- Oye Ale, ¿a ti te gusta la Semana Santa?
- Sí.
- ¡Hombre, por fin me has hablando! ¡Qué bien! Pues voy a darte una cosita.
Álvaro, lleno de alegría, sacó de su cartera una estampita de la Virgen y se la regaló al chico. Clara, que no reconocía a la Virgen, le preguntó al voluntario por la imagen y éste le respondió que se trataba de la Virgen de la Salud, que recibía culto en la iglesia San Pablo. En ese mismo instante, nuestra protagonista recordó que unos años antes había visto esa Virgen sin palio por los aledaños de la Alameda y que, precisamente, esa estampa le había llamado la atención porque hasta entonces no había contemplado ninguna dolorosa sin techo.
Cuando Álvaro se fue, Alejandro guardó su estampita debajo de la almohada y cada noche, antes de acostarse, besaba la imagen de la Virgen. Por las mañanas, Alejandro y su madre advertían a las auxiliares para que no perdiesen aquel regalo a la hora de cambiar las sábanas.
Meses más tarde, llegó la Semana Santa. Alejandro, espontáneamente, le pidió a su madre que acompañase a la Virgen de promesa cuando ésta saliera en procesión. Sin pensárselo dos veces, Clara acudió a San Pablo, pero el Domingo de Ramos del año 2000 las inclemencias meteorológicas impidieron a la hermandad realizar estación de penitencia por las calles de Málaga.
Cuando regresó al hospital aquella noche, Alejandro le preguntó a su madre por la procesión:
- Mamá, ¿has salido?
- No he podido Alejandro, está lloviendo…
- Pero ¿tú has ido?, le interrumpió.
- Pero Alejandro, ¿no ves la que está cayendo?
- Pero tú prométeme que has ido…
- Claro que he ido, pero la Virgen no ha podido salir en procesión.
Tras varios minutos, Clara consiguió convencer a su hijo. Aquella Semana Santa, madre e hijo vieron juntos las procesiones a través de la televisión del Hospital.
Una mañana, Clara y Alejandro bajaron al sótano a realizar unas pruebas. Cuando regresaron a la habitación, las auxiliares ya habían hecho la cama. Clara y Alejandro buscaron desesperadamente la estampa por todos los rincones, incluso fueron hasta el cuartillo de ropa, pero la Virgen no aparecía. Clara, que había rastreado todas las esquinas, tranquilizó a su hijo:
- Alejandro, no encuentro a la Virgen, pero no te preocupes que mañana llamamos a Álvaro y seguro que nos regala otra estampita.
CONTINUARÁ..........
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