A pesar de su buena suerte, se sentía fatal por sus vecinos.
– “Es muy triste la situación que está viviendo toda esta gente. Tengo que hacer algo, pero… ¿cómo podría ayudar?”
De repente, se le ocurrió una idea.
– Ya lo tengo… ¡Puedo vender la esmeralda mágica! La suerte pasará a otra persona, pero al menos me darán un buen dinero para comprar víveres y auxiliar a los más necesitados.
Así lo pensó y así lo hizo. Al día siguiente fue a la ciudad más cercana y encontró un señor muy rico que le pagó cien monedas de oro, una auténtica fortuna, por la esmeralda de la suerte.
CONTINUARÁ...
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