miércoles, 2 de enero de 2019

La navidad en casa de los Lerele (parte 1)

Este invierno se ha instalado en mi casa la preadolescencia, pero no la mía, sino la de mis hermanos.
Esto de que se disparen las hormonas de los niños hace que los padres cambien su forma de ver la vida. Han pasado, de estar el día entero corriendo detrás de nosotros tres para que no nos abramos la cabeza con nuestras ideas de bombero, a dejarles algo más de autonomía e intimidad, por eso de que necesitan su espacio.
Total, que desde que mis hermanos se han convertido en “mayores”, a mis padres se les ve más relajados, pero las idas y venidas de Lucas y Marta me han hecho quedarme más sólo que la una.
Sin embargo, he de decir que esos momentos de soledad no han durado mucho. Mi amigo Guille, que está experimentado la misma situación que yo, pues con cuatro hermanos mayores, ha pasado de no poder utilizar el baño, a escuchar su propio eco cuando se lava los dientes. Así que, Guille y yo decidimos manipular sutilmente los sentimientos de nuestros padres y ahora cada fin de semana vamos el uno a casa del otro. De este modo, nuestros relajados padres siguen disfrutando de su tan merecida paz.
Este fin de semana le tocaba venir a Guille. Como quedaban pocos días para que nos diesen las vacaciones de Navidad y no teníamos deberes, mis padres dejaron que Guille se quedara a dormir el viernes y el sábado, ¡toma ya! Además, Lucas y Marta iban a pasar todo el fin de semana en una convivencia del colegio y eso significaba que todos los juguetes y consolas de la casa estaban a nuestra disposición.
Mi madre, como de costumbre, se lo curró bastante y nos preparó un fin de semana a lo Harry Potter.
Alquiló varias pelis de Potter para que las viéramos el viernes y sacó entradas para llevarnos a una exposición en la que podíamos ver y tocar los escenarios de la peli. Vamos, que teníamos garantizado un fin de semana de magia.
La tarde-noche del viernes la pasamos viendo las pelis de Potter. Tanta magia y tanto mago suele dejarnos las neuronas bastante tocadas. Así que antes de irnos a la cama para seguir discutiendo sobre la escuela de magia y sobre cómo podríamos entrar nosotros ahí, decidimos bajar a la cocina a por leche y unas galletas de vainilla y chocolate, que habíamos preparado con mi madre esa misma tarde.
Entre mordiscos y sorbos de leche, nos pareció escuchar un ruido extraño en el jardín. Nos asomamos por la ventana y los dos coincidimos en que era el ruido de unos cascabeles.
Pensé que sería el gato de mi vecino, que casi siempre se escapa de su casa y se cuela en nuestro jardín. -Tal vez sus pequeñas y malvadas dueñas, mis vecinas, le han colgado un cascabel para encontrarlo mejor- Pensé para mí.
Después de haber mojado tres o cuatro galletas más en la leche, volvimos a oír el mismo ruido. Nos acercamos de nuevo, pero en esa ocasión nos pareció ver una rama que se movía tras la verja del jardín. – ¿una rama moviéndose? – pensé que era bastante difícil diferenciar la realidad de la ficción porque, como ya he dicho, Harry Potter suele dejarnos en estado de shock durante algunas horas.

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