El chico derramó una lágrima esperando una buena reprimenda de sus amigos pero ¡por supuesto que los gnomos no se enfadaron! Todo lo contrario: lo comprendieron todo y se sintieron muy orgullosos de la inmensa generosidad que su amigo humano guardaba en el corazón.
El más anciano volvió a hablar en nombre de todos.
– Te has convertido en un gran hombre y nos sentimos felices de ser tus amigos. Has pensado en los demás antes que en ti mismo y eso te honra.
Igual que aquel lejano día de primavera, metió la mano derecha en el bolsillo trasero de su pantalón rojo.
– Ten, este pañuelo es para ti. No tiene ningún valor y tampoco tiene poderes, pero queremos que lo luzcas en el mismo lugar donde llevabas la esmeralda, atado a tu cuello. Cada vez que lo mires te recordará lo importante que es seguir siendo bueno y generoso el resto de tu vida.
El joven se puso el pañuelo, sonrió, y abrazó uno a uno a sus maravillosos e inseparables amigos secretos.
FIN.
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