martes, 9 de enero de 2018

Hay que saber ganar o perder

Lucas era un niño que odiaba perder a cualquier juego o deporte que jugará. Sus papás, maestros, amigos y muchos otros decían que no sabía perder, pero lo que pasaba de verdad es que no podía soportar perder a nada, ni a las canicas. Era tan estupendo, y se sentía uno tan bien cuando ganaba, que no quería renunciar a aquella sensación por nada del mundo; además, cuando perdía, era justo todo lo contrario, le parecía lo peor que a uno le puede ocurrir.
Por eso no jugaba a nada que no se le diera muy bien y en lo que no fuera un fenómeno, y no le importaba que un juego durase sólo un minuto si al terminar iba ganando. Y en lo que era bueno, como el futbolín, no paraba de jugar.
Un día cuando llegó al colegio Diego, un chico nuevo, que había llegado de Alemania, experto en ese mismo juego, no tardó en enfrentarse a Lucas, el cual se preparó concentrado y serio, dispuesto y sabiendo que iba a ganar, pero Diego no parecía tomárselo en serio, andaba todo el rato sonriente y hacía chistes, sobre todo. Pero era realmente un fenómeno, marcaba goles una y otra vez, y no paraba de reír y divertirse.
Estaba tan poco atento, que Lucas pudo hacerle trampas con el marcador, y llegó a ganar el partido. Lucas se mostró triunfante y con una sonrisa superior, pero a Diego no pareció importarle y con una gran sonrisa dijo:
-          Ha sido estupendo, me gusta mucho jugar contigo y tenemos que quedar para jugar otro día.
Aquel día no se habló de otra cosa en el colegio que no fuera la gran victoria de Lucas. Pero por la noche, Lucas no se sentía feliz por haber ganado el partido. Había ganado, y aun así no había ni rastro de la sensación de alegría que tanto le gustaba, sino que le quedaba un sentimiento raro como de tristeza.
Además, Diego no se sentía nada mal ni triste por haber perdido, y pareció disfrutar perdiendo en realidad. Y para colmo al día siguiente, Lucas pudo ver a Diego jugando al baloncesto; en verdad era realmente malísimo, ya que perdía una y otra vez, pero lo que más le sorprendió a Lucas es que Diego no abandonaba su sonrisa ni su alegría, aunque perdiera mil veces.
Durante varios días observó a aquel niño alegre, era buenísimo en algunas cosas y malísimo hasta llegar a hacer el ridículo en otras cosas, pero disfrutaba con todas ellas por igual.
 Y entonces, Lucas empezó a comprender que para disfrutar de los juegos no era necesario un marcador, ni tener que ganar o perder, sino vivirlos con ganas, intentando hacerlo bien y disfrutando de aquellos momentos de juego.
Y se atrevió por fin a jugar al escondite, a hacer un chiste durante un partido al futbolín, y a sentir pena porque acabara un juego divertido, sin preocuparse por el resultado. Y sin saber muy bien por qué, los mayores empezaron a comentar a escondidas, "da gusto jugar con Lucas, él sí que sabe perder"

FIN.

No hay comentarios:

Publicar un comentario