lunes, 7 de enero de 2019

La navidad en casa de los Lerelé (parte 3)

Habíamos entrado en los escenarios de nuestra película favorita.

Era como si nosotros fuésemos estudiantes de Hogwarts, la escuela de magia de Potter.
De regreso a casa, no nos acordábamos de la visita de Papá Noel y de los canapés. En nuestra cabeza solo podíamos vernos montados en la escoba de Harry y preparando hechizos y conjuros.
Cuando ya nos íbamos a la cama, escuchamos un ruido extraño en la terraza y rápidamente recordamos que habíamos dejado los canapés allí.
No había rastro de los aperitivos, así que alguien se los debía haber comido. Pero el sospechoso ruido no tenía nada que ver con Papá Noel, sino que provenía de mi tren que se había atascado en una de las vías. Pensé que podía haber sido el gato de los vecinos el culpable de haberlo hecho descarrilar, porque Papá Noel parece un hombre muy cuidadoso, así que habría tenido cuidado de no sacarlo de las vías.
Lo apagué y nos fuimos a dormir. Habían sido demasiadas emociones en tan solo dos días y los dos estábamos agotados.
A la mañana siguiente, los padres de Guille vinieron a recogerlo.
Daba gusto ver la cara de calma de sus padres tras un fin de semana sin niños. Hasta parecía que su padre había recuperado algo de pelo.
La mañana del domingo la dediqué a poner en orden mis libros y películas, hasta que mamá me ofreció ayudarla a preparar un riquísimo flan de turrón. Todos los años, mis padres, reciben una cesta de navidad de sus trabajos y se juntan con muchísimo turrón que nunca terminamos de comer. Por eso, mi madre suele buscar recetas nuevas para dar salida a las tabletas de turrón que nos invaden estos días.
A la tarde, cuando llegó Marta, todo volvió a la normalidad. Tenía ganas de que llegara, porque ella ya había ido a la exposición de Harry Potter con nuestra tía y estaba deseando contarle lo mucho que me había gustado.
Así que nada más entrar por la puerta de casa, la abordé con mis historias y, como casi siempre, ella se sentó conmigo para escucharme y reírse, porque siempre le hago reír.
Pero justo cuando estábamos en lo mejor de la conversación, entró Lucas y dijo algo que me dejó un poco confundido.
– Pablo, menuda pinta los canapés que preparasteis ayer Guille y tú.
– ¿No te los comerías tú? ¡No eran para ti!, eran para….- me callé antes de desvelar mi secreto. Pensé que si se había comido los canapés y Papá Noel lo había visto, este año no le traería lo que había pedido en su carta. ¡Se lo tendría bien merecido!
– Marta se metió en la conversación para evitar que fuésemos a más.
– Venga Lucas, quieres dejar a Pablo tranquilo…como te gusta fastidiarle, ¡eh!
Estaba bastante enfadado con Lucas, así que no quise preguntarle si se había comido los canapés o si sencillamente los había visto.
La diferencia era importantísima, porque si él no se los había comido, entonces no cabía duda de que Papá Noel nos había visitado.
Pasaron los días, llegaron las vacaciones y, al fin, estábamos en Navidad.
Cada año, por Nochebuena, juntamos en mi casa a todos los primos, abuelos y tíos. Así que durante dos días mamá nos tiene a todos como soldados: limpiando, ordenando y, lo más divertido, ayudando en la cocina.
Nunca he entendido para que tenemos que limpiar tanto, si en un par de horas la casa está como si hubiese pasado una manada de rinocerontes por ella.

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