Una bella mañana de abril, en una pequeña calle del
elegante barrio de Harajuku en Tokio, me crucé con la chica que era perfecta
para mí.
Se llamaba Lisa, y la verdad no era guapa ni tenía
ningún rasgo que sobresaliera. Y lo que era su ropa no era nada moderna ni
especial. En la nuca, su cabello tenía las marcas de como si se hubiera
levantado hacía una hora. Tampoco era joven, sino que debía andar alrededor de
unos treinta años, tampoco cerca de lo que comúnmente se considera una “chica”.
Aún así, estando tan cerquita de ella, ya sé que es
la chica totalmente perfecta para mí. Desde el momento que la vi algo retumbó
en mi pecho, sentí mariposas en mi estómago y mi boca se quedó seca como un
desierto.
A lo mejor tú tienes un tipo de chica perfecta:
digamos que es la típica belleza, delgada, de tobillos delgados, o grandes
ojos, o delicados dedos, so sin tener una buena razón te enloquecen las jóvenes
que se toman su tiempo en ayudar a los demás. Yo tengo mis propias
preferencias, por supuesto. A veces en un restaurante me descubro mirando a la
chica de la mesa porque me gusta la forma de su nariz.
Nadie puede asegurar que su chica perfecta corresponde
a un tipo preconcebido. Por mucho que me gusten las narices, no puedo recordar
la forma de la de ella, ni siquiera si tenía una. Todo lo que puedo recordar de
forma segura es que no tenía una gran belleza.
Una bella mañana de abril, ella iba caminando de
este a oeste y yo de oeste a este. En ese momento que me crucé con ella, ojalá
le hubiera hablado. Media hora sería suficiente para preguntarle acerca de sus
gustos y aficiones, su edad; o contarle algo sobre mí. CONTINUARÁ.....
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