Pero Marta no se dio cuenta de lo triste que estaba su madre.
Y así transcurrió la tarde, la cena y, al fin, llegó la hora de ir a dormir.
– Que descanses Marta. No te olvides de lavarte los dientes – indico su madre.
– Vale mamá, buenas noches.
La espera se hizo insoportable y nada más entrar en la habitación, Marta se quitó el pijama y se puso el disfraz y la máscara que le habían prestado. ¡Era perfecto! La máscara encajaba a la perfección en el rostro de Marta y combinaba genial con el vestido medieval que sus padres le habían comprado.
No vayáis a pensar, queridos lectores, que Marta se salió con la suya; nada más lejos de lo que sucedió.
Con tanta emoción, Marta se quedó dormida con la máscara puesta.
Al día siguiente, la máscara se había quedado pegada a su cara y no podía quitársela. Sin embargo, nadie se dio cuenta de que la llevaba puesta.
La niña corrió al dormitorio de sus padres para pedirles que le ayudaran a quitársela.
– ¿Qué dices Marta? ¡No llevas nada puesto! Venga, empieza a vestirte y quita esa cara de enfado, que es muy temprano para empezar con tus berrinches – dijo tajantemente su padre.
Entonces, Marta corrió al baño y se miró al espejo y allí estaba la máscara, en su rostro, -¿cómo es posible que mis padres no lo vean?
Marta se asusto, pues aquella careta había cambiado de forma y ahora mostraba una de sus peores caras. Se había convertido en fiel reflejo de los enfados y pataletas que tenía en casa.
Bajó a desayunar y pudo comprobar que su madre tampoco veía ese maldito antifaz incrustado en su rostro.
– Marta, ¿Qué pasa ahora?, ¿por qué tienes esa cara de mal humor? Desayuna que nos vamos al cole – dijo su madre.
Antes de salir de casa, la pequeña volvió a entrar al baño para lavarse los dientes y pudo volver a ver esa cara de enfado y malhumor que no sabía cómo borrar.
Se estaba desesperando, porque tenía que ir al colegio y no sabía si la máscara cambiaría de forma.
CONTINUARÁ....
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