisa superior, pero a Diego no pareció
importarle y con una gran sonrisa dijo:
-
Ha sido estupendo, me gusta mucho jugar
contigo y tenemos que quedar para jugar otro día.
Aquel
día no se habló de otra cosa en el colegio que no fuera la gran victoria de Lucas.
Pero por la noche, Lucas no se sentía feliz por haber ganado el partido. Había
ganado, y aun así no había ni
rastro de la sensación de alegría que tanto le gustaba, sino que le quedaba un
sentimiento raro como de tristeza.
Además,
Diego no se sentía nada mal ni triste por haber perdido, y pareció disfrutar
perdiendo en realidad. Y para colmo al día siguiente, Lucas pudo ver a Diego
jugando al baloncesto; en verdad era realmente malísimo, ya que perdía una y
otra vez, pero lo que más le sorprendió
a Lucas es que Diego no abandonaba su sonrisa ni su alegría, aunque
perdiera mil veces.
Durante
varios días observó a aquel niño alegre, era buenísimo en algunas cosas y
malísimo hasta llegar a hacer el ridículo en otras cosas, pero disfrutaba con todas ellas por
igual.
Y entonces, Lucas empezó a comprender que para
disfrutar de los juegos no era necesario un marcador, ni tener que ganar o
perder, sino vivirlos con ganas, intentando
hacerlo bien y disfrutando de aquellos momentos de juego.
Y se
atrevió por fin a jugar al escondite, a hacer un chiste durante un partido al
futbolín, y a sentir pena porque acabara un juego divertido, sin preocuparse
por el resultado. Y sin saber muy bien por qué, los mayores empezaron a
comentar a escondidas, "da gusto jugar con Lucas, él sí que sabe
perder"
FIN.
No hay comentarios:
Publicar un comentario