martes, 8 de enero de 2019

El loro y la cacatua (parte 1)

Cuenta una antigua leyenda que hace muchos años los loros y las cacatúas, a pesar de ser parientes cercanos y vivir en el mismo bosque, se llevaban muy mal. Nadie recordaba el motivo causante del conflicto, pero el caso es que no se podían ni ver y a menudo surgían  entre ellos discusiones y peleas muy desagradables.
Tan grave era el asunto que en cierta ocasión el líder de la gran familia de loros y el líder de la gran familia de cacatúas tomaron una decisión: dividir el territorio en dos. De común acuerdo, la parte norte del bosque se la quedaron los loros y la parte sur las cacatúas. Esto permitió a ambos bandos continuar con sus vidas ignorándose mutuamente, y lógicamente las riñas desaparecieron.
En ese tiempo, un joven loro verde de nuca amarilla decidió emprender un viaje de dos meses para ver algo de mundo. Deseoso de vivir aventuras planeó cruzar el bosque hasta divisar la playa, y una vez allí, decidir qué rumbo tomar. En su cabeza bullían varias ideas, pero la que más le apetecía era colarse en algún barco y navegar hacia un exótico y lejano destino.
El problema era que para llegar a la costa tenía que atravesar obligatoriamente la parte sur, y eso podía traerle graves consecuencias. Sopesó ventajas e inconvenientes  y ganaron las ventajas por goleada, así que al final, optó por correr el riesgo.
Salió de su hogar una cálida mañana de verano, justo después de amanecer, y recorrió  volando su querido bosque norte. Se dio cuenta de que había llegado a la frontera  porque se topó con una kilométrica valla de madera. En ella había apuntalados varios carteles con grandes letras rojas que lanzaban un mensaje amenazante:
“ATENCIÓN LOROS: PROHIBIDO PASAR A LA ZONA SUR. RIESGO DE PRISIÓN”
De los nervios sus patitas empezaron a temblar como si fueran de gelatina. Respiró hondo y trató de relajarse girando el cuello en círculos y bebiendo un poco de la cantimplora. Cuando se sintió más tranquilo se secó el sudor de la frente con un pañuelo, comprobó que su brújula funcionaba, y dijo para sí:

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