Pero entonces, mi amigo Guille tuvo un pensamiento revelador.
– Son muchas coincidencias. ¿No te parece?
– ¿Coincidencias de qué? – conteste al tiempo que pensaba que Guille estaba bastante peor que yo.
– Pues coincidencias de todo…
Primero: quedan pocos días para que venga Papá Noel.
Segundo: seguro que sus ayudantes andan comprobando si de verdad somos niños buenos, o es sólo que lo ponemos en nuestra carta.
Tercero: Hemos escuchado un cascabel, como el de Papá Noel.
Y, por último, ¿alguna vez has visto una rama moverse de ese modo? Está claro, es un reno.
Guille tenía razón, ¿cómo no lo habría pensado yo? Este chico siempre me sorprendía.
– Tenemos que hacer algo para llamar su atención. ¡Ya lo tengo! Vamos a dejarles unas galletas de chocolate y vainilla en la puerta del jardín para que, al entrar a por ellas, nos vean jugando y charlando tranquilamente. Así, no les quedará ninguna duda de que somos tan buenos como hemos dicho en nuestras cartas.
– Eres un genio- dijo Guille.
Y así lo hicimos. Preparamos el reclamo perfecto y nos fuimos a la cama, para no despertar sospechas.
Al día siguiente fuimos a la terraza para ver si se habían comido las galletas, y estaba claro que las habían devorado, porque no quedaban ni las migas.
– ¿Lo ves? Se han comido las galletas. – dijo Guille.
Lo que todavía nos generaba dudas era si el que estaba merodeando por mi casa era Papá Noel o su ayudante.
Decidimos preparar algo más de comida para dejar en la terraza por la noche y como no teníamos mucho tiempo, porque mamá nos llevaba a la exposición de Harry Potter, cogimos pan de molde y nos pusimos manos a la obra con unos riquísimos canapés de navidad.
Nos quedaron deliciosos y el toque navideño de los moldes, con forma de estrella y de bola de Navidad, seguro que sorprendería a nuestro observador.
Justo cuando habíamos terminado nuestros canapés apareció mi hermano Lucas.
Por lo visto se encontraba algo mal y había vuelto antes de lo previsto de su convivencia. Por si las moscas, escondimos los canapés, porque Lucas es de los que come primero y después pregunta si eso tenía dueño. Vamos que, si no escondíamos bien los canapés, podíamos encontrarnos sin ellos y, lo que es peor, no podríamos dejar nada a Papá Noel.
Rápidamente planificamos una estrategia para despistar a Lucas.
Mientras Guille hablaba con él sobre el último videojuego que se había comprado, yo saqué los canapés y los dejé sobre la mesa de la terraza.
Pronto, la conversación que Guille intentaba mantener con Lucas terminó. Mi hermano se fue a su cuarto para no tener que escuchar más a mi amigo. Nuestro plan había salido a la perfección, pues los preadolescentes suelen estar demasiado ocupados con sus propios pensamientos, como para prestar atención a dos pardillos como nosotros.
Cuando dejé los canapés en la terraza, me dio la sensación de que estaban un poco solos allí sobre la mesa, así que, en un abrir y cerrar de ojos, cogí unas cuantas vías de mi tren y las coloqué para que rodearan los canapés. Cogí mi tren favorito, le puse pilas nuevas y lo dejé dando vueltas sobre las vías.
– ¡Oh!, ha quedado genial, Pablo. A Papá Noel le va a encantar – dijo Guille.
– O a su ayudante – puntualicé yo.
En ese momento mamá nos reclamó.
– ¡Chicos, nos vamos!
Estaba siendo un fin de semana increíble. La visita de Papá Noel o su ayudante, las pelis de nuestro mago favorito y ahora la exposición de Potter.
Salimos de casa con la cabeza puesta en nuestros canapés, pero cuando entramos en la exposición de Harry Potter, se nos olvidó por completo todo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario